Tras las Puertas del Infierno, el primer soplo de aire fresco y júbilo lo recibimos cuando arribamos a las orillas de las cataratas de Leichhardt, llamadas así en honor al científico alemán que las descubrió y en una expedición posterior desapareció misteriosamente. Las encontramos bastante mermadas al ser la época seca, no había caída de aguas pero sí vegetación, una hermosa "playa" de arena, mucho caudal en el ancho río y una gigantesca laguna de su base. Este nuevo oasis nos anima el carácter ante la repetitiva monotonía del terreno de la Carpentaria. Los 33ºC incitan a darse un baño en este solitario jardín del desierto pero hay carteles, ¡otra vez esos dichosos carteles que te quitan las ganas de acercarte a la orilla! Sus aguas son frescas y cristalinas pero nuevamente alojan unos inquilinos dentudos de unos 5 metros de envergadura que de una dentellada pueden hacerte desaparecer.