Nos deslizamos sigilosa y lánguidamente por las aguas que nos aproximan a la Angostura Inglesa cuando un espectro entre la niebla rompe la monotonía de las aguas. En medio del canal ... el fantasmal bergantín griego "Capitán Leonidas", víctima de la trampa que el océano le tendió enmascarando los mástiles del buque inglés "Cotopaxi", naufragado en este mismo lugar en 1.889. Las aguas del canal Messier se tragaron al Cotopaxi pero debió de maldecir al canal que le quitó la vida porque se agazapó muy cerca de la superficie, con sus hierros retorcidos dispuestos a quebrar quillas y sus mástiles convertidos en punzantes lanzas en espera de una víctima. Con la eternidad como límite, al igual que el demonio, la maldición se cumplió casi 80 años después hiriendo de muerte al incauto Capitán Leónidas. Atrapado en el espacio, también quedó atrapado en el tiempo, capturado en el instante mismo en que dejó de avanzar. No se sumerge, no se quiebra, no se ladea sobre ningún costado. Condenado a perpetuidad a mantenerse sobre el Cotopaxi ha congelado su presencia en el estrecho, flotando sin flotar, navegando sin navegar. Casi parece que vamos a ver la tripulación cuando pasamos a su vera, tan solo el óxido da testimonio de su penitencia.

 

El capitán del Magallanes, como cientos de veces ha repetido, saluda con un intenso pitido a los camaradas varados en el ceñido paso. De pronto, el inerte fantasma cobra ruidosa vida ante nuestros ojos, como almas inmaculadas que intentan alcanzar el cielo, cientos de aves níveas elevan su vuelo sobre el herrumbroso esqueleto. Al final, el Capitán Leónidas no murió del todo, tiene una nueva tripulación.