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Ruta
por el sur de Bolivia. Ampliación del mapa en link. Aconsejamos tener
el mapa detallado abierto en otra ventana para seguir más fácilmente
el avance. |
El
altiplano sigue siendo nuestro medio habitual, subimos y bajamos pero
siempre nos movemos entre los 3.500 y los 4.500 m. de altitud. Hemos
pasado Oruro (3.706 m.) en ruta hacia el Salar de Uyuni. El avance es
lento porque las pistas son escalofriantes: cruce de ríos, zonas de
rocas, lechos arenosos y agujeros, inmensos agujeros que hay que ir
sorteando con paciencia. Pero todo ello merece la pena sin lugar a
dudas, el paisaje y el respirar la paz de estas tierras en el reino del
cielo lo vale todo. Si bien cruzamos terrenos arenosos ... nos quedamos
de piedra al encontrarnos un campo de dunas ... a
nada menos que 3.700 metros de altitud. Es el más alto pequeño
Sahara que nos hemos encontrado, superando
al campo de dunas que nos encontramos en el valle de Nubra a
3.200 metros de altura (crónica 48). Repetimos el ritual que hicimos en
aquel remoto y casi prohibido valle del Himalaya en Ladakh. Los ojos van
grabando las imágenes de algo difícil de creer en estas latitudes pero
no queda realmente asimilado hasta que de nuevo volvemos a introducir
nuestras manos en un elemento que nos fascina y nos trasladamos
mentalmente a otros remotos lugares donde también el terreno se nos
escurría entre los dedos tras trepar por suaves ondas sólidas con
movimiento perpetuo. |
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El
clima es seco y frío. Aunque por el día puedas disfrutar de una
temperatura primaveral durante la noche podemos padecer crudas
temperaturas bajo cero. Hoy hemos acampado a 3.970 metros de altura pero
hemos tenido suerte y la temperatura tan solo ha bajado a 1ºC, todo un
lujo a estas altitudes y en esta estación. La mañana se presenta
radiante aunque todavía fresca y se convierte en idílica cuando una
pequeña llama que debió dormir en las cercanías se acerca a dar los
buenos días. Son momentos emocionantes. Marián está en su elemento
con los animalitos y esta vez tuvo más suerte que en Chile cuando
acariciaba una chulango (cría de guanaco) ... en esta ocasión este
retoño de camélido andino no la escupió en la cara (crónica 73). La
llamita boliviana es más elegante, toda una damita que tan solo se
limita a curiosear. |
Las
acampadas por Bolivia siguen siendo un sueño. Hemos llegado al mar de
soledad blanca, la gran llanura cana de Bolivia. Hemos levantado nuestro
campamento a 3.650 metros de altitud sobre la nube sólida más alta del
mundo: el Salar de Uyuni, el más alto y extenso salar del mundo. El
viento sopla sin obstáculos en esta infinita llanura, es inútil buscar
refugio y la temperatura baja hasta 4ºC bajo cero. Fue una cena rápida
y una noche dura. El amanecer es muy bien recibido porque trae el calor
... pero pronto hemos de luchar contra un nuevo enemigo: la ceguera.
Somos el relleno de un emparedado entre dos potentes focos: el sol y la
sal que reflecta sus rayos. Este cegador
lugar puede pasar de los 30ºC durante el día a los 25ºC bajo cero
durante la noche, ostenta los más fuertes contrastes climatológicos de
la región. En la Edad de Hielo la mayoría del altiplano estuvo bajo
las aguas del Lago Minchín, el actual Salar de Uyuni fue su punto más
profundo. Hoy en día sus 12.000 km2 de pura y radiante sal
centellean bajo los intensos rayos solares que atormentan su cuarteada
piel sin descanso. |
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Es
hipnotizante el efecto que producen los millones y millones de partículas
brillantes parpadeando incesantemente ante nuestros ojos, con forma
hexagonales y pentagonales, van embaldosando esta nacarada extensión
que está conformada de unas 11 capas con espesores que varían entre
los 2 y 10 metros. Se estima que existe unos 64 mil millones de
toneladas de sal. Un plomizo sol parece aparentemente aminorar su
sensación calorífica debido al perseverante viento que nos azota pero
es eso, una falsa ilusión. El sol, la sal y el viento en perversa
alianza nos ataca las pupilas y consigue devorar la blancura de nuestra
piel, enrojeciendo nuestra epidermis segundo a segundo. Es una perfecta
autopista de más de 200 kilómetros de ancho, se puede circular a la
velocidad que se quiera y
en todas direcciones ... pero no hay referencias, el GPS se convierte en
herramienta imprescindible para saber por donde vamos y tener la
seguridad que encontraremos el camino de salida. Nuestra montura es una
nave que avanza sin límites por un mar solidificado en un instante sin
olas. Y como en todos los mares ... hay islas. |
Las
islas del océano albino rompen de súbito la perfecta llanura de
salmuera y aparecen esporádicamente con sus bahías, cabos y playas
fosilizadas. La Isla del Pescado (en la foto) es uno de los puntos
emblemáticos cuando se avanza por el interminable salar, es la mayor y
la mejor referencia para reorientarse. Los únicos inquilinos sobre las
lomas de estos terruños terrestres son centenas y centenas de
testarudos cactus, planta acostumbrada a las condiciones más adversas
de la naturaleza. Forman ejércitos de centinelas que vigilan una
imaginaria invasión del salar ... sin bajar nunca la guardia ni variar
jamás su posición de firmes. Es muy difícil encontrarla sin guía y
sin tener la coordenada pero un rumbo fijo mantenido con el GPS durante
decenas y decenas de kilómetros y unas muy tenues huellas que aparecían
de vez en cuando ... hicieron que la misión de encontrarla concluyera
con éxito. La verdad es que nunca pensamos que seríamos capaces de
encontrarla o de distinguirla entre otras en el camino.
Partimos temprano sin esperanzas de encontrarla pero incluso si
llegábamos a ella ... ¿sería esa la isla?
Es la más grande ... pero cómo compararla con otras que no están
al alcance de la vista. Pero sí, era ella.
Las descripciones que teníamos, su posición dentro del salar,
los kilómetros recorridos ... nos confirman que lo hemos conseguido.
Saludamos a los cactus pero ellos no nos hacen caso, siguen impertérritos
vigilando el horizonte. (Más fotos en link). |
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El
verdadero peligro de moverse en la Soledad Blanca no es el interior, son
las orillas de las islas y principalmente la entrada y salida desde
tierra firme. No se puede entrar y salir por donde uno quiere ... hay
que encontrar los escasos lugares perimetrales con suficiente rigidez
para aguantar el peso del vehículo. En el perímetro es donde se
acumula el agua, no hay que confiarse con esta superficie aparentemente
dura y lisa, "los ojos de sal" pueden pestañear y podemos
quedar atrapados en sus trampas acuíferas. Bajo la sal hay corrientes
de agua que pueden quebrarse y ponernos en una situación muy peliaguda
al ser absorbidos por la engañosa costra. Si se nota el hundimiento de
las ruedas ... hay que acelerar rápidamente intentando derrapar lo
menos posible ... y rezar para que la tracción aguante hasta que agarre
en superficie dura. Si nos quedamos atrapados ... puede ser una
pesadilla en tiempo y esfuerzo liberarnos del mordisco del suelo.
Afortunadamente, las dos veces que la superficie se quebró ...
conseguimos llegar al firme. |
En
el camino a Potosí, la oscuridad de la noche nos envolvió antes de
llegar a Pulcayo, un pequeño pueblo a 4.000 metros de altitud que
parece haberse anclado en las páginas de una historia ya pasada y
antigua. Llegamos tarde en la noche cuando el frío y el viento nos
impidieron acampar a la intemperie de las frígidas alturas, lo
intentamos pero los temblores que nos daban nos hizo desistir a los 15
minutos y decidimos deshacer el campamento para alcanzar Pulcayo. No
hallamos ni un alma por las estrechas calles del pueblo, tan solo
deambulaban famélicos perros en busca de algo que echarse al estómago.
Encontramos refugio en una casona que parecía abandonada y que ponía
un "hostal" casi ilegible en su puerta. Nos instalan en una
desconchada habitación con cristales rotos, una destartalada cama y un
duro y viejo colchón de lana que destrozaba la espalda y los riñones
sin piedad. Fue suficiente para no congelarnos durante la noche. Pero la
mañana apareció clara y radiante y pudimos conocer alguno de los
secretos que este pequeño poblado encerraba. Pulcayo es una ciudad
minera cien por cien, cuenta con una mina que en época de las colonias
y durante la republica tras la independencia proporcionó pingües
beneficios a sus propietarios. La plata, plomo y estaño eran los
principales minerales que de sus entrañas se arrancaba puro. Parecía
inagotable pero... el maná se acabó, la momia de una ciudad próspera
yace reseca sobre las colinas arañadas por los rieles. La extracción
de la amalgama de la riqueza restante tan solo proporciona trabajo a
poco más de 15 personas, principalmente mujeres y algún que otro niño
que ayuda. |
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Pero
Pulcayo nos reservaba unas curiosas sorpresas. En el cementerio de
trenes de la ciudad hay una pieza ferroviaria que fue protagonista de
otra historia ... ¡y está medio abandonada en Pulcayo! Los famosos
bandidos norteamericanos Sundace Kid y Butch Cassidy tras su larga
carrera delictiva a través de los Estados Unidos acabaron refugiándose
en tierras bolivianas. Es evidente que cuando Hollywood los lleva al
cine encarnándoles en actores como Robert Redford y Paul Newman ...
parecen hasta gente estupenda, héroes estadounidenses incomprendidos, y
más cuando se mezcla el amor con una canción romántica haciendo
tiernos malabarismos sobre una bicicleta. Pero la realidad es que eran
unos sinvergüenzas de tomo y lomo, unos ladrones que no sabían hacer
otra cosa que robar y realizar fechorías que les reportase un dinero rápido
y sin esfuerzo. Muy perseguidos acabaron en Bolivia pero nunca se
apartaron de su modo de vida y pronto se empezaron a tener noticias de
dos gringos ladrones por Sudamérica. Cuando deseaban dar el golpe final
para "retirarse" y tener una "merecida vida
tranquila" cometieron el error que les costó la vida. En el país
donde se escondían decidieron robar el tren que transportaba la paga de
los esforzados mineros de la sierra. En esos tiempos no había
"seguros" así que si se robaba la nómina ... ese mes no se
cobraba. Para los mineros fue una tragedia, el pan de ese mes ganado con
su dura vida en las entrañas de las montañas ... se desvaneció en un
instante cuando unos miserables ladrones asaltaron el tren. La indignación
fue tremenda y se inició una implacable caza del hombre que concluyó
en San Vicente, donde fueron acorralados por una patrulla (no por los
mineros) y acabaron con sus andanzas para siempre (aunque otra versión
apunta a que se suicidaron al verse sin salida). Pues bien ... la famosa
locomotora asaltada por los "bandidos gringos" ... está en
Pulcayo. Increíble. (Más fotos en link). |
"Esto
vale un Potosí" ¿Acaso no es una curiosa expresión? Pues bien,
en Bolivia descubrimos su origen. Este dicho proviene del tiempo de las
colonias y perduró a lo largo de los siglos para designar algo
grandioso, lujoso, caro. Hemos llegado a Potosí, el origen de la
leyenda y ... la ciudad más alta del mundo con sus 4.000 metros de
altitud.
Diego Huallpa, en 1.544, descubrió plata en Cerro Rico (en la foto), la
gran montaña que domina el entorno desde sus 4.824 metros de altitud, y
nació una hermosa y prospera ciudad con la plata que miles de
personas desenterraban de sus profundidades. |
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Potosí
competía en grandeza y belleza con Londres, París o Sevilla. "Soy
el rico Potosí, del mundo soy el tesoro, soy el rey de los montes,
envidia soy de los reyes" son las frases que rezan en el escudo de
la ciudad. Con la plata de la ciudad más alta del mundo se podía haber
construido un puente de ese metal precioso entre Potosí y Madrid.
Lujosas residencias, conventos, iglesias, callejuelas estrechas con
balcones cerrados esculpidos en madera, calles empedradas... replicas de
la España del siglo XVI en el corazón de América. (Más fotos en
link). |
El
encanto de Potosí, un cocktail de tradiciones y arquitectura
centenarias. En las aceras, las vendedoras venden pan o salteñas
(empanadillas) con su " mamita, lléveselas a cinquentita,
cinquentita" (medio boliviano, 8 cts. de euro) mientras a sus espaldas
se yerguen impresionantes iglesias con sus espectaculares fachadas de
piedra labrada al estilo barroco, renacentista o mestizo con
aportaciones indígenas. |
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Las
esquivas "cholitas" son las mujeres indígenas que abandonando
la vida rural se han instalado en las ciudades pero que siguen vistiendo
a la antigua usanza colonial. Aunque hablan español, pues es el idioma
oficial, se comunican también en el idioma que impusieron los Incas
durante su época imperial: el quechua. Intentando confraternizar con
ellas para conocer mejor sus costumbres, Marián recibe en más de una
ocasión la ruda y poca amistosa respuesta que si quería hablar con
ellas ... que aprendiese quechua pero el español sólo lo hablaban si
les compraba algo, de lo contrario no les interesaba entablar conversación
con un extranjero. No nos gusta esa sensación de "amabilidad si
hay regalito o dinerito". Que diferencia del trato amistoso,
desinteresado y sonriente que encontramos en todo Asia. |
Llegamos
a Sucre junto con los últimos rayos de sol que consiguen perforar un
cielo negro de tormenta. Se percibe más urbana que la encantadora
ciudad de Potosí. Ha recibido muchos nombres desde que fue fundada por
el español Pedro de Anzúres en 1.538 como la ciudad de La Plata, pero
el que mejor expresa su espíritu y flamante aspecto es el de "La
Ciudad Blanca". No hace falta callejear mucho por la ciudad para
comprender el sobrenombre que recibe. Sus calles e iglesias siempre
encaladas de un blanco reluciente sobre las que destacan las rejas de
los grandes ventanales o las fachadas de piedra sobre los templos
religiosos. Pero la ciudad estaba todavía muy lejos de conocer su nuevo
nombre cuando tras la Independencia en 1.825 sería bautizada con el
nuevo nombre de Sucre, el libertador que se convirtió en el primer
presidente de la recién nacida república independiente de Bolivia
(Antonio José de Sucre). Los radiantes muros blancos de la Iglesia de
San Francisco (en la foto) presumen de alojar la campana que se hizo
sonar en la ciudad para incitar a la gente a salir a las calles como un
solo hombre y luchar por la Independencia.
(Más fotos en link). |
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Sucre
no son solo fachadas, los patios interiores de las casonas coloniales
desarrollan una exquisita arquitectura arabesco-andaluza. |
Uno
de los cientos de puestos ambulantes que invaden las calles bolivianas,
en esta ocasión cholitas vendiendo zumos de naranja y frutos secos. |
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Apenas
hay carreteras en Bolivia y las pistas son una pesadilla ... con peaje.
No importa el estado de la vía o que se empleen dos días entre botes y
cruces de ríos ... siempre habrá una caseta con barrera y un
funcionario con su talonario de tickets. Los billetes caen por decenas
mientras se avanza por Bolivia. En la infecta pista entre Sucre y Santa
Cruz las montañas e increíble valles son los protagonistas y hacen que
el padecimiento del avance se vea recompensando. |
Después
de varias semanas moviéndonos entre los 3.000 y 4.000 metros de altitud
y con la gran fortuna de no padecer los efectos de la "puna"
-mal de altura- hemos descendido a los 1.650 metros en Samaipata para
encontrarnos con otro gran desconocido de Bolivia: el fuerte de
Samaipata. Fuimos maravillosamente atendidos por el director de este
centro arqueológico y por todos los empleados que realizan con
sacrificio y tenacidad la magna labor de protección y mantenimiento del
importante yacimiento. Los estudios realizados in situ apuntan la
ubicación en el lugar de civilizaciones preincaicas que se remontan a
1.500 años antes de Cristo de grupos llegados de la Amazonia. Pero el
testimonio tangible que ocupa en estos momentos el lugar es un recinto
sagrado perteneciente al Imperio Incaico. Un complejo de canales,
estanques y bajorrelieves horadados en la roca principal. En los
laterales de la base de la gran roca se ubican lo que fueron nichos de
ofrendas sacerdotales. En sus alrededores los cultivos y viviendas del
asentamiento. Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO es una de las
construcciones monolíticas más grandes del planeta. Todo el complejo
sacerdotal y ceremonial está esculpido en un gigantesco bloque de
piedra que se halla en la cumbre de la colina. Ahora está muy protegido
porque la roca está en proceso de meteorización (fragmentación
natural por vejez) y amenaza desaparecer para siempre. (Más fotos en
link)
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El
Fuerte de Samaipata. Detalle de la "serpiente", un sistema de
canalización de agua decorado con lazos ceremoniales. |
El
pequeño pueblecito colonial de Samaipata, a los pies del fuerte homónimo,
creíamos que iba a ser uno más en la ruta pero resultó ser encantador
y hermoso. Un lugar de paz espiritual y física, casi un pueblo fantasma
entre semana puesto que los excursionistas de Santa Cruz tan solo lo
visitan durante el fin de semana, momento en el cual se llena de gente,
se abren los restaurantes, los pollos dan vueltas en los asadores, los
dos jardines-discotecas se llenan de juventud, ... Nace cada sábado por
la mañana para volverse a dormir cada domingo tras el ocaso. Nos encantó
la arquitectura y la tranquilidad, los soportales y las plantas cayendo
de las macetas colgantes, los patios interiores y los jardines
exteriores. (Más fotos en link). |
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Era una simple etapa
para pasar una noche (no es aconsejable en Bolivia la acampada libre
cerca de áreas pobladas) pero el paseo nocturno del primer día nos
cautivó y transformamos a Samaipata en etapa de parada y trabajo. Esos
lugares que siempre deseamos encontrar para estar a gusto y trabajar en
armonía con nosotros mismos y con el entorno. También la temperatura
es perfecta, los 1.600 metros de altitud no permite que suba el bochorno
de la jungla (que está ya realmente cerca), el frío del altiplano está
muy lejos y los alojamientos van en consonancia con el resto del pueblo,
muchos de ellos tienen primorosos patios interiores porticados y
repletos de plantas. Elegimos el hostal San Jorge, económico, con
garaje bien seguro, habitaciones sencillas pero impecables, un patio ...
en el que daban ganas quedarse el resto de nuestros vidas y tres
cachorritos de la perrita de la dueña nacidos dos semanas atrás que
con su torpe caminar y sus juegos hacen la felicidad de Marián.
El ordenador que nos queda pasa de mano a mano por riguroso turno y no
se apaga más que para comer y para el relajante paseo nocturno antes de
la cena y que marca el final de la jornada laboral. Durante todos esos días
se vuelcan fotos digitales, se numeran y ordenan cientos de ellas, se
salvaguardan en CD,s, confeccionamos fichas de las imágenes, se
seleccionan las mejores, actualizamos el correo retrasado, se pone al día
el diario escrito, se prepara la siguiente etapa, visitamos en sucesivas
ocasiones el director del Centro de Investigaciones Arqueológicas de
Samaipata y se redacta la crónica. Muchísimo trabajo pero nos sentimos
maravillosamente en este lugar, el mundo se ha detenido en un bello
instante. Nos costará arrancar de nuevo, lo sabemos. Pero nos
ayudará el hecho de saber que en los claros de la jungla hay un
recorrido insólito y poco conocido: la ruta de la misiones jesuíticas.
Hemos leído maravillas de los pueblo perdidos y de las hermosas
misiones que albergan pero casi nadie va porque están "fuera de
ruta", tan solo se puede acceder por cientos de kilómetros de
pistas y apenas hay infraestructura para visitantes. En unos días
entraremos en la Chiquitanía ... y el la jungla. |
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