
Cada amanecer despierta una nueva expectación y admiración por los escenarios en los que nos movemos. Si hace mal tiempo nos vestimos de capitán Pescanova antes de abordar las lanchas de desembarco. Los fiordos como el D’Agostini o Cóndor (en la foto) nos revelan sus mejores guardados rincones, glaciares homónimos que con sus poderosas lenguas de hielo devoran milímetro a milímetro un terreno sobre el que se posaron en la noche de los tiempos, recuerdos arcaicos de acontecimientos remotos que se siguen perpetuando íntimamente en los rincones más inhóspitos y recónditos del puzzle patagónico.

Glaciar Cóndor.

Navegando frente al glaciar Serrano.