El dragón ha regresado a su morada subterránea para dormirse hasta el siguiente amanecer. El Tatio recupera el sosiego y nosotros partimos por un entramado de pistas que nos llevarán a Calama. El camino es una diadema de gemas, románticos pueblos encastrados en un soporte de soberbia naturaleza. Ya estamos fuera de rutas habituales, los turistas no suelen visitar esta área por lo complicado que resulta desplazarse sin un buen todo terreno. Nosotros nos perdemos un par de veces pero recuperamos el rumbo con el GPS. El primer poblado es Caspana, todavía nos mantiene a elevadas alturas, 3.305 metros, pero el campamento en sus alrededores ya no tiene nada que ver con el clon de la Antártida donde nos encontrábamos ayer. Los cero grados de hoy nos parecen una bendición del cielo. En Caspana es la piedra volcánica liparita la que ha dado formas a las casitas de este poblado prehispánico muy escondido en un fértil valle y cultivos escalonados. Las casas coloniales, su pequeña plaza de armas y su rústica iglesia la dan ese toque romántico que cautiva. Sus flores y verduras de sus huertos y sembrados son muy cotizadas en los mercados de los alrededores.

Panorámica de la escondida Caspana y su fértil cañón-oasis.