
Los días son realmente fríos pero la sensación de "misión cumplida" calienta nuestros corazones. La noches tampoco se arreglan y tras el ocaso ... ni la emoción de haber conseguido llegar a Alaska logra mitigar esta pesadilla. Seguimos cocinando a los pies del asiento del copiloto y nos metemos como balas en los sacos de dormir que nos esperan en la tienda desplegada sobre el techo del coche. Es un shock entrar en ellos pero al poco se calientan. Por la mañana la operación es a la inversa (y a la misma velocidad) pero no desayunamos inmediatamente, el coche está helado y preferimos avanzar 100 kilómetros para caldear el interior y poder tomar algo sólido sin temblar. Cada noche y cada mañana son los mismos rituales pero ... Chicago está cada vez más cerca.