Y por todo este prodigioso rosario de lagos y lagunas que se diseminan a los pies del insigne macizo hubo entre todos ellos uno que nos causó una especial y mayor admiración: el lago Grey. Los gigantescos icebergs que habían conseguido liberarse del glacial que los concibió cientos de metros más atrás quedan varados como albinas ballenas en la orilla del lago. Atrapados sin poder escapar sólo les queda el consuelo de que serán admirados gozosamente por los que allí nos congregamos.

 

Nos relata el padre De Agostini: "los dos brazos del glaciar Grey son como dos enormes bastiones flotantes, erizados de fantásticos pináculos y agujas de hielo. Los témpanos soplados por el viento flotan como veleros sobre las aguas del lago". No es posible describirlo con mayor exactitud, poesía y sentimiento. Así es, esos veleros congelados tratan de navegar hacia otros horizontes pero están atrapados, no hay salida. Sólo cuando su cuerpo se funda con el agua del lago, entonces podrán liberarse pero mientras luzcan esas imponentes figuras serán prisioneros de sí mismos y del lago que los acoge... para nuestro deleite.