Las decenas de acampadas en el "bush" (campo abierto) australiano siempre estarán amenizadas por un "saludable" y "tonificante" frescor de unas temperaturas que caen en picado desde el mismo instante que el sol abandona a sus criaturas en la oscuridad. Preparar las cenas es un suplicio y todos parecemos tener Parkinson por los temblores que nos genera el gélido viento que nos abofetea sin cesar. La comida se nos queda helada al minuto de estar en el plato y optamos por hacer las cenas en dos sesiones, preparamos la mitad de la ración de cada uno y mientras nos la comemos sin dirigirnos la palabra para ganar tiempo se va cocinando la segunda y mientras nos comemos ésta, se va calentando el agua para hacernos un café o un chocolate para tomarlo justo antes de meternos en nuestro escarchado dormitorio.