
Salvador,
otro nombre que suena a guerra, revolución, guerrillas y sangre. Hace años que
se ha firmado la paz pero las secuelas de la desenfrenada violencia que vivió
el más pequeño de los países centroamericanos y la gran cantidad de armas que
quedaron en manos de todo el mundo lo convierten en el más peligroso de todos:
atracos, secuestros, robos de vehículos, ajustes de cuentas, ... Hay que
andarse con mil ojos y nunca moverse de noche, tanto en determinados barrios de
ciudades como en pueblos, tanto en carreteras principales como en comarcales
remotas. La tranquilidad intenta asentarse pero todavía le queda un largo
camino.
La naturaleza sigue siendo cautivadora y nos seguimos encontrando con más
"bocas del infierno" pero la más espectacular de todas no retiene en
sus fauces humo ni cenizas sino agua, una ingente cantidad de agua. En el fondo
de la descomunal boca de un antiguo volcán se encuentran las sulfurosas aguas
medicinales del lago Coatepeque. Su penetrante tono azul casi eclipsa la
lujuriante vegetación de cafetales que le rodea como una corona esmeralda a los
pies de la ladera oriental del volcán Santa Ana. La pesca y los deportes acuáticos
que en sus aguas se pueden practicar han contribuido a la urbanización de su
ribera pero la amenaza de su abuso intensivo podría poner en peligro las
bellezas naturales de su fauna y flora.

El rosario de volcanes que jalonan todo Centroamérica de nuevo atrapa nuestra atención en El Salvador. El volcán Santa Ana, cuya última erupción se produjo en 1.920, es el de mayor altitud con sus 2.365 metros, por ello los indígenas le dieron el nombre de "Thlamatépec" que significa en lengua náhuatl "padre volcán". Pero junto al lago Coatepeque se encuentra el volcán más joven del país, un volcán activo en estado latente, el Izalco de 1.910 metros de altura cuya última erupción tuvo lugar en 1.966. Los indígenas lo consideraban las bocas del infierno cuando contemplaron su espeluznante primigenia erupción en 1.770. La expulsión constante de gases sulfurosos y vapor de agua permite divisarlo desde el mar por las noches, motivo por el cual los navegantes le bautizaron como "el faro de América Central" o "el Faro del Pacífico".

La presencia del mundo maya en El Salvador no es comparable con los espectaculares restos de México, Guatemala o Honduras pero no cabe duda que existen importantes vestigios de incalculable trascendencia para la visión global del mundo maya. Visualmente, Tezumal (en la foto) es el más importante resto arqueológico y fue construido en el año 980 d.C. por los indios Pipil, los autóctonos habitantes que poblaban esta zona antes de la llegada de los conquistadores. La mayor parte de Guatemala, El Salvador y Honduras quedó dentro del área de cultura maya procedente de las tierras bajas de Yucatán. Se caracterizaron sobre todo por su organización en ciudades independientes, por la explotación intensiva del campo a partir del cultivo del maíz, judías y cacao, y por la construcción de grandes estructuras piramidales en centros religiosos y ceremoniales, entre los que destacan los de Tazumal. Tazumal significa en idioma quiché, "pirámide donde fueron quemadas las víctimas", no olvidemos que la practica de sacrificios humanos era habitual entre los mayas. Precisamente su pirámide de 30 metros de altura es la estructura más espectacular del complejo pero también han sido recuperados un juego de pelota así como vajillas de arcilla y esculturas. Pero sólo nos encontramos ante una pequeña parte de una zona arqueológica de 10 km2 que en su mayoría están sepultadas bajo la ciudad de Chalchuapa, localidad donde se hallan las ruinas. La Joya de Cerén, sepultada bajo la ceniza volcánica hace 1.400 años y el centro ceremonial de San Andrés, son otro de los dos focos de mayor importancia de la presencia maya en El Salvador.