
Los paisajes son perturbadores y Anchorage posee un enclave que releja todo lo que significa Alaska. Ríos y lagos por doquier y cuando levantas la mirada te encuentras con corpulentas montañas nevadas, su presencia se nos revela tan amenazante como hermosa en este asentamiento creado en 1.914 como centro ferroviario de Alaska. Con el descubrimiento de petróleo, el gas natural, la pesca y la creación de dos importantes bases militares su población ha visto como ha ido aumentando el número de sus habitantes a lo largo del siglo XX hasta convertirla en la ciudad más importante de Alaska.
Pero si las montañas son intimidantes la presencia del océano Pacífico, por el flanco que las montañas dejan libres en la ensenada de Cook, no es mucho más tranquilizador de lo que pudiera hacer pensar. Las repentinas tormentas, la bruma y las mareas con 9 metros de diferencia impiden la navegación en el extremo norte de la bahía quedando bloqueada totalmente por el hielo entre noviembre y mayo. En su bahía hay varias islas y en la mayor de ellas, la isla Agustina hay un volcán en activo. No olvidemos que esta zona es geológicamente inestable y la actividad volcánica y los terremotos son frecuentes. En 1.964 el terremoto que se produjo con una intensidad de 9,2 en la escala Richter (10 es la devastación total) se presenta como uno de los más fuertes que se han registrado en Norteamérica y destruyó una buena parte de la ciudad de Anchorage.
Llegados a Anchorage ... iniciamos el regreso. Un largo regreso