
El seno Almirantazgo nos mece melosamente. La brisa glacial nos despierta definitivamente mientras la lancha vuela sobre el agua hacia la bahía Aisnworth. Ese sol fugado de su cárcel de nubes golpea a unos seres nada acostumbrados a él y que nos reciben con ademanes perezosos al desembarcar en sus dominios. En la playa de guijarros, masas de grasa exhibida sin complejos, intentan embadurnarse de arena y gravilla con sus aletas para protegerse de los incisivos rayos del astro rey. Nos hallamos frente a una colonia de voluminosos elefantes marinos.
Si tuviera que resaltar una de las imágenes que más nos han impresionado del viaje a los confines del mundo resaltaría aquella en la que dos enormes elefantes se erigen amenazadoramente y golpean sus pechos, silueteando sus perfiles en las relucientes cumbres heladas sobre el glaciar Marinelli.

Elefantes marinos en la bahía Aisnworth.