
Las calles de Valparaíso son las primeras que pisa nuestro expedicionario rodante en su nuevo continente. Las numerosas colinas de Valparaíso que acaban fundiéndose con las ahora tranquilas aguas del Pacífico, han sido conquistadas por huestes infinitas de viviendas que se aglomeran imparablemente por sus laderas. El próspero puerto sobrevivió a pesar de los severos y repetidos ataques que la ambición de los hombres y la fiereza de los elementos les infringieron en sus añejas carnes a lo largo de los siglos. Los piratas la saquearon con avidez en varias ocasiones y los fuegos, tempestades y terremotos también dieron buena cuenta de ella. Aun así pudimos embelesarnos con algunas de las más bellas mansiones que su pasado y opulento comercio le proporcionaron.

Valparaíso posee ciertamente una fisionomía singular: su crecimiento meridional se ve cortado por la bahía homónima y su crecimiento septentrional se ve dificultado por una empalizada de colinas que ha generado una ondulante expansión mediante un laberinto de senderos y carreteras zigzagueantes. La bahía fue descubierta por Juan de Saavedra en 1.536 y la ciudad fue fundada en 1.542 durante los comienzos del Imperio Español en las tierras americanas, tan solo unas pocas décadas después de la primera llegada de Cristóbal Colón al nuevo continente. Desde su fundación hasta nuestros días ha sido uno de los principales puertos de Chile.
Cabalgando por sus cerros nos topamos con unos singulares y gigantescos artilugios. Hace más de un siglo se ideó un sistema de comunicación entre la parte baja y alta de la ciudad. Unos ascensores que ahora son una de las reliquias más apreciadas de sus habitantes y de las más admiradas por los visitantes.