
Desde sus privilegiados 2.800 metros de altitud, la ciudad de Quito es la segunda capital más alta de toda América después de La Paz (Bolivia). Cortejada por el volcán Pichincha de 4.794 metros de altitud, Quito fue la capital del norte del Imperio Inca desde donde regentaba Atahualpa parte de sus dominios. Tras la traidora captura y ejecución del rey Inca realizada por Pizarro y la sanguinaria masacre de toda la familia real y nobles por parte del ambicioso general inca Rumiñahui (que se autoproclamó nuevo soberano sobre ríos de sangre de su propia gente), el Imperio Inca se precipitó en el caos y destrucción con luchas internas y una traición tras otra. La capital inca murió pero fue refundada en 1.534 por uno de los conquistadores del nuevo Imperio: Sebastián de Belalcázar, el lugarteniente de Pizarro. Con la colonización, la ciudad renació con bellas casonas y altivas iglesias que aún conservan el atractivo de entonces. Así se ha convertido en uno de los más bellos y extensos cascos históricos del continente americano compitiendo muy seriamente (aunque sin alcanzarla) con su homóloga en Perú: Cuzco, la capital del Imperio Inca en el sur. Extremando las precauciones para no ser víctimas de los tan comunes robos y asaltos, podemos disfrutar durante días de fantásticos recorridos.

Campanario de la Catedral en la plaza de la Independencia, al fondo la gigantesca estatua de la virgen en lo alto de la colina llamada Panecillo. La Virgen de Quito fue concebida por el artista Bernardo Legarda en el siglo XVII cuya pieza original se encuentra en el altar principal de la Iglesia de San Francisco. Esta moderna representación de la famosa virgen supuso fundir 7.000 piezas de aluminio. Desde el Panecillo podemos embriagarnos con la magnífica vista de toda la ciudad la antigua y la moderna, una de las vistas panorámicas urbanas más impresionantes que hemos contemplado por Sudamérica.

La fachada del Sagrario, en sus inicios construida como la capilla de la catedral, es una de las muchas muestras arquitectónicas que ponen de manifiesto su ineludible pasado y el esmero de los ecuatorianos por preservarlo.