En el camino a Potosí, la oscuridad de la noche nos envolvió antes de llegar a Pulcayo, un pequeño pueblo a 4.000 metros de altitud que parece haberse anclado en las páginas de una historia ya pasada y antigua. Llegamos tarde en la noche cuando el frío y el viento nos impidieron acampar a la intemperie de las frígidas alturas, lo intentamos pero los temblores que nos daban nos hizo desistir a los 15 minutos y decidimos deshacer el campamento para alcanzar Pulcayo. No hallamos ni un alma por las estrechas calles del pueblo, tan solo deambulaban famélicos perros en busca de algo que echarse al estómago. Encontramos refugio en una casona que parecía abandonada y que ponía un "hostal" casi ilegible en su puerta. Nos instalan en una desconchada habitación con cristales rotos, una destartalada cama y un duro y viejo colchón de lana que destrozaba la espalda y los riñones sin piedad. Fue suficiente para no congelarnos durante la noche. Pero la mañana apareció clara y radiante y pudimos conocer alguno de los secretos que este pequeño poblado encerraba. Pulcayo es una ciudad minera cien por cien, cuenta con una mina que en época de las colonias y durante la republica tras la independencia proporcionó pingües beneficios a sus propietarios. La plata, plomo y estaño eran los principales minerales que de sus entrañas se arrancaba puro. Parecía inagotable pero... el maná se acabó, la momia de una ciudad próspera yace reseca sobre las colinas arañadas por los rieles. La extracción de la amalgama de la riqueza restante tan solo proporciona trabajo a poco más de 15 personas, principalmente mujeres y algún que otro niño que ayuda.