Este primer día no vamos muy lejos, acampamos en las cercanías de la frontera, en medio de un tupido bosque cubierto de nieve ... una noche sin luna. Cenamos tiritando (para variar) dentro del coche en el bosque del lago Deadman ("Hombre Muerto", ¡¡anda que también el nombrecito se las trae!!) cuando un espectro sigiloso se acerca hasta nosotros y nos cubre. Nos envuelve con un seductor baile de luces, colores y desgarres del cielo que te transportan a un sueño difícil de crear con la imaginación. El velo multicolor de sumisa seda celestial se retuerce a una velocidad increíblemente febril y ruegas para que no se acabe nunca esa maravillosa visión que se eleva sobre ti. Se te olvida todo mirando el cielo, el horrendo frío que hace o que el tazón de sopa de fideos que nos estábamos tomando cuándo salimos apresuradamente del coche está perdiendo sus cálidas propiedades regenerativas. No somos conscientes que nuestros pies se congelan hundidos en la nieve. Si no fuera por la gruesa capa de nieve que cubre el suelo nos hubiéramos tumbados para contemplarla aún mejor posicionados. Y tras varios minutos de magia, la intensa luz verde con resplandores malvas que invade el cielo se va desvaneciendo como un espejismo para dejarnos con los ojos abiertos como unos niños que acaban de abrir sus regalos de Navidad. El cielo infinitamente negro lo vuelve ha invadir todo con chispazos de humildes estrellas que intenta volver a reclamar la atención sobre ellas. Nos recorre un intenso escalofrío pero nos dormimos embutidos en nuestros sacos con una enorme sonrisa. El Lago del Hombre Muerto, con su siniestro nombre, nos ha proporcionado una de las noches más fantásticas de toda nuestra ruta con una soberbia Aurora Boreal... casi al final de la misma. Un bienvenida mágica a Alaska para una aventura "imposible" de muchos años ... que está a punto de concluir