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Las
luces del alba comienzan a despuntar, nuestra montura realiza su particular
singladura al Canal de Panamá y nosotros... a un paraíso perdido en medio del
Pacífico. Un minibús nos recoge en el hotel de la capital ecuatoriana para
trasladarnos hasta el aeropuerto. Tras una breve escala en Guayaquil, la
capital financiera del país a orillas del río Guayas, partimos rumbo a nuestro ansiado destino.
Comenzamos
a perder altura. Las nubes que nos han envuelto casi todo el trayecto inician
su retirada y comenzamos a ganar visibilidad. Por las ventanillas del avión
comenzamos a tomar contacto visual con el admirado archipiélago. Como un
collar de perlas negras, roto y flotando sobre el océano Pacífico, aparecen
algunas de las remotas islas volcánicas, fruto de virulentas erupciones de
los fondos marinos. De la vehemencia de las explosiones submarinas han
surgido 13 islas mayores, 42 islotes pequeños y un sin fin de rocas
emergentes. Se ha llegado a contabilizar hasta casi 2.500 cráteres de
volcanes de todos los tamaños. El volcán Sierra Negra, en la mayor de las
islas, Isabela, tiene diez kilómetros de diámetro convirtiéndose así en el
segundo más grande del mundo. El origen volcánico de las islas pone de
manifiesto que nunca estuvieron unidas al continente.
En
el aeropuerto de la pequeña isla de Baltra nos recogen y nos trasladan al
puerto donde se encuentra anclado el lujoso Isabela II. Esta embarcación se
convertirá en nuestro hogar flotante durante los ocho días de espectacular
navegación entre las prodigiosas islas. A bordo del Isabela II, bautizado así
en honor de la mayor isla del archipiélago ecuatoriano, somos recibidos por
el capitán Jorge Fernández y la tripulación al completo. Poco después,
zarpamos rumbo a la diminuta isla Seymour Norte.
El
mar está tranquilo y entre las itinerantes nubes que recorren el cielo, el
sol acaricia las cristalinas aguas del Pacífico... y nuestros rostros.
Impacientes, nos apostamos en la proa del barco con el deseo de vivir
nuestras primeras experiencias marineras. Mientras, un profundo y vivificante
olor a mar inunda nuestros pulmones.
Aquí
estamos, en medio del Pacífico pero a tan solo 1.000 kilómetros del Ecuador
continental. Aquí estamos, en las Islas Encantadas, nombre que le dieron los
españoles. Aquí estamos, rodeados de unas islas que fueron la clave para que
un audaz e inquieto científico británico, Charles Darwin, revolucionase a la
conservadora comunidad científica de la época victoriana que le tocó vivir.
Aunque su viaje no comenzó con buen pie aquel 27 de diciembre de 1831. Nada
más zarpar del puerto inglés de Plymouth tuvieron que regresar debido a una
fuerte tempestad. Cinco años después, en 1835, vino repleto de anotaciones.
Su trabajo no fue más que el fruto de su concienzuda capacidad para observar
y anotar todo aquello que mereciera la pena en el campo de la Historia
Natural, como su profesor de Botánica en Cambridge había descubierto en él;
motivo por el cual le recomendó para ocupar el puesto de naturalista en el
bergantín Beagle.
Fue
en 1.859, más de veinte años después de su vuelta alrededor del mundo, cuando
publicó el libro que recogía sus estudios y observaciones científicas: “El
origen de las especies por selección natural”. Y las islas que estamos a
punto de recorrer fueron las protagonistas de tan atrevidas teorías.
Los
meteorólogos consideran el clima de las islas entre los mejores del mundo. Un
clima saludable y menos caluroso de lo que podríamos imaginar al encontrarnos
en una latitud tan cercana al ecuador. No obstante, los meses entre enero y
junio son los más cálidos y húmedos, convirtiéndose el mes de marzo en el más
caluroso. Durante esta época la vegetación de las islas está en pleno apogeo,
mucho más exuberante y el agua tiene la temperatura perfecta para bucear. De
julio a septiembre baja el ritmo de las lluvias y las islas comienzas a
secarse pero en cambio aumenta la vida acuática, los animales prefieren las
corrientes frías. Si bien es cierto que sea cual sea la fecha que elijamos
siempre debemos escudarnos bajo un protector solar.
Apenas
transcurrieron tres horas, tras haber zarpado, cuando llevamos a cabo nuestro
primer desembarco. La vegetación es escasa y rala, esta circunstancia unida
al semblante volcánico de las islas les confiere un aspecto aún más indómito
del que cabría esperar. Bajamos de
las “pangas” o botes, siguiendo las instrucciones que por la mañana, tras la
bienvenida, nos dieron la tripulación. Tras desprendernos de los salvavidas
seguimos el camino balizado junto al naturalista que nos asignaron, Mario
Domínguez. Las reglas no conducen a
ningún equívoco y, por el bien de la fauna que allí habita desde hace varias
generaciones, las debemos respetar. No debemos salirnos de las sendas
marcadas ni tocar a los animales, de ello se encargan encarecidamente los
naturalistas que con sus expertas explicaciones nos enriquecen el recorrido.
La
luz de la tarde tiñe de ocre el camino polvoriento que seguimos por la
pequeña isla Seymour Norte y de pronto, camuflado entre las rocas y las
blanquecinos ramas de palo santo, aparece una enorme iguana macho que parece
fosilizada. Ni tan siquiera pestañea ante nuestra inesperada aparición.
Cuando la iguana se cansa de nuestra presencia, inicia el característico
movimiento que indica que invadimos su territorio con la repetida subida y
bajada de la cabeza. Luego prosigue su camino, dejando grabada su vasta
silueta sobre la tierra mientras se aleja arrastrándose. Probablemente
consideró más provechoso ir a mordisquear algún trozo de palo santo o moyuyo,
dos de los alimentos que forman parte de su dieta. La iguana es uno de esos
animales que nunca ha aprendido a temer al hombre. Pero éste no ha sido más
que el primer encuentro de los muchos que tendremos en los numerosos
desembarcos que realizaremos en los próximos días.
Cuando
Darwin pisó por primera las inhabitadas islas se sorprendió al descubrir
gigantescos reptiles que creía extinguidos hace millones de años. Las islas
Galápagos no tienen más de 5 millones de años e, inexplicablemente, nadie
sabe como llegaron habitar en ellas estos impresionantes animales.
Entretenidos
con el primer habitante que nos topamos en la isla no nos percatamos que en
una de las ramas de los arbustos que nos circundan hay una fragata posada. La
fragata real es el ave insignia de esta pequeña isla. La espectacular bolsa
roja que el macho tiene ubicada en el pecho, el saco ovular, tiene como
misión principal hincharse desproporcionadamente para atraer y cortejar a las
hembras en época de celo. No nos habíamos tropezado con otro caso tan
provocador desde el pavo real. Uno de los machos más bellos y presumidos del
mundo animal cuando despliega su magnífico abanico de plumas para deslumbrar
a las hembras. Cuando alcanzamos la zona donde se hallan los nidos,
comprobamos que el número de parejas formadas era cuantioso y algunas parejas
ya disfrutaban del fruto de su apasionada exhibición, en forma de polluelos
con ahuecado plumones y ansiosos por devorar la comida que sus progenitores
les alcanzaban. Una comida que en ocasiones ha sido arrebata a otras aves
como los piqueros; la fragata es una ladronzuela perezosa que suele
aprovecharse de sus vecinos.
Al
alcanzar la playa encontramos en la orilla los corpulentos cuerpos de
numerosos lobos marinos que apenas se percatan de nuestra llegada. Tan solo
el macho dominante de la manada se mantenía vigilante sobre su harén. Cerca
de ellos, sobre las arenas o sobre piedras, las iguanas marinas, más pequeñas
y oscuras que las terrestres, se apiñaban unas sobre otras para tomar los
últimos rayos del sol. Son las únicas iguanas del mundo con capacidad para
nadar y se alimentan básicamente de la ingesta de algas marinas que se secan
en la playa o consiguen en el mar. La gran concentración de sal que puede
llegar a acumular en su organismo, muy superior a la que un ser vivo podría
soportar para sobrevivir, es expulsada por sus orificios nasales con
continuas expectoraciones. Ellas, al igual que sus perezosos vecinos, tampoco
se interesaron por nuestra presencia.
El
sol se precipita por el horizonte del
océano Pacífico, nos colocamos de nuevo nuestros salvavidas y nos subimos a
las pangas para regresar a nuestro hogar flotante, el Isabela II. Allí, Pepe
el barman, nos esperaba con una copa de zumo tropical. La pequeña isla de
Seymour nos deleitó con todo un recital de fauna impresionante marcando el
preludio de los acontecimientos venideros.
MECIDOS POR EL PACÍFICO
El
bergantín Beagle, a bordo del cual viajó Charles Darwin durante el siglo XIX,
recorrió estas extraordinarias islas con los avances más sofisticados que su
tiempo le permitió. Estamos en el siglo XXI y modernas embarcaciones
equipadas con la más moderna tecnología y comodidades de nuestro tiempo, nos
permiten disfrutar de una travesía acorde con los tiempos en que vivimos. El
Isabela II es un magnífico hotel flotante que ofrece seguridad y confort,
habitaciones amplias y confortables con baño privado, varias cubiertas para
no perder detalle alguno del entorno y una biblioteca que ofrece libros de
consulta, videos, cartografía y un ordenador. Para el ocio... varios salones,
bar, un pequeño yacuzi al aire libre en la cubierta superior, solarium... No
podía faltar un restaurante que goza de una amplia gastronomía, abarcando
desde los deliciosos platos típicamente ecuatorianos hasta la cocina mexicana
e italiana. Todo ello viene acompañado por la cuidada selección de la
tripulación, desde el último marinero hasta el capitán y sus oficiales
pasando por los camareros y el cualificado equipo de guías naturalistas, siempre
dispuesto a contestar todas las preguntas que deseemos formularles. Por otro
lado no se trata de un gigantesco barco, tipo transatlánticos-ciudades, su
perfecto tamaño crea un ambiente familiar que permite relacionarte con todos.
Los almuerzos y las cenas son el momento perfecto para intercambiar opiniones
e impresiones de los desembarcos tan intensos que vivimos.
Pero
el objetivo primordial de la
navegación son los desembarcos, al menos dos diarios, que realizamos con la debida
autorización regulada por el Parque Nacional de las Galápagos. La explotación
turística de las Galápagos podría ser el principio de su fin, por ello está
regulada rigurosamente. Los visitantes que arriban a las islas cada año se
estiman entre 60.000 y 70.000. A esta regulación se suma la formación
profesional de los guías naturalista para descubrir y enseñar a los
visitantes la importancia del ecosistema del archipiélago y el respeto al
medio ambiente, su presencia es vital.
Cada
atardecer, la nave pernocta mecida por aguas distintas y todos los días
desfilan ante nuestros ojos, y bajo nuestros pies, las islas más
espectaculares del archipiélago. Cada isla es un mundo que Darwin supo
audazmente descifrar gracias a sus insólitos animales. Algunas islas son
desnudos trozos de lava y piedras volcánicas, otras en cambio están cubiertas
de profusa vegetación. Mientras en algunas los volcanes pueden alcanzar los
1.700 metros de altitud en otras apenas superan los 28 metros de altura sobre
el nivel del mar. En función de su morfología, los animales que comenzaron a
habitarlas tuvieron que adaptarse a ellas dando lugar a sus particulares
señas distintivas. Este sorprendente micromundo es el que vamos a descubrir
en cada desembarco.
LOS AMOS DE LAS PROFUNDIDADES
La
mañana nos sorprendió con un estrato bajo de nubes que fueron disipándose
gradualmente a medida que el sol iba ganando terreno a lo largo del día. El
capitán nos dirige hacia una de las partes más arcaicas del archipiélago, al
sudeste de las islas. La isla
Española tiene la nada despreciable edad de 3,5 millones de años, aunque
hablando en términos geológicos es muy joven. También denominada como isla
Hood, en honor a un noble inglés, es el hogar de numerosas aves endémicas.
Pero hoy no vamos a empezar caminando por los senderos de la isla, nos vamos
a sumergir en el mar para contactar con sus otros privilegiados inquilinos.
Unas gafas, un tubo y unas aletas son suficientes para disfrutar del mundo
submarino que nos espera con tan solo zambullirnos en el agua sin tener que
bajar a profundidades mayores.
Los
arrecifes volcánicos del islote cercano a Bahía Gardner acogen a un nutrido
elenco de peces tropicales con nombres tan elocuentes como divertidos: peces
loro barba azul, peces gringo, damiselas gigantes, viejas solteras, borracho
mono, raya de espina, raya águila, cardúmenes de ojones, peces banderas...
incluso llegamos a toparnos con tiburones. Más de 300 especies de peces
habitan los fondos submarinos. Durante una hora estuvimos disfrutando de una
fiesta de colores y formas sin igual. Aquellos que preferían un espectáculo
menos húmedo podían realizar el recorrido con los botes de fondo de vidrio.
Pocos
son los esfuerzos para proteger persistentemente este valioso santuario
natural que hará las delicias de los amantes del submarinismo, las
posibilidades son infinitas para disfrutar de una zona única en el mundo.
Junto con la Barrera Coralina de Australia, las islas Galápagos se convierten
en los fondos marinos más importantes y espectaculares del mundo.
Tras
la asombrosa exhibición, que el
cristalino océano Pacífico nos había concedido, nos volvemos al barco para
poco después desembarcar en la playa de Bahía Gardner, colmada de arena fina
y blanca. Una nutrida colonia de lobos marinos languidece perezosamente en
las arenas de la orilla tomando el sol mientras otros más juguetones
prefieren divertirse zambulléndose en el agua. Mientras paseamos por la
playa, captando con nuestra cámara las bucólicas imágenes que nos ofrecen los
mamíferos marinos, sus crías nos salen al paso con ganas de jugar y nos
provocaban arrojándonos con sus aletas arena en las piernas. ¡Qué no
hubiéramos dado por retozar con ellas por la playa! pero... sólo somos
intrusos de paso que nos debemos limitar a observarlos sin entrar en contacto
físico con ellos. Aunque las ganas de jugar sean casi incontenibles, debemos
respetar las reglas. Mario, el naturalista, nos explica: “Recordar que no se
les puede tocar porque las madres las reconocen por el olor y el olor humano
mezclado con el bronceador o perfumes podría camuflar su esencia y dejarla
desprotegida de su madre”. No podía ser más claro y contundente. La pequeña
cría debería buscar a uno de sus congéneres para desfogar sus ansias de
diversión.
Zambullirnos
en el agua con los lobos nos permite por unos instantes sentirnos como si
fuéramos uno más del grupo y compensar los juegos que no pudimos compartir
con los bebés. Con envidiable habilidad, bucean como si fueran auténticos
torpedos, rozándonos desafiantemente cuando nadaban junto a nosotros. Es
increíble que sigan sin tenerle miedo al ser humano a pesar de que sus
antepasados fueron masacrados por cazadores sin escrúpulos.
Al
final de la playa dimos con una profusa colonia de iguanas marinas. Había
decenas y decenas de ellas, de color tan oscuro como los trozos de lava sobre
los que se amontonaban para tomar el sol. Había otras que se afanaban en
zambullirse en el agua para buscar su alimento preferido: las algas marinas.
Su lomo, recubierto de una crespa con puntas, nos recordaban a los antiguos
dinosaurios marinos que hace millones de años recubrieron el planeta azul. No
en balde, las iguanas que teníamos ante nuestros ojos son, según el profesor
Tomas Wolf, las legítimas representantes de aquellos gigantes saurios que reinaron
sobre la tierra. Nos cuentan los naturalistas que el momento más espectacular
se produce durante el apareamiento cuando vuelven su piel negra de un rojo
brillante y ejecutan espectaculares flexiones para cortejar a las hembras.
EL PARAÍSO DE LAS AVES
Nos
trasladamos hacia el oeste de la Española, concretamente a Punta Suárez. La
caminata esta repleta de vida, paso a paso. Nada más desembarcar los lobos
marinos aparecen recostados en nuestro estrecho camino y tenemos que
sortearlos con cuidado para no molestarles durante su apacible baño de sol.
Acto seguido y, casi sin haber tomado aliento, las iguanas marinas se
amontonan por cientos en la playa, junto a los inquietos y numerosos
cangrejos, alternando la negrura con tonos verdes y rojizos de los reptiles
con el refulgente anaranjado de los grandes crustáceos. Las pequeñas calas
por las que pasamos son literalmente maternidades. Encontramos a un gavilán
devorando la placenta de una cría que acaba de nacer hace tan solo unas pocas
horas. Su madre no se separa de ella, lamiéndola, arrullándola con su
hocico.... no dábamos abasto para observar y asimilar todo lo que podíamos
sentir en tan poco tiempo y espacio.
Posteriormente
aparecen los primeros piqueros de patas azules posados sobre árboles enanos,
que hacen las veces de vigías de esta generosa Arca de Noé. Los piqueros
enmascarados están sumidos en su entregada labor por proteger sus codiciados
huevos. En los nidos, alojados entre las rocas del acantilado que daba a una
playa, las parejas de jóvenes padres se alternan en la protección del nido y
la busqueda de alimento.
Pero
el personaje más atrevido y curioso que no se separa de nosotros durante todo
el camino son los cucuves. Como si fueran nuestra propia sombra, nos siguen
allí donde vayamos. Y cuando intentamos fotografiarle, se acercan tanto al
objetivo de la cámara que es imposible enfocarles. Asombrosa su falta de
temor y su naturalidad. El mismo
asombro que le produjo a Darwin la primera vez que los vio hace casi
doscientos años, cuando se posaban sobre sus hombros ingenuamente o dejaban
acercarse a ellas sin el menor atisbo de temor.
El
colofón final no los proporcionan los gigantescos albatros que se encuentran
en plena danza de cortejo. Parecen encontrarse en una exhibición de espadachines.
Tras emitir estridentes silbidos y eufonías la pareja golpea reiteradamente
entre sí sus picos y vuelven a comenzar el ritual sin dejar de blandir sus
majestuosas alas. Por el camino de vuelta algunos lobos marinos, recién
salidos del océano, nos muestran el inmenso esfuerzo que deben emplear para
ascender por el accidentado camino. Pausadamente van trepando con su enorme y
pesado cuerpo por las empinadas escaleras de piedra natural que les
trasladaría hasta la plataforma donde se reúnen para pernoctar. Toda una
lección de fuerza de voluntad.
Los
abruptos acantilados y la puesta de sol, sellan un día que podemos considerar
como sublime y memorable. Si existe el cielo de los animales, sin lugar a
duda debe ser muy parecido a este lugar.
LOS PRIMEROS PASOS DEL HOMBRE
La
isla sobre la que vamos a pasear hoy, Floreana, está repleta de leyendas de lo más inverosímiles. Su historia
más temprana se remonta al siglo XVIII. Entre 1780 a 1860 las islas se
convirtieron en el destino de numerosos barcos balleneros ingleses y
norteamericanos que junto con los cazadores de focas y tortugas fueron los
responsables de la muerte de miles de animales.
La
playa bautizada como Bahía del Correo se debe a la presencia de un barril de
madera instalado para cumplir la función de buzón de correos. En ella se
depositaban las cartas de las tripulaciones que recorrían el Pacífico para
que las embarcaciones que regresaban a casa recogiesen el correo y lo
enviasen a su destino. Hoy en día se ha tratado de conservar esta vieja tradición
como un homenaje a tiempos pasados y cuando llegamos a la playa dejamos
nuestras misivas para que otros compatriotas que residiesen en la ciudad de
destino, las recogiesen y las entregasen en mano en nuestro nombre.
Pero
la primera persona que habitó la isla Floreana fue Patrick Watkins, un
marinero irlandés que se dedicaba atracar balleneros. La historia no se pone
de acuerdo sobre si fue abandonado en la isla o saltó por la borda de su
barco. En cualquier caso se convirtió en su primer habitante en el año 1807 y
en ella habitó casi dos años. Se alimentaba de la fauna del lugar así como de
las verduras y frutas que cultivaba entre las cenizas de lava. Con ellas
realizaba trueques con los barcos visitantes al intercambiarlas por licor.
Llegó incluso a capturar marineros que convertía en sus esclavos. Finalmente
consiguió regresar al continente con algunos de los marineros que le servían.
Fue
en el año 1832, años después de la Independencia y tras separarse de la Gran
Colombia, cuando el gobierno ecuatoriano tomó posesión de las islas. Sin
embargo, no sería hasta 1892, en el IV centenario del descubrimiento del
Nuevo Continente, cuando se les bautizó oficialmente como el Archipiélago de
Colón. Ese mismo año fue nombrado gobernador de la isla José de Villamil,
promotor de la anexión, iniciando oficialmente la colonización de las
Galápagos, cuyo objetivo era convertirlas en un penal como los británicos
intentaban hacer con Australia. Desembarcó junto con 80 prisioneros, pero
cinco años después se marchó decepcionado con la experiencia. De nuevo lo
intentó José Valdizán, pero la tentativa acabó en tragedia cuando Valdizán
fue asesinado por los propios trabajadores que trajo con él. No sería hasta
principios del siglo XX cuando se probó de nuevo. Esta vez fueron los
noruegos, animados por el cónsul ecuatoriano en Oslo, los que decidieron
probar suerte, pero una vez más el intento se tornó en fracaso, hasta
llegaron a construir una fabrica de pescado.
MISTERIOS SIN RESOLVER
Comenzamos
ascender por una ladera sembrada de lava molida. Mario, nuestro naturalista,
se descalza. Si esta mañana nos fundimos con las aguas del océano y sus
asombrosos habitantes, ¿por qué ahora no íbamos a sentir en la piel de
nuestros pies la lava y ceniza molida que configuran la piel de estas islas?
Nos descalzamos y seguimos el sendero. Cuando llegamos a la laguna, los
flamencos rosados que la pueblan están dispersos y a gran distancia de
nuestra ubicación. Así pues, nos apostamos en el pequeño mirador habilitado
para tales fines y esperamos. Mientras tanto, Mario comienza a relatarnos una
de las leyendas más excéntricas de la insólita isla.
En
los años 20 algunos alemanes decidieron probar fortuna en la isla. En 1929 el
primero en atracar fue Friederich Ritter, un doctor de Berlín acompañado por
su amante Dora Strauch. Durante tres años fueron los únicos habitantes de la
isla y en contadas ocasiones recibían alguna que otra visita. En 1932, los alemanes Margaret y Heinz Wittmer
junto con su hijo Harry fueron los siguientes en sumarse a la lista. Unos
meses después una excéntrica baronesa austriaca, Eloise Wagner-Bosquet y sus
dos amantes, Rudi Lorenz y Robert Philipson, los que completaron el grupo.
Desde hacía millones de años el ciclo de la vida animal evolucionaba acorde con
su propia naturaleza. El de los seres humanos también iba a desarrollarse
acorde con nuestra propia naturaleza.
Sólo
eran ocho personas que intentaban desarrollar su propia filosofía de vida.
Friedrich Ritter, médico berlinés, había estudiado las primitivas islas del
mundo durante años y eligió Floreana convencido que era el destino ideal. Su
teoría consistía en lo siguiente, si vivía primitivamente y rechazaba todas
las amenidades de la civilización, viviría para siempre. Junto con su amante,
Dora, dejaron atrás sus acomodadas vidas y se dirigieron a esas islas
perdidas en el Océano Pacífico. Se hicieron vegetarianos y se arrancaron los
dientes sustituyéndolos por dos aparatos cortantes de acero para no tener
"problemas dentales". Una vez asentados algunos yates recalaron en
la isla y se hicieron eco de la extraña pareja. Esta publicidad fue el
principio del fin.
Los
siguientes en llegar fueron la familia Wittmer. Que no tardaron en considerar
al doctor y Dora como sus enemigos. Pero faltaba el tercer grupo en discordia
cuando llegó una excéntrica baronesa con sus tres amantes. Quería construir
con el tiempo un hotel de lujo para millonarios, al menos eso fue lo que
declaró al doctor y su compañera cuando los invitó a cenar para celebrar su
llegada. Además de declararle a Dora que en la variedad está el gusto a la
hora de relacionarse con los hombres. El amante ecuatoriano abandonó el
archipiélago poco después y de los otros dos, Lorenz acabó transformándose en
el criado de la baronesa mientras que Phillips se convirtió en el
favorito.
En
los años siguientes, Floreana fue escenario de misteriosas desapariciones. Un
día, Eloise comentó a los Wittmer que estaba pensando en abandonar la isla
con Phillips. Poco después desaparecieron, aunque nadie los vio abandonar
Floreana. Hasta hoy, existen especulaciones acerca de su desaparición sin que
la verdad haya sido descubierta. Rudi Lorenz vendió todas las posesiones de
la baronesa a los Wittmer y se embarcó en un bote. Pero naufragó y murió de
sed en la isla Marchena. A los cuatro días, el Dr. Ritter enfermó al comer
carne de pollo envenenada... a pesar de ser vegetariano, hecho que levantó
muchas sospechas al respecto. Después de la muerte del Dr. Ritter, Dora dejó
Santa María y volvió a Alemania. Corría entonces el año 1934, no habían
pasado nada más que cinco años y la pequeña “comunidad” quedó diezmada. Se
cuenta que Dora murió como consecuencia de los bombardeos de Berlín durante
la 2ª Guerra Mundial.
La
familia Wittmer permaneció en la isla, pero Heinz murió ahogado poco después
así como el hijo con el que llegaron de Alemania. La única que sobrevivió fue
Margaret y los otros hijos que tuvo con su marido. Sus descendientes
continúan viviendo en Floreana y cuentan con un próspero negocio de barcos de
recreo.
Qué
difícil fue la convivencia entre solo ocho personas y qué trágicos finales
tuvieron. Afortunadamente, la naturaleza y los animales que habitan en ella
se desarrollan a otro ritmo y con otras reglas. Mientras escuchábamos
atónitos las historias que Mario nos relataba, los flamencos continuaron
manteniendo las distancias. Parece que encontraron un manjar más suculento en
otros rincones de la laguna que en el enclave donde estábamos apostados. Así
pues, tras una hora de observación y con los fantasmas de los Ritter, los
Wittmer y los pocos afortunados amantes de la baronesa pululando por nuestras
cabezas nos fuimos alejando del lugar.
Con
la panga nos acercamos a otra cala para subir hasta el llamado Mirador de la
Baronesa. En él contemplamos la puesta de sol, comprobando cómo el sol es el
director de escena de este impresionante espectáculo. Su ausencia cambia
radicalmente el semblante de la isla cuando deja de ser iluminada por los
luminosos rayos de su ardiente esfera. Los arbustos y árboles que la cubren
estan desnudos, pero acariciados por el sol parecen menos afligidos que
cuando éste les olvida dedicando sus último arrullos al titánico océano que
nos rodea. El astro incandescente acabó sumergiéndose en el horizonte y ese
preciso instante fue la señal para regresar a nuestra residencia flotante.
En
el barco somos testigos de un documento inapreciable sobre las imágenes que
un cineasta hollywoodense rodó en los años 30. Visitó la isla Floreana y trató
de captar el testimonio fehaciente de
la existencia de las extrañas parejas que habitaban la isla. Ponerles caras a
los fantasmas del pasado nos permite humanizar las excéntricas leyendas que
oímos a lo largo del día. Unos seres que trataron de romper con las reglas de
la sociedad en la que vivían para experimentar una nueva forma de vida. Los
resultados no fueron afortunados pero al menos lo intentaron. Al final, la
propia naturaleza humana marcó el rumbo de los acontecimientos.
AL BORDE DE LA EXTINCIÓN
Pero...
¿dónde están los famosos animales que dan nombre a las islas? ¿Dónde están
los galápagos, las insólitas tortugas gigantes? Afortunadamente, el hombre
recobró la cordura y cambió el triste destino de convertirlas en comida hasta
casi su total extinción. Será la isla de Santa Cruz el único lugar donde
tendremos la posibilidad de contemplarlas.
Estos
prehistóricos reptiles que durante miles de años habitaron las islas, que
presentan una gran resistencia a la falta de agua y comida, tienen la suerte
de poder vivir hasta casi 200 años han visto peligrada su existencia en tan
sólo 100 años por la acción del hombre. Entre 1780 y 1860 fueron exterminadas
por miles debido a la negligente acción del hombre. Cazadores de focas y
barcos balleneros norteamericanos e ingleses las cazaban para, en un tiempo
donde el escorbuto hacia estragos, les proporcionase carne fresca. De igual
forma los piratas ingleses y holandeses que enredaban por estos lares, usaron
las islas como refugios y a las tortugas como alimentos. Y entre unos y
otros, de los más de 500.000 ejemplares que se calculan que existían en el
siglo XVI... a mediados del siglo XX estaban al borde de la extinción. Pero
hay un porvenir lleno de esperanza gracias a la encomiable labor que la
Estación de Charles Darwin desarrolla en la isla Santa Cruz. Un programa de
crianza en cautiverio ha permitido salvar a las tortugas gigantes a partir de
especies que aún existían en la isla Española. Ahora se pueden contabilizar
más de 10.000 galápagos disfrutando una vida de asueto y tranquilidad.
El
primer testimonio que tenemos de la existencia de las islas fue en 1535 con
fray Tomas de Berlanga, obispo de Panamá, que debido a las fuertes corrientes
el navío en el cual viajaba se desvío de la ruta y acabó arribando a las
islas casualmente. Al regreso de su accidentado viaje el obispo informó al
rey Carlos V de España de las enormes tortugas con forma de silla de montar o
“galápago” que se encontraban en el archipiélago.
En
1959 se creó la "Fundación Charles Darwin" para dedicarse a la
investigación científica y proponer medidas de conservación de las islas, que
fueron nombras Parque Nacional. La estación científica se inauguró en Santa
Cruz en 1964. Y desde entonces se dedica en cuerpo y alma al estudio y preservación de la flora y fauna de la tierra y mar
protegiendo la vida salvaje en su ambiente natural. Evitar la extinción de
las tortugas gigantes, su emblema por antonomasia, ha sido su triunfo,
gracias al centro de cría de tortugas donde son preparadas para su
reintroducción en su hábitat natural. En 1978, las islas Galápagos fueron
declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Durante los meses de
diciembre a junio, tiempo durante el cual la tortuga marina verde del
Pacífico desova, es posible participar como voluntario en el Centro de
Investigación de Charles Darwin, para marcar los huevos y contar los nidos.
Tan sólo con uno de los habitantes de la estación no se ha podido culminar
uno de los sueños de la fundación y de todo aquel que llega a conocerle. El
“Solitario Jorge” es un ejemplar de tortuga proveniente de la isla Pinta que
se ha convertido en el único superviviente de su subespecie. Con casi 100
años y 200 kilos a cuestas, no ha prosperado ningún apareamiento con las
decenas de hembras que le han presentado. Después de 40 años de intentos
frustrados, el futuro del solitario Jorge parece estar abogado a la extinción
sin que su especie pueda ser perpetuada. Pero nunca hay que perder la
esperanza. Actualmente convive con dos hembras, a las que no presta demasiada
atención, pero dada su longevidad, podría vivir 100 años más, quizás nuestros
hijos o nietos pueden celebrar la buena nueva.
De
la estación Charles Darwin nos dirigimos a la parte más elevada de la isla,
donde la vegetación se hace cada vez más prolífica rodeándonos de un bosque
lluvioso. Por el camino observamos señales de tráfico indicando precaución
por la posibilidad de cruzarse por el camino con tortugas, y no tortugas
cualquiera, tortugas gigantes. Y es que en estas montañas viven las tortugas
en estado natural, comiendo apaciblemente, inmersas en pequeñas lagunas de
barro e incluso con alguna pareja en plena labor reproductiva.
Los
paseos por la isla son toda una lección en vivo de geología, como algunos han
dado en llamar: un libro de geología abierto. El ejemplo más espectacular lo
representan los túneles de lava. La vehemente hecatombe, que hace miles años
allí se produjo, ha quedado perpetuada para la posteridad. En tiempos de
erupción, cuando el flujo de lava de la superficie se solidificaba, la lava liquida interior seguía fluyendo
formando túneles. La claridad del soleado día que disfrutábamos nos alumbraba
la entrada del túnel. Como si fuera las fauces de una bestia a punto de
devorarnos nos introdujimos asombrados por aquella prodigiosa formación. Esa
profunda garganta, de más de 5 metros de altura por 3 metros de ancho,
parecía no tener fin. Es asombroso recorrerlo tratando de imaginar el
cataclismo natural que allí se desarrolló en los momentos de la erupción.
Como tratando de salir del estómago de una gigantesca ballena, iniciamos el
regreso sobre nuestros propios pasos. Iluminados por la tenue luz de una
pequeña linterna nos dirigimos hacia las fauces de luz, que agrandándose nos
indican que la salida está cerca. Otra caminata nos traslada a otra sugestiva
formación: los falsos cráteres, unas profundas y descomunales hoyas. Debido
al hundimiento de la lava acumulada sobre bolsa de gases, que al escapar
produjeron un colapso, se originaron estas monumentales depresiones del
terreno con aspecto de cráteres.
Y
no debemos olvidar a los humanos, precisamente la isla de Santa Cruz es la
isla donde existe el mayor asentamiento humano del archipiélago. Con una
población de unos 4.500 habitantes, concentrado principalmente en Puerto
Ayora, su capital, se dedican básicamente al turismo, la pesca y el cultivo.
Entramos en su puerto sorteando las embarcaciones locales y de recreo que
fondean en él. Nada mejor, tras recorrer la isla, que un buen almuerzo en el
reputado hotel Finch Bay, donde el ceviche y una sabrosa barbacoa nos dejaron
más que saciados. En las isla de Santa Cruz, San Cristóbal, Isabela, Floreana
y Baltra, se hallan las zonas urbanas y rurales donde se encuentran los
asentamientos humanos. Una colonia de 18.000 habitantes, que en cumplimiento
de preceptos ecológicos, nada más ocupan el 3% de la superficie terrestre del
archipiélago. El resto del territorio, es decir, el 97% restante, pertenece
al Parque Nacional Galápagos.
MUNDOS REMOTOS DEL FIN DEL MUNDO
Durante
la noche navegamos hacia la zona noreste del archipiélago galapagueño,
concretamente a isla Genovesa. Esta pequeña isla, nacida de los restos de un
gran cráter sumergido, es el edén de las aves. Las fragatas menores la han
elegido como su lugar predilecto para instalar su hogar junto con sus
vecinos, los primeros piqueros de patas rojas que conocemos.
Las
aguas de las islas Fernandina e Isabela son propensas al avistamiento de
ballenas y también de delfines. Es el único lugar del mundo donde existen
ballenas justo por encima de la línea ecuatorial. Ello es debido a la corriente de Cromwell, que provoca que las
aguas estén más frías, atrayendo a estos enormes cetáceos. De hecho, en el
año 1992 las islas Galápagos fueron reconocidas como un santuario de
ballenas. La ballena más avistada es la ballena de Bryde o rorcual tropical
aunque también es posible ver las ballenas de esperma, que son las que
esperábamos atisbar esta mañana temprano pero también se nos
resistieron.
Los
desembarcos que hoy vamos a efectuar se llevan a cabo sobre algunas de las
islas más jóvenes del archipiélago galapagueño. En isla Fernandina se
encuentra uno de los ocho volcanes que aún quedan en activo. Los otros seis
están unidos formando la isla Isabela, nuestro segundo objetivo de la jornada
de hoy.
En
el mes de mayo del año 2.005 se produjo la última erupción en Fernandina.
Como consecuencia de ello el perímetro de la isla sufrió un aumento
considerable y sobre esa lava derramada y solidificada vamos a caminar esta
mañana. El volcán comenzó derramar por sus laderas, desde sus 4.900 metros de
altura, su soliviantada lava de forma atropellada, como ya lo había hecho
otras veces. En una alocada carrera por alcanzar el cristalino océano arrasó
todo lo que hallaba a su paso hasta que consiguió su objetivo, fundirse
apasionadamente con el inmenso océano que consiguió aliviar y frenar su
ardorosa y alocada huída de las entrañas de la tierra.
Deambular
por la superficie de esta lava solidificada, que no hace mucho fue una masa
incontrolable e incandescente, nos produjo un estimulante placer. El mar y el
viento había jugado con ella, penetrando en cualquier pequeño resquicio para
crear las formas más surrealistas y atormentadas que la naturaleza pueda
ofrecer. Como colofón a este caprichoso paisaje las enormes iguanas marinas
se multiplican por decenas y decenas sobre su suelo azabache tostado por el
sol. Si no fuese por sus intermitentes expectoraciones, para expulsar la sal
acumulada en su organismo, dan la sensación que un taxidermista las ha
disecado a diestro y siniestro. Entre ellas, y rompiendo con la negrura del
terreno y de sus moradores, decenas de cangrejos de un naranja rojizo intenso
corretean nerviosos de un lugar para otro, a pesar de conocer que sus vecinas
son estrictamente vegetarianas y, por tanto, no forman parte de su dieta.
Somos
testigos de una empecinada batalla entre dos voluminosos machos iguanas que
encontramos sobre la arena de la playa. Se habían enzarzado en una acalorada
discusión territorial y así seguían una hora después, cuando regresamos por
el mismo sendero. La nubosidad con la cual comenzamos el día se disipó por
completo y a medida que avanzaban las horas el sol intensificaba su potencia.
Las impasibles iguanas que llevaban horas tomando el sol comenzaban a sentir
sus efectos e iniciaron las zambullidas en el mar para refrescarse o buscar
la comida de su almuerzo. Nos encontramos ante ejemplares de iguanas marinas
únicos en el mundo. Los machos, ajenos a todo, continúan inmersos en su interminable
disputa.
Continuamos
hacia la zona de los manglares y tras descalzarnos accedemos a una pequeña
playa. Con la marea baja, podemos comprobar como algunas tortugas marinas
quedan atrapadas en pozas hasta que la pleamar les devuelve de nuevo la libertad.
Mientras tratamos de diferenciar por sus caparazones si se tratan de tortugas
del Pacífico o tortugas Carey, una cría de lobo de mar, que había burlado la
vigilancia de su madre mientras dormía la siesta, se acercó hasta nosotros.
Nos olisquea mientras pasa sus
bigotes por nuestras piernas y pies. Nosotros, inmóviles pero entusiasmados
por su relajado y amistoso comportamiento, nos dejábamos hacer. Luego comenzó
a chapotear en el agua para intentar jugar con nosotros pero... la consigna
está clara. No podíamos tocarla.
Pero
la isla da todavía para mucho más y los naturalistas nos muestran el
anidamiento de los únicos cormoranes del mundo que no pueden volar. Debido a
la abundancia de alimentos en el entorno se convirtieron en unos expertos
nadadores y buceadores al tiempo que dejaron de usar sus alas. La evolución
de su cuerpo les atrofió estos miembros hasta que perdieron su capacidad para
volar. Un poco más alejado de las rocas de la playa, anidados sobre árboles
enanos, los piqueros azules conforman una numerosa y laboriosa colonia.
El
desembarco es isla Isabela se realiza en la caleta Tagus. Tampoco nos
defrauda. Un ascenso bajo un sol a pleno rendimiento, por una sinuosa
escalera de madera, hasta alcanzar el mirador natural desde donde apreciar la
magnífica vista del cráter. Las aguas turquesas del lago interior del cráter
brillan esplendorosas. Las lomas del cráter, cubiertas por las ramas
blanquecinas de palo santo, ofrecen un semblante de una belleza abrumadora.
Pero la isla Isabela cuenta con un inquilino de mayor magnitud y poderío: el
volcán Wolf. Es el más alto de todas las islas, con sus imponentes 1.710
metros sobre el nivel del mar... seguro que algún día vuelve a hablar.
BAILANDO CON DELFINES
La
jornada de hoy da la sensación que va a comenzar apaciblemente hasta que unos
imprevistos visitantes se cruzan en nuestro camino. Cuando nos disponíamos a
desembarcar en isla Santiago, uno de los naturalistas divisa una colonia de
delfines. Ni cortos ni perezosos, los conductores de las pangas cambian el
rumbo de las embarcaciones y comenzamos a acercarnos a ellos. Lo que a
continuación vivimos fue sensacional. Las pangas se ponen a su altura y los
mamíferos acuáticos nos aceptan como uno más de la manada. Hay decenas y
todos saltan, hacen piruetas, incluso algunos casi se introducen en las
pangas en sus delirantes saltos. Nos rebasan por debajo de las pangas, por
los costados. Es tal el dinamismo y regocijo colectivo que hasta varios
machos de lobos marinos se apuntaron a la fiesta brincando entre los
amistosos cetáceos. Es tan emocionante que no nos percatamos que estábamos
empapados hasta que los perdimos de vista. El sol y la brisa marina se
encargarán de secarnos.
Probablemente,
la isla Bartolomé cuenta con una de las imágenes más difundida de las islas
Galápagos. Para disfrutar de esa vista debemos ascender los 372 empinados
escalones que concluyen en un hechizante mirador. Un colmillo, que sobresale
del mar, es el custodio de una lengua de arena que une varios conos
volcánicos salpicados caprichosamente de vegetación y desolación. Los
pequeños y tímidos pingüinos, que encontramos en las escolleras de lava de la
isla Bartolomé, se erigen como el comité de despedida de esta prodigiosa y
privilegiada fauna única en el mundo.
”Ha
sido el acontecimiento más importante de mi existencia”. Con estas palabras
resumió Darwin el impacto que le produjo su intensa vivencia. Sin duda alguna
es una experiencia que permite reconciliarnos con la naturaleza y
concienciarnos sobre la imperiosa e inaplazable necesidad de respetar nuestro
valioso pero frágil medio ambiente. Después de la intensa vivencia que se
experimenta navegando entre estas sorprendentes islas y sobre todo observando
a sus confiados animales, uno tiene la sensación de haber palpado el paraíso.
Un paraíso que se sigue palpitando y gestándose día a día.
En un momento tan crucial y
susceptible como el que estamos viviendo, donde la incoherencia y el
descontento mundial es la moneda de cambio, acercarnos a mundos tan apacibles
y privilegiados, como en el que acabamos de sumergirnos, invade nuestras
vidas como un soplo de aire fresco y de esperanza. Un baño estimulante que,
tarde o temprano, todos deberíamos probar.

DATOS
DE INTERÉS DE LAS ISLAS GALÁPAGOS
Nuestro más sincero agradecimiento a la
tripulación del Isabela II y a Metropolitan Touring, sin cuya colaboración y
extraordinaria logística no hubiese sido posible realizar esta etapa de la
expedición.
|

Ruta de navegación por el archipiélago Galápagos. (Detalle en link de imagen)

Comenzamos a perder altura. Las nubes que nos han envuelto casi todo el
trayecto inician su retirada y comenzamos a ganar visibilidad. Por las
ventanillas del avión comenzamos a tomar contacto visual con el admirado
archipiélago. Como un collar de perlas negras roto y flotando sobre el océano
Pacífico aparecen algunas de las remotas islas volcánicas, fruto de
virulentas erupciones de los fondos marinos. (Detalle en link de imagen)

En el aeropuerto de la pequeña
Isla de Baltra nos recogen y nos trasladan al puerto donde se
encuentra anclado el lujoso Isabela II, bautizado así en honor de la mayor
isla del archipiélago ecuatoriano. Esta confortable embarcación, que permite
un ambiente de familia gracias a poseer tan solo 20 camarotes dobles,
se convertirá en nuestro hogar flotante durante los ocho días de espectacular
navegación entre las prodigiosas islas. (Detalles en link)

Apenas transcurrieron tres horas, tras haber zarpado, cuando llevamos a cabo nuestro
primer desembarco. La luz de la tarde tiñe de ocre el camino polvoriento que
seguimos por la pequeña isla Seymour Norte y de pronto, camuflado entre las
rocas y las blanquecinos ramas de palo santo, aparece una enorme iguana
terrestre macho que parece fosilizada. Ni tan siquiera pestañea ante nuestra
inesperada aparición. La iguana es uno de esos animales que nunca ha
aprendido a temer al hombre. Pero éste no ha sido más que el primer encuentro
de los muchos que tendremos en los numerosos desembarcos que realizaremos en
los próximos días.(Detalle en link).

Entretenidos con el primer habitante que nos topamos en la isla no nos
percatamos que en una de las ramas de los arbustos que nos circundan hay una
fragata posada, el ave insignia de la pequeña isla Seymour Norte. La
espectacular bolsa roja que el macho tiene ubicada en el pecho, el saco
ovular, tiene como misión principal hincharse desproporcionadamente para
atraer y cortejar a las hembras en época de celo..

Al alcanzar la playa encontramos en la orilla los corpulentos cuerpos de
numerosos lobos marinos que ignoraban nuestra presencia. Tan solo el macho
dominante de la manada se mantenía vigilante sobre su harén. La nutrida
colonia de lobos marinos languidecía perezosamente en las arenas de la orilla
tomando el sol pero los más juguetones preferían divertirse zambulléndose en
el agua.

Hoy no vamos a empezar caminando por los senderos de las islas, nos vamos a
sumergir en el mar para contactar con sus otros privilegiados inquilinos.
Unas gafas, un tubo y unas aletas son suficientes para disfrutar del mundo
submarino que nos espera con tan solo zambullirnos en el agua sin tener que
bajar a profundidades mayores. Los arrecifes volcánicos del islote cercano a
Bahía Gardner acogen a un nutrido elenco de peces tropicales con nombres tan
elocuentes como divertidos: peces loro barba azul, peces gringo, damiselas
gigantes, viejas solteras, borracho mono, raya de espina, raya águila,
cardúmenes de ojones y peces banderas... incluso llegamos a toparnos con
tiburones. Más de 300 especies de peces habitan los fondos submarinos.

Ya estemos
mecidos sobre las olas, en relajantes playas o sobre abruptos acantilados,
las puestas de sol van sellando cada uno de estos sublimes y memorables días.
Si existe el cielo de los animales, sin lugar a duda debe ser muy parecido a
este lugar.

La playa bautizada como Bahía del Correo se debe a la presencia de un barril
de madera instalado para cumplir la función de buzón de correos. En ella se
depositaban las cartas de las tripulaciones que recorrían el Pacífico para
que las embarcaciones que regresaban a casa recogiesen el correo y lo
enviasen a su destino. Hoy en día se ha tratado de conservar esta vieja
tradición como un homenaje a tiempos pasados y cuando llegamos a la playa
dejamos nuestras misivas para que otros compatriotas que residiesen en la ciudad
de destino, las recogiesen y las entregasen en mano en nuestro nombre.

Desembarcamos
en la isla Floreana y comenzamos ascender por una ladera sembrada de lava
molida. Nos detenemos y nos descalzamos sin dudarlo. Si cada día nos fundimos
con las arenas y las aguas del océano, ¿porqué no íbamos a sentir hoy en la
piel de nuestros pies la lava y ceniza molida que configuran la piel de estas
islas? Al final del sendero... una laguna, y en ella... los coquetos
flamencos rosados.

Con la panga nos acercamos a otra cala para subir
hasta el llamado Mirador de la Baronesa, controvertida colonizadora con un
final misterioso. En él estuvimos contemplando la puesta de sol y comprobando
como es el sol el director de escena de este impresionante espectáculo. Su
ausencia cambiaba radicalmente el semblante de la isla cuando dejaba de ser
iluminada por los luminosos rayos de su esfera. Los arbustos y árboles que la
cubrían estaban casi desnudos, pero acariciados por el sol parecían menos
afligidos que cuando éste les olvidaba dedicando sus últimas caricias al
titánico océano que nos rodeaba. El astro incandescente acabó sumergiéndose
en el horizonte y ese preciso instante fue la señal para regresar a nuestra
residencia flotante.

Pero... ¿dónde están los famosos animales que dan
nombre a las islas? ¿dónde están los galápagos, las insólitas tortugas
gigantes? Afortunadamente, el hombre recobró la cordura y cambió el triste
destino de convertirlas en comida hasta casi su total extinción. Será la Isla
de Santa Cruz el único lugar donde tendremos la posibilidad de contemplarlas.
Estos prehistóricos reptiles que durante miles de años habitaron las islas,
presentan una gran resistencia a la falta de agua y comida, tienen la suerte
de poder vivir hasta casi 200 años pero... vieron peligrada su existencia en
tan sólo 100 años por la acción del hombre.

De la estación Charles Darwin, se dedica en cuerpo y alma al estudio y
preservación de la flora y fauna de
la tierra, nos dirigimos a la parte más elevada de la Isla donde la
vegetación se hace cada vez más prolífica rodeándonos de un bosque lluvioso.
Por el camino observamos señales de tráfico indicando precaución por la
posibilidad de cruzarse por el camino con tortugas, y no tortugas cualquiera,
tortugas gigantes. De hecho, no es una señal baldía y había que conducir con
precaución.


Los paseos por la isla Santa Cruz son un libro de geología abierto. El
ejemplo más espectacular lo representan los túneles de lava. La vehemente
hecatombe, que hace miles años allí se produjo, ha quedado perpetuada para la
posteridad. En tiempos de erupción, cuando el flujo de lava de la superficie
se solidificaba, la lava liquida
interior seguía fluyendo formando túneles. La claridad del soleado día que
disfrutábamos nos alumbraba la entrada del túnel. Como si fuera las fauces de
una bestia a punto de devorarnos nos introdujimos asombrados por aquella
prodigiosa formación. Esa profunda garganta, de más de 5 metros de altura por
3 metros de ancho, parecía no tener fin.

Santa Cruz es la isla donde existe el mayor asentamiento humano del
archipiélago. Con una población de unos 4.500 habitantes, concentrado
principalmente en Puerto Ayora, su capital, se dedican básicamente al
turismo, la pesca y el cultivo. Entramos en su puerto sorteando las
embarcaciones locales y de recreo que fondean en él. La Isla de Santa Cruz,
junto con las islas de San Cristóbal, Isabela, Floreana y Baltra, componen el
3% de todas las zonas urbanas y rurales donde se hallan los asentamientos
humanos que llegan a unos 18.000 habitantes. El resto del archipiélago, es
decir, el 97% de la superficie terrestre restante, pertenece al Parque
Nacional Galápagos.

Nada mejor, tras el agotador y enriquecedor recorrido por Santa Cruz que
recalar en Puerto Ayora para alojarse o, por lo menos un buen almuerzo, en el
reputado y relajante hotel Finch Bay, donde su entorno y sabrosos menús son
un colofón perfecto.

Algunas noches se navega intensamente, el "viento en popa a toda
vela" nos traslada a nuevas islas lejanas. Por la mañana... nuevas
sensaciones. Deambular por la superficie de esta lava solidificada, que no
hace mucho fue una masa incontrolable e incandescente, nos produce siempre un
estimulante placer. El mar y el viento había jugado con ella penetrando en
cualquier pequeño resquicio para crear las formas más surrealistas y
atormentadas que la naturaleza pueda ofrecer. Como colofón a este caprichoso
paisaje, las omnipresentes iguanas marinas se multiplican por centenares
sobre su suelo azabache. Si no fuese por sus intermitentes expectoraciones,
para expulsar la sal acumulada en su organismo, dan la sensación que un
taxidermista las ha disecado a diestro y siniestro.


Aparecen los primeros piqueros de patas azules y posteriormente vislumbramos
los de patas rojas que, posados sobre árboles enanos, hacían las veces de
vigías de esta generosa Arca de Noé que desfilaba ante nuestros inquietos y
expectantes ojos. Los piqueros estaban sumidos en su entregada labor por
proteger sus codiciados huevos y conseguir comida.

Los gigantescos albatros se encuentran en plena danza de cortejo, moviendo
sus picos y cuellos con la elegancia de una exhibición de espadachines. Tras
emitir estridentes silbidos y eufonías la pareja golpeaba reiteradamente
entre sí sus picos y volvían a comenzar el ritual sin dejar de blandir sus
majestuosas alas.

Las crías de leones marinos, burlando la vigilancia de sus madres en plena
siesta, nos salen al paso con ganas de jugar y nos provocaban arrojándonos
con sus aletas arena y agua en las piernas. ¡Qué no hubiéramos dado por
retozar con ellas por la playa! pero... con las manos a la espalda hemos de
evitar tocarlos, tan sólo somos intrusos de paso que nos debemos limitar a
observarlos sin entrar en contacto físico con ellos. ¡Las ganas de jugar con
ellos son casi incontenibles pero debemos respetar las reglas de respeto a la
fauna y el ecosistema! La
pequeña cría deberá buscar a sus congéneres para desfogar sus ansias de
diversión.

El desembarco es Isla Isabela se realiza en Caleta Tagus y tras un empinado ascenso
alcanzamos un mirador natural desde donde apreciar la magnífica vista del
cráter. En ese momento las aguas turquesas del lago que se ha formado en el
interior del cráter brillaron más esplendoras que nunca. Las lomas del
cráter, cubiertas por las ramas blanquecinas de palo santo, ofrecían un
semblante de una belleza abrumadora. Y tras ese entorno majestuoso, la nave
Isabela II siendo mecida por las aguas .

La jornada de hoy daba la sensación que iba a comenzar apaciblemente hasta
que unos imprevistos visitantes se cruzaron en nuestro camino. Cuando nos
disponíamos a desembarcar en Isla Santiago, uno de los naturalistas divisó
una colonia de delfines. Ni cortos ni perezosos los conductores de las pangas
cambiaron el rumbo de las embarcaciones y comenzamos a navegar entre
ellos. Había decenas y todos saltaban, hacían piruetas, incluso algunos casi
se introducen en las pangas tras sus delirantes saltos.
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Probablemente Isla Bartolomé cuenta con una de las
imágenes más difundida de las Islas Galápagos. Para disfrutar de esa vista
debemos ascender durante 372 escalones hasta un mirador del cual no saldremos
en absoluto defraudados. Como siempre el paso del tiempo, acompañado de unos
de los escultores más incisivos y pacientes
de la naturaleza, ha modelado el fruto de las erupciones volcánicas. Un colmillo, que sobresale del
mar, es el centinela de una lengua de arena que une varios conos volcánicos
salpicados, caprichosamente al mismo tiempo, de vegetación y desolación.

Los pequeños y tímidos pingüinos que encontramos,
compartiendo islotes de lava con las singulares iguanas, se erigieron como el
comité de despedida de esta prodigiosa y privilegiada fauna única en el
mundo.
"Ha sido el
acontecimiento más importante de mi existencia". Con estas palabras resumió Darwin
el impacto que le produjo su intensa vivencia. Sin duda alguna es una
experiencia que permite reconciliarnos con la naturaleza y
concienciarnos sobre la imperiosa e inaplazable necesidad de respetar nuestro
valioso pero frágil medio ambiente. Después de la intensa vivencia a bordo
del Isabela II, navegando entre estas sorprendentes islas y sobre todo
observando a sus confiados animales, uno tiene la sensación de haber palpado
el paraíso. Un paraíso que se sigue palpitando y gestándose día a día.
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