Rodeamos un nuevo hijo de la furia: el volcán Lonquimay de 2.885 metros y cuya última erupción tuvo lugar en 1.994. La cercanía de esa fecha es lo que provoca que todo su entorno se halle desolado, repleto de formaciones de lava rodeadas de cenizas y el polvo envuelva nuestro avance o se creen muros negros cuando se levanta el viento. Será nuestro último alto ante los guerreros de la "cordillera volcánica activa", un tramo de la cordillera de los Andes que se extiende desde esta temperamental montaña de ardiente vientre hasta el volcán Hornopirén en el sur, con un eje longitudinal de casi 400 kilómetros. (Más fotos en link).

 

Ante la desolación del fuego arrasador del Lonquimay siguen surgiendo hermosos bosques nativos. Las araucarias extienden reverencialmente sus manos repletas de dedos hacia la montaña todo poderosa.