
Y lo que nos temíamos
... ocurrió. Sabíamos que no era más que una cuestión de tiempo. Y ese
"tiempo" ha llegado. Comienzan las nieves, las ventiscas, el hielo,
las acampadas a -10ºC. Ya no podemos ni cocinar fuera, hemos de calentar la
cena con el infiernillo en el suelo que corresponde al asiento del copiloto y
haciendo malabarismos para no tirarlo todo, el espacio es minúsculo. Durante
las noches hemos de permanecer constantemente los dos dentro del coche con los
anorak puestos, la temperatura es fría pero mucho menos que en el exterior y
estamos a resguardo del desalmando viento que intenta doblegarnos. Cuando
levantamos la tienda, incluso con guantes, las manos acaban heladas. Ya no
cuento lo que supone fregar los escasos cacharros de cocina que usamos, para no
manchar comemos los dos en el mismo perolo que hemos usado para cocinar. Lo único
bueno de esta situación es que ... los sacos aguantan, nada que ver con los
antiguos (aunque en mi caso he de reforzar los pies con el plumífero de Marián
cerrado y envolviendo la parte baja del saco). Pero no nos rendimos. El Montero
arranca imperturbable todas las mañanas y ... ¡Casi estamos en Alaska!