
Es hora de partir de nuevo hacia el norte, me acerco una última vez a las lagunas superficiales del inmenso salar de Atacama para palpar esa curiosa textura de costra de sal pura. Me fascina, ni siquiera el Chott el Jerid de Túnez (crónica 3) tiene ese poder salino que me acorrala por los cuatro puntos cardinales. Hace calor pero en breve ascenderemos hasta más de 4.500 metros de altura y tendré que cambiar la ropa ligera por la indumentaria más cálida que llevamos en nuestra montura.

El Salar de Atacama es una depresión sin salida de aguas, hacia ella discurren las nieves andinas al derretirse y originan lagos cautivos que por evaporación generan los salares. Debajo es un gran lago que en ocasiones (en la fotografía) dejan escapar esporádicas lagunas. Pequeños cristales flotan en el agua y se aglutinan en delgadas capas sobre la superficie, posteriormente se fisuran pues la sal al cristalizar aumenta de volumen. Por los bordes de las fisuras hay más evaporación y se cristaliza mayor cantidad de sal, lo que empuja las placas y las levanta creando las costras sobre el salar.