Los cuerpos de los primeros colonos alemanes y sus descendientes descansan en un lugar privilegiado en puerto Octay, mirando hacia el lago Llanquihue que los acogió y hacia el volcán Puntiagudo (2.190 m.; a la izda) y el volcán Osorno (2.652 m.; a la dcha) que los arropó. Una vista realmente magnífica para la eternidad.

A cada colono se le entregaba una serie de franquicias a largo plazo que incluían 75 cuadras de tierra, más 12 por cada hijo, habitación gratuita en el puerto hasta la entrega de la chacra (granja), 1 yunta de bueyes, 1 vaca parida, 500 tablas, 1 quintal de clavos, algún dinero mensual, asistencia médica gratis, medicamentos durante un año, título de dominio con la condición de construir una casa y cercar 2 cuadras, y ciudadanía chilena a quienes la solicitaran. Es lo que ofrecía el gobierno chileno para colonizar con europeos, básicamente alemanes, unas tierras casi inexploradas (los conquistadores españoles nunca se interesaron por ellas y apenas realizaron incursiones) que les permitiera aprovechar los recursos que ofrecía y hacer soberanía sobre tierras que su vecino argentino podría anhelar.

 

Lápidas del cementerio de Octay, casi todas ellas con apellidos alemanes de los pioneros y sus descendientes, primeros colonos de estas tierras. Allí están los Wulf, Klaher, Hausdorf, Springer, Teuber, ...