Navegamos hasta la isla del Sol y de la Luna para pisar las ínsulas de la leyenda. Por la Isla del Sol recorremos durante varios kilómetros un camino que Marián nunca olvidará por el calvario que pasó subiendo y bajando senderos y escaleras trípode al hombro y mochila en ristre, para poder grabar los emplazamientos más ancestrales del mito más importante de los incas. Las idílicas imágenes del lago que desde las alturas contemplamos nos ofrecen un océano de aguas turquesas, terrazas con cultivos de maíz y cereales, animales pastando en terrazas, cabañas de piedra cubiertas de paja, isleños esperando la salida de las barcas que le lleven a otras islas o a tierra firme. Llegamos hasta la Piedra de los sacrificios y ofrendas y más allá a la Chincana, unas construcciones incas en piedra que miran en terraza hacia el lago y que aunque no son espectaculares sí que poseen relevancia histórica. Al igual que las esquivas cholitas, también nos detenemos frente a las aguas del lago esperando la llegada de la barca que nos trasladará de nuevo a Copacabana. Dejamos la mirada perdida y pensamos en la próxima etapa: Perú. Bolivia termina del mismo modo que va a empezar Perú: navegando por el Titicaca. Pero en Perú utilizan la totora para algo increíble, difícil de creer y deseamos verlo con nuestros propios ojos ... y pisarlo con nuestros pies.

 

Paisaje de cabañas de pastores y costa en la isla del Sol en el lago Titicaca.

 

La piedra de los sacrificios y ofrendas en la Isla de la Luna.

 

La Chicana (o laberinto inca) en la Isla del Sol.

 

Convento inca en la isla de la Luna, única construcción en esa pequeña isla.