Después de varias semanas moviéndonos entre los 3.000 y 4.000 metros de altitud y con la gran fortuna de no padecer los efectos de la "puna" -mal de altura- hemos descendido a los 1.650 metros en Samaipata para encontrarnos con otro gran desconocido de Bolivia: el fuerte de Samaipata. Fuimos maravillosamente atendidos por el director de este centro arqueológico y por todos los empleados que realizan con sacrificio y tenacidad la magna labor de protección y mantenimiento del importante yacimiento. Los estudios realizados in situ apuntan la ubicación en el lugar de civilizaciones preincaicas que se remontan a 1.500 años antes de Cristo de grupos llegados de la Amazonia. Pero el testimonio tangible que ocupa en estos momentos el lugar es un recinto sagrado perteneciente al Imperio Incaico. Un complejo de canales, estanques y bajorrelieves horadados en la roca principal. En los laterales de la base de la gran roca se ubican lo que fueron nichos de ofrendas sacerdotales. En sus alrededores los cultivos y viviendas del asentamiento. Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO es una de las construcciones monolíticas más grandes del planeta. Todo el complejo sacerdotal y ceremonial está esculpido en un gigantesco bloque de piedra que se halla en la cumbre de la colina. Ahora está muy protegido porque la roca está en proceso de meteorización (fragmentación natural por vejez) y amenaza desaparecer para siempre.

 

Tras las ruinas de Tiahuanaco (al oeste de La Paz) y anteriores al Imperio Inca, el Fuerte de Samaipata se convierte en la segunda área arqueológica más importante de Bolivia. La figura del puma, tallada en la roca sagrada, ha visto como el paso del tiempo y los elementos han borrado a sus "compañeros de piedra" tallados hace más de 500 años por los incas. Hoy en día es el único altorrelieve que se distingue con facilidad.