Cuando un amigo se va algo se muere en el alma. Enlatamos nuestro Mitsubishi Montero al poco de regresar a Melbourne. Un precinto metálico numerado sella el portón nada más sumergir a nuestro camarada en la oscuridad más absoluta de un triste y abollado conteiner de chapa. Nos quedamos con él hasta que un gigantesco camión se acopla al remolque y lo hace desaparecer para más de un mes. Su anónimo arcón gris se hacinará junto a otros muchos de carga desconocida en el puerto y será finalmente amontonado en un carguero que lo hará navegar durante varias semanas por el impetuoso océano Pacífico. Nos veremos en América compañero.

 

Un gigantesco camión australiano (con las inevitables defensas anti-canguros) maniobra para enganchar el conteiner donde acabamos de anclar nuestra montura. La maniobra terminada ... desaparecerá con nuestro expedicionario rodante.