El altiplano sigue siendo nuestro medio habitual, subimos y bajamos pero siempre nos movemos entre los 3.500 y los 4.500 m. de altitud. Hemos pasado Oruro (3.706 m.) en ruta hacia el Salar de Uyuni. El avance es lento porque las pistas son escalofriantes: cruce de ríos, zonas de rocas, lechos arenosos y agujeros, inmensos agujeros que hay que ir sorteando con paciencia. Pero todo ello merece la pena sin lugar a dudas, el paisaje y el respirar la paz de estas tierras en el reino del cielo lo vale todo. Si bien cruzamos terrenos arenosos ... nos quedamos de piedra al encontrarnos un campo de dunas ... a  nada menos que 3.700 metros de altitud. Es el más alto pequeño Sahara que nos hemos encontrado, superando  al campo de dunas que nos encontramos en el valle de Nubra a 3.200 metros de altura (crónica 48). Repetimos el ritual que hicimos en aquel remoto y casi prohibido valle del Himalaya en Ladakh. Los ojos van grabando las imágenes de algo difícil de creer en estas latitudes pero no queda realmente asimilado hasta que de nuevo volvemos a introducir nuestras manos en un elemento que nos fascina y nos trasladamos mentalmente a otros remotos lugares donde también el terreno se nos escurría entre los dedos tras trepar por suaves ondas sólidas con movimiento perpetuo.