
¿Y cómo no emocionarse cuando contemplamos nuestros tiernos y entrañables compañeros de viaje por el altiplano? Una pareja de jovencísimas llamas nos miran asombradas al aparecer para su sorpresa donde plácidamente pastaban con sus madres. Forman parte de un rebaño que se pasea lánguidamente por la Cuesta de Chita, senda que nos va acercando a los poblados que descansan en los afluentes del río Loa, la principal arteria que vivifica esta desértica zona. Las pistas de ripio polvoriento siguen siendo el suelo que pisamos durante kilómetros y kilómetros.