Acampar en el Tatio fue terrible, la temperatura nocturna más baja y la noche más dura en toda la Ruta de los Imperios pero no teníamos elección, el espectáculo de la naturaleza comienza al amanecer y hubiese sido imposible encontrar el lugar partiendo a las 4 de la mañana de San Pedro y moviéndonos en la noche (que es lo que hace todo el mundo que viene ... pero claro, el vehículo lo conduce un guía local y nosotros vamos tal cual). Ahora que ya ha quedado grabado el camino en el GPS podríamos hacerlo de noche o con una niebla como un puré de patatas pero para la primera vez necesitábamos orientarnos con la visibilidad diurna y además no queríamos perdernos el paisaje del camino, que finalmente resultó ser mucho más hermoso de lo esperado. ¿El precio de todo ello? Un frío para no haberlo contado porque no estamos equipados para temperaturas tan extremas. Nos metimos con tanta ropa en los sacos de dormir que a duras penas pudimos cerrar las cremalleras, no nos podíamos ni mover ... y aun así casi no pegamos ojo del frío tan tremendo que hacía (y también debido a los 4.570 metros a los que nos hallamos, esas alturas provocan un estado de vigilia desagradable combinado con sueños inquietos e incluso pesadillas). Menos trece grados centígrados nos marca el termómetro de máximas y mínimas que llevamos. Oír el despertador a las seis de la mañana es un alivio. Indica que tenemos que levantarnos, por fin. A esa hora se despereza también la tierra con comportamiento de dragón, lanzando bufidos, vapores por todos sus orificios y babas hirvientes por sus incontables fauces. Somos puntuales a la cita y las nubes que salen del averno rompen la negrura mientras trepan hacia un firmamento que inicia su retirada, el espectáculo es soberbio pero tan solo dura hasta que llega el domador de la bestia. Poco a poco el cielo se va iluminando, se nota que la bestia relaja su ira ultraterrenal. Nuestros encogidos cuerpos saben quién se acerca.