El pequeño pueblecito colonial de Samaipata, a los pies del fuerte homónimo, creíamos que iba a ser uno más en la ruta pero resultó ser encantador y hermoso. Un lugar de paz espiritual y física, casi un pueblo fantasma entre semana puesto que los excursionistas de Santa Cruz tan solo lo visitan durante el fin de semana, momento en el cual se llena de gente, se abren los restaurantes, los pollos dan vueltas en los asadores, los dos jardines-discotecas se llenan de juventud, ... Nace cada sábado por la mañana para volverse a dormir cada domingo tras el ocaso. Nos encantó la arquitectura y la tranquilidad, los soportales y las plantas cayendo de las macetas colgantes, los patios interiores y los jardines exteriores.

 

Calle de Samaipata.