Posee una hermosa naturaleza pero a parte de los escasos restos mayas, de nuevo nos encontramos con un país que posee un escaso patrimonio cultural, con pueblos sin personalidad y una capital, San Salvador, realmente horrorosa (que hace juego con Managua, Tegucigalpa y San José de Costa Rica). Hay una honrosa excepción que, sin tratarse realmente de "historia", sí que es agradable de recorrer: Santa Ana. Hablamos de ausencia histórica porque incluso el elemento que más llama la atención -la catedral que mostramos en esta foto- data del siglo XX pero se eleva tan espigada y altiva como el volcán próximo que lleva el mismo nombre de la ciudad. De estilo neogótico, a sus 91 años sigue celebrando cada mes de julio la festividad de su patrona. La engalanan con flores y cirios que los fieles le ofrecen en cantidades infinitas en su frío interior de techos abovedados y estatuas de santos vestidos con túnicas de terciopelo. Pero olvidándonos de la historia y centrándonos en la estética, el resto del pueblo nos deleita con un hermoso Teatro Nacional neoclásico, una municipalidad coqueta con una gran torre y unas calles que rodean al centro con casitas bajas de estilo rural.

A principios del siglo XX la riquezas que aportó el cultivo del café sirvieron para construir los más bellos edificios de Santa Ana, entre ellos el Teatro Nacional. Se inauguró en 1910 con un concierto a cargo de la Orquesta Sinfónica de Sinibaldi, de renombrado prestigio en la época. Llegaban gente de todos los lugares del país para acudir a los espectáculos que el elegante teatro ofrecía.

Paseo por las calles de Santa Ana, de inequívoco aspecto rural.

La capital del país, San Salvador, es moderna, con un abigarrado tráfico, contaminada, repleta de cables por todos sitios y realmente antiestética. El Palacio Nacional (en la foto) se podría considerar como la única pieza arquitectónica estética de la capital. Hay algún que otro edificio neoclásico o de estilo colonial pero su entorno suele ser tan horroroso que se pierde entre tanto despropósito. La pobreza generada por la guerra y los zarpazos de la madre naturaleza impide algo lógico y estético. Nunca hay dinero y siempre hay prisas, terreno ideal para los especuladores, comisionistas, políticos corruptos, arquitectos sin escrúpulos y estafadores.