
Llega el domador del dragón: el sol. Nuestros cuerpos se van atemperando y la bestia del infierno se va tranquilizando. Vicente coge temperatura rápidamente pero yo no me puedo quitar mi segunda y tercera piel de polartec hasta muy tarde, cada vez que pienso en el calor de ayer casi no puedo creerlo. El mayor susto al despertarme fue que me encontré las lentillas congeladas dentro de su disolución limpiadora, nunca antes me había pasado esto, ni siquiera con las también gélidas temperaturas del Nullarbor en Australia (crónica 68). Mi inquietud es que no sé si la presión del hielo ha sido capaz de crear una grieta en alguna de las lentillas y dejarme sin mis "ojitos" de quita y pon. Cuando regresamos al coche a las 11 de la mañana compruebo aliviada que tras descongelarse ... no tienen nada y recupero mi visión "descodificada" (las gafas se me empañaban constantemente con mi propia respiración). El calor va amansando los géiseres y fumarolas y nos podemos acercar a los ojos líquidos de la tierra sin temor a ser quemados por los vapores ni abrasados por salpicones de agua en ebullición. Aún así hemos de ser muy prudentes al movernos a pie, hay trampas de barro hirviente camuflado y meter el pie en una de esas zonas de suelo embustero produciría un hundimiento inmediato de la pierna y unas quemaduras horribles de primer grado. Todo el mundo está avisado y aunque casi nadie es sorprendido por una fumarola o el agua saltarina, cada año hay evacuaciones de ingenuos visitantes que se confían en su avance y tras hundirse en el incandescente barro tienen espantosas quemaduras de primer grado y deben ser trasladados inmediatamente a un hospital ... a muchísimas horas del lugar.

Los campos de géiseres y fumarolas del Tatio tras el amanecer.

Los "barros movedizos", trampas incandescentes que se ocultan entre las fumarolas y ojos de agua hirviente.