Oro verde en la corteza, oro amarillo en las entrañas. El resplandeciente metal dorado descubierto le dio unos buenos zarpazos a una tierra que todavía conserva las cicatrices de su intensa explotación minera. Cuando cruzamos el lago Burbury una sinuosa carretera nos muestra la fisonomía desnuda de la tierra. Curva tras curva brotan las cicatrices ocres y rojizas de un terreno desposeído del oro y cobre que atesoraba en su interior, hemos llegado a la ciudad minera de Queenstown, casi invisible entre las despojadas colinas. Queenstown, ruda y salvaje al nacer se nos muestra ante nuestros ojos ordenadita, limpia y con algunos edificios coloniales realmente hermosos.

 

 

Panorámica de la casi invisible Queenstown. Aséptica desde fuera, posee algunos tesoros cuando uno se acerca.

 

Queenstown histórica y colonial: el hotel Hunter y el edificio de correos al fondo.

 

El hotel Empire, otra hermosa reliquia de Queenstown.