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- "Los
días en Punta Arenas transcurrieron cómodos y placenteros en nuestro
hospedaje. Tan solo se vio alterada esa tranquilidad con una visita al
hospital por una gran quemadura que me hice en el antebrazo. Fue realmente
mala suerte, cuando estábamos acampados en el estrecho de Magallanes me
apoyé inadvertidamente en el soldador que estaba usando para reparar una
conexión eléctrica. La quemadura fue profunda pero no excesivamente
grande, unos dos centímetro de largo por uno de ancho, lo que es la punta
del soldador. Marián me curó la herida con pasta antiquemaduras y me
puso un gran apósito de diez centímetros de ancho para protegerla y que
no se ensuciase. Con eso ya cerré el asunto pero a los cinco días, ya en
el hospedaje Independencia, vi como la herida sobresalía del apósito
cuando no debía de ser así. Entre la quemadura y el borde de la venda
-por los cuatro lados- había un margen de cuatro centímetros. Retiré la
venda y vi que la quemadura fue tan intensa que no solo quemó donde la
piel contactó con el soldador sino que destruyó todos los tejidos cutáneos
a su alrededor.
Poco
a poco y día a día la piel se había descompuesto y aunque dolía -cosa
lógica- no me di cuenta de la gravedad hasta que la carne comenzó a
aparecer fuera de los márgenes del apósito. No soy nada escrupuloso pero
la verdad es que ver la carne viva en un agujero de diez por siete centímetros
me dejó impresionado y no sabía qué pensar de esa cosa tan
"fea". Decidí ir al hospital de Punta Arenas, primera visita a
un hospital desde que partimos de Ceuta aquel lejano mayo de 1.999; no está
mal, no nos podemos quejar. Me atendieron enseguida y tras un concienzudo
examen todo estaba bien, la doctora nos dijo que fue muy bien tratada en
su momento (bien por Marián y sus mimosas manos), estaba limpia y sin
infección de ningún tipo. Tan solo que era una quemadura grave y había
que volver a tratarla porque había nuevas áreas afectadas. La doctora me
esparció un ungüento blanco y volvió a vendar el brazo.
-Pues
eso es todo. Sanará sin problemas pero le dejará marca en el brazo -me
dice al terminar la cura.
-No se preocupe, voy coleccionando "marcas" de todos los
continentes. Una más carece de importancia -la confirmo sonriendo
mientras pasan por mi cabeza las marcas permanentes que se quedaron en la
calva por el sol himalayo en el paso del Tanglang-La en Ladakh, las pequeñas
manchas en los labios por el viento del Rajastán, un corte que me hice en
Libia y alguno que otro más. Voy a parecer una colección de remiendos al
regreso.
-No toque la venda en 10 días y no se la moje cuando se duche -concluye.
-Cuidaré el brazo ... me tiene que durar por lo menos hasta que regrese a
España. Muchas gracias. -Le doy la mano y mi mejor cara de agradecimiento
porque ha sido realmente un encanto.
Las
duchas durante la siguiente semana y media incluyeron un envase al vacío
del antebrazo a base de una bolsa de plástico y cinta de empaquetar en
los extremos. Pero lo importante fue que ya sabíamos que la cura era
cuestión de tiempo y que nuestra labor expedicionaria, el tiempo que nos
restaba en Punta Arenas, era de "despacho". El brazo no tendría
ningún esfuerzo físico ni había riesgo de que recibiese ningún golpe.
Nuestros
ojos ya han dejado de estar fijos en las pantallas de los ordenadores y
ahora se recrean en la mucho más agradable visión de los cisnes de
cuello negro que sumergen afanosamente sus largos pescuezos en las aguas
del canal Señoret. Estamos de nuevo en Puerto Natales, la ruta hacia el
norte acaba de comenzar.
Miro
a Marián pero casi no puedo ver su rostro. El tremendo viento ha
convertido su larga melena castaña en una enmarañada cortina
impenetrable (yo no tengo ese problema con mi pelo). Sus dedos se abren
paso en esa jungla para despejar sus ojos antes de volverse hacia mi.
-Pues
espero que este vendaval y esos nubarrones bravucones se tomen el día
libre mañana para que podamos navegar tranquilos -me confiesa Marián a
media voz mientras intenta domar los asilvestrados cabellos.
-Esto es la Patagonia, aquí se pueden tener las cuatro estaciones en el
mismo día -le contesto recitando este famoso dicho sobre la Patagonia.
-¡Pues ojalá mañana toque verano todo el día porque hoy ya hemos
tenido nuestra ración de otoño extremo! Mira los pobres cisnes, ¡si
parece que se van a desplumar! Como suba la fuerza del viento van a
parecerse a los pavos de Navidad antes de entrar en el horno.
-Bueno, no hay nada que hacer. Tan solo buscar un lugar resguardado para
el campamento.
No
encontramos ese lugar y nos dormimos notando el furor del viento en la
tela de nuestra tienda sobre el techo del Montero. Su zumbido es lo último
que oímos hasta que el dulce canturreo de los pájaros nos despierta poco
después del amanecer.
La
claridad que percibimos en el exterior inunda nuestra tienda cuando al
abrir una de sus ventanas casi nos ciega por completo. El cielo se ha
vestido de azul deslumbrante mientras el sol luce rabiosamente. ¿Y donde
está el viento? El viento se había volatilizado junto a nuestros
temores. Hemos amanecido en verano, Marián está pletórica. No podíamos
haber imaginado un día más espléndido para vivir una nueva ruta
marinera.
Dos
horas después, pertrechados de gorros y gafas de sol ya estamos navegando
sobre las aguas del seno Última Esperanza a bordo del barco "Alberto
de Agostini", bautizado así en honor al famoso jesuita italiano que
exploró estas inhóspitas tierras. Conocemos a Víctor Álvarez, dueño
del barco, que nos relata como su padre Joaquín Álvarez construyó la
primera embarcación. Era el cúter "21 de Mayo", en 1965, y de
este modo se convirtió en el pionero en este tipo de navegaciones en
Puerto Natales. En ese mismo astillero familiar diseñaron y construyeron
ellos mismos el "Alberto de Agostini" para tener la
"parejita" y deleitar con ellos a todo aquel que desee una
relación más íntima con los rincones furtivos de la Patagonia.
La
quilla del Alberto de Agostini rompe esa inmensa y profunda masa de cielo
líquido que se ha derramado desde el firmamento para que naveguemos sobre
el. La brisa marina nos recuerda sus cercanos inquilinos glaciales con su
hálito frígido aguijoneando nuestros rostros y manos, aunque mitigado
tenuemente por el espléndido sol que nos cobija.
En
el fiordo Eberhard encontramos el primer punto de la colonización
ganadera en la Región de Última Esperanza, allá por el 1.887. Al
pie del Cerro Ballena, la Cuadra de Estancia Margot nos recuerda otro de
los avezados colonizadores que se atrevieron a adentrarse por este entorno
tan riguroso. Comenzamos a detectar gran número de cormoranes adultos que
intentan afianzar a sus pequeños pichones para emprender las tareas del
vuelo, sólo tienen los tres meses de verano para aprender y emigrar
cuando los fríos hielen hasta el pensamiento. Estamos en Punta Barrosa,
su condominio. El fiordo se va angostando y las montañas parecen como si
quisieran estrujarnos entre sus brazos. Las paredes de las montañas nos
muestran sus facciones estratificadas con cuevas donde los lobos marinos
tratan de enseñar a sus crías a nadar al tiempo que se entregan a la
placentera pero trabajosa labor de perpetuar la especie.
Pero
sobre todos ellos, a cientos de metros sobre nuestras cabezas se encuentra
el rey de los cielos. Siniestras sombras de enorme envergadura realizan su
ritual vuelo imperioso y altanero, planeando en círculos, eclipsando a
todos los demás seres. Seguimos con la vista a los dos cóndores hasta
que quedan ocultos por el baluarte rocoso. Y bajo nosotros la reina de sus
frías aguas, la trucha asalmonada que se reproduce copiosamente para
deleite de los amantes de la pesca. El agua se ha tornado más lechosa,
las montañas de hielo tienen que estar cerca.
Avistamos
finalmente la meta más lejana de la singladura: el monte Balmaceda con su
imponente glaciar. La gélida lengua está en acelerado retroceso pero
hace tan solo quince años la caída del hielo llegaba de forma continua
hasta el mar. Hoy en día, aunque sus hielos no acaricien las aguas, sigue
ofreciendo un espectáculo inolvidable. No muy lejos ... una pequeña
pasarela de madera que permite desembarcar. Es hora de pisar tierra firme.
Iniciamos una caminata por un estrecho sendero que se adentra en un bosque
nativo flasheado por el fulgor rojo de la frutilla y el intenso
amarillo de los zapatitos de la virgen. El intenso verdor de los
coigües nos escolta hasta aproximarnos a un caprichoso museo flotante de
esculturas de hielo. El glaciar Serrano va desprendiendo sus témpanos en
la laguna de su base, conformando una singular recepción de danzarines
multiformes helados. Sus semblantes azulados muestran las marcas
descarnadas de los trozos que bruscamente se han desprendido de su creador
para iniciar un rumbo itinerante e incierto.
Demasiado
estaba durando este verano que nació a las 6 de la mañana de hoy. La
ufana y límpida capa azulada de nuestro admirado caballero celeste se ha
ataviado con unos broches albinos y ribetes grises. Estamos en el sur y no
debemos extrañarnos. Como bien reza otro popular dicho sureño: "Si
luce el sol, disfrútelo. Si llueve ... ¡está en el sur!" Pero no
llovió, tan solo que el sol jugaba al escondite con nosotros.
Nos
despedimos del Alberto de Agostini y de su tripulación porque vamos a
regresar por otro camino, se puede remontar el río Serrano en zodiac y
eso es lo que nos hemos propuesto. Para la lancha sí que es obligatorio
la combinación impermeable y el chaleco salvavidas, mientras nos vestimos
volvemos a recordar con cariño las salidas con el Terra Australis. Todo
nuestro equipo nos retrasa y, como siempre, volvemos a ser los últimos en
embarcar. La lancha "Río Arriba" suelta amarras tan pronto como
estamos asentados con seguridad en la proa. El color lechoso de las aguas
evidencia que son nutridas por la fundición de glaciares. El viento frío
sigue hostigando sobre el rostro pero la sensación de libertad que
sentimos en el alma al navegar veloces por el enérgico río es grandiosa.
Las admiradas Torres del Paine, que tímidamente vislumbramos cuando nos
introdujimos por el seno de Última Esperanza, comenzaban a agrandarse a
medida que avanzábamos "río arriba". Una parada para almorzar
bajo la sombra de longevas lengas. Contemplando el excepcional entorno que
nos envuelve nos insufla nuevas fuerzas para seguir navegando contra
viento y marea. Como la chapa ondulada que nuestro insufrible Montero
tiene que padecer por los ripios australes, la zodiac se debate con la
corriente revoltosa del Serrano con la misma sensación de vibración y
soniquete ... ¡clac, clac, clac, clac, clac, ...! El bosque con cientos
de árboles cubriendo las laderas se suceden ardorosamente ante nuestros
ojos mientras sus ramas nos animan a seguir adentrándonos en su hogar.
Cuando desembarcamos es como volver a despertar de un profundo e intenso
sueño. Nos encontramos dentro del Parque Nacional Torres del Paine,
contemplando con una claridad absoluta el férreo granito que esculpe las
regias torres de este excepcional parque chileno.
Ellas
serán las que durante una semana nos darán los buenos días cada mañana
durante las jornadas que con nuestro Montero desarrollamos entre sus lagos
y valles.
FORTALEZA
DE PIEDRA
"Las extraordinarias bellezas naturales que Dios ha
prodigado en el extremo sur de Chile, en la salvaje majestad de los
montes, glaciares, lagos, fiordos, canales y en el misterioso encanto de
las selvas, no pueden dejar de atraer a numerosos amantes de lo bello, que
gozarán de visiones encantadoras e inolvidables". Estas son las
palabras con las que el padre Alberto M. De Agostini en el prólogo de su
libro "Magallanes y Canales Fueguinos" reflejan todo lo que
podemos encontrar por los parajes donde ahora nos hallamos.
Pero
mucho antes que referirnos a Magallanes o al Padre De Agostini tenemos que
remontarnos 12 millones de años atrás para situarnos en el momento en el
que se formó el gran castillo natural que es el macizo del Paine. Cuando
se formó una gruesa capa de roca sedimentaria bajo la cual se introdujo
el tórrido magma volcánico. Cuando a lo largo de los siglos el magma se
enfrió para dar lugar al sólido granito. Cuando las fuertes presiones
tectónicas provocaron un levantamiento del macizo para que la gélida época
glacial modelase a su antojo la piedra que cubría.
El
escultor glacial fue agonizando poco a poco, los hielos se iban
derritiendo y mostraban su obra tras milenios de trabajo en la sombra.
Quedó al descubierto el granito gris repujado bajo un virgen sombrero
oscuro de rocas sedimentarias que nunca entraron en el estudio del artista
de hielo. La galería del maestro expone su magna obra y el horizonte se
ve ensartado por el Cerro del Indio, Cerro la Máscara, sus famosos
Cuernos, Nido Negro de Cóndores, Cerro La Espada, ... Siempre moviéndose
entre los 2.000 y 3.000 metros de altura constituyen, entre la
cordillera de los Andes y la estepa Patagónica, un hito geológico que
fue declarado en 1.978 Reserva Mundial de la Biosfera por la UNESCO.
Las
caminatas para adentrarse por los rincones más recónditos del parque son
abundantes y muchas de ellas duras. Apenas llueve, apenas nieva a lo largo
del año pero sus vientos, sus fuertes vientos, pueden llegar a embestir a
120 kilómetros por hora. De sus terribles acometidas fuimos testigos y víctimas.
Pero
sus bellezas naturales también pueden palparse por pistas ripiadas que te
acercan a lugares tan singulares como la Laguna Amarga, con sus orillas
blanquecinas por la alta concentración de sales ferruginosas que resaltan
aún más el color azul de sus aguas. O la Laguna Azul, las más apartada
y tranquila con un lecho morado de flores silvestres. El río Paine es el
collar que engarza cinco turquesas con nombres propios: Dickson, Paine,
Nordenskjöld, Pehoe y Toro. Cinco lagos a distintas alturas que ensartan
tres nuevas joyas al collar Paine: tres límpidos diamantes sin tallar
llamados Cascada Paine, Salto Grande y el discreto Salto Chico.
Lagunas
grandes, lagunas chicas, mil matices de aguas. Bosques densos y praderas
despobladas, mil colores de vegetación. Por todos ellos habitan los
inquietos guanacos, un camélido que forma parte de la familia americana
que completa las alpacas, llamas y vicuñas. Estuvieron en peligro de
extinción pero un denodado esfuerzo ha conseguido recuperar su población
y ahora podemos verles corretear ágilmente por los cerros, revolcándose
en la arena o pastando lánguidamente junto a los lagos. Les vemos con sus
tiernos chulangos, las crías que nacieron el pasado mes de diciembre y no
pierden de vista a sus celosas madres. Los chulangos se convierten en un
bocado exquisito para los pumas que habitan por el parque pero rara vez es
posible, para sosiego de uno, divisar al fiero y voraz mamífero que suele
merendarse el 40% de las crías de los guanacos (el puma seguro que ha
bautizado a los chulangos como "canapé"). Los huemules, cérvidos
nativos, son otro plato suculento para el puma pero al contrario que sus
vecinos los guanacos, viven en la espesura del bosque y aunque no huyen
del hombre hay que tener paciencia y una buena dosis de suerte para
divisarlos.
Sobre
los lagos, decenas de especies de aves entre las que destacan los
flamencos, cisnes de cuello negro o caiquenes (ganso de Magallanes), los más
numerosos. Tratan de mantenerse lejos de los zorrillos que abundan por el
parque y que les tienen incluido en su menú ... cuando se dejan coger.
Las cuadrillas de ñandués -avestruz americana más parecida al emu
australiano- son también fáciles de ver pero no de cerca, son muy
huidizos ante la presencia humana. También acaban de tener crías y es
divertido ver corretear algunos de ellos con sus más de diez polluelos
que fielmente siguen raudas a sus desconfiadas madres. Realmente el Parque
Nacional parece estar proyectando escenas de Bambi.
VELEROS
DE HIELO
Y por todo este prodigioso rosario de lagos y lagunas que se diseminan a
los pies del insigne macizo hubo entre todos ellos uno que nos causó una
especial y mayor admiración: el lago Grey. Los gigantescos icebergs que
habían conseguido liberarse del glacial que los concibió cientos de
metros más atrás, finalmente quedan varados como albinas ballenas en la
orilla del lago. Atrapados sin poder escapar sólo les queda el consuelo
de que serán admirados gozosamente por los que allí nos congregamos.
Contemplamos absortos cómo el viento y el sol van esculpiendo formas
inverosímiles a su efímera figura, arrancando cegadores destellos a esas
montañas de miles de brillantes ensamblados en perfecta armonía.
Nos
relata el padre De Agostini: "los dos brazos del glaciar Grey son
como dos enormes bastiones flotantes, erizados de fantásticos pináculos
y agujas de hielo. Los témpanos soplados por el viento flotan como
veleros sobre las aguas del lago". No es posible describirlo con
mayor exactitud, poesía y sentimiento. Así es, esos veleros congelados
tratan de navegar hacia otros horizontes pero están atrapados, no hay
salida. Sólo cuando su cuerpo se funda con el agua del lago, entonces
podrán liberarse pero mientras luzcan esas imponentes figuras serán
prisioneros de sí mismos y del lago que los acoge... para nuestro
deleite.
Los
veteranos del parque recuerdan a nuestro amigo Pablo de cuando fue
guardaparque en Torres del Paine y reciben con cariño sus recuerdos. Fue
uno de sus antiguos compañeros, Juan Toro, el que nos entusiasma con
muchas historias del parque, fruto de su experiencia y media vida
residiendo en él. Ahora destinado en la guardería de laguna Azul se
reconoce apartado del mundo pero feliz de vivir con su familia en este
privilegiado lugar de paz y cautivador entorno. Fauna, flora y geología
pura y dura es lo que les rodea en este escenario natural. Junto a la
estufa-cocina de leña su voz se confunde con los crujidos que los troncos
emiten al ser devorados por el fuego. El asado de cordero y las
"papas" cocidas están listas y entre bocado y bocado seguimos
absortos con sus historias sobre el bello parque. Hacemos un último
brindis por la naturaleza y por su conservación, es nuestra última noche
en Torres del Paine.
EL
TERCER POLO
En Cerro Castillo debemos entrar en Argentina para sortear una barrera
insalvable por tierra: el inmenso e impenetrable Campo de Hielo Sur, que
ha sido calificado junto con el Campo de Hielo Norte, como el "Tercer
Polo".
Los trámites aduaneros son una sencilla y rápida formalidad que nos
permite en pocos minutos adentrarnos en la infinita y solitaria Pampa
argentina. Nuestro flamante nuevo pasaporte ya comienza a tener demasiados
sellos para estar todavía en los territorios australes de América. Con
el segundo pasaporte que gastamos en esta expedición llegamos por los
pelos a Australia, el sello de entrada a la isla de los canguros se llevó
el último pequeño hueco que nos quedaba. Allí mismo, en las antípodas
de España tuvimos que hacernos pasaportes nuevos. Ese pasaporte es el que
ya tiene tres páginas menos, lo usamos en nuestra escala de Singapur, la
entrada en Chile; posteriormente tuvimos que sellar la salida de Chile y
entrada en Argentina en nuestro desembarque del Terra Australis en Ushuaia
y de nuevo hacer formalidades de inmigración al regresar al barco. Ahora
de nuevo salimos de Chile para reingresar en breve al otro lado del Campo
de Hielo Sur. A este paso vamos a necesitar otro antes de finalizar la
ruta. ¡Si es que termina algún día porque salimos para dos años y lo más
pronto que lo terminamos es a finales de este año ... tres años y medio
después! Hasta nuestras familias nos han enviado un e-mail con un "¿pensáis
regresar algún día?". Pero sí, algún día regresaremos. Palabra.
Durante
cientos de kilómetros las esporádicas y aisladas haciendas ganaderas son
los únicos oasis de vida en un monótono y reiterativo paisaje de tierra
yerma y pastos color pajizo. Pocos son los vehículos que nos cruzamos
pero uno de ellos nos da un buen saludo. No hay asfalto, todo son pistas
de ripio y la gran velocidad que lleva un vehículo en dirección
contraria hace que una enorme piedra que despide se estrelle
estrepitosamente contar el parabrisas. Menudo cantazo. Justo delante de
mis ojos. En mitad de la frente como quien dice. Dejó una enorme marca
circular al romper la primera capa del parabrisas pero no llegó a la
segunda así que se une a los otros tres impactos (estos pequeños) que
recibimos en Australia. Menos mal que no cambiamos el parabrisas, igual
esperamos a salir de Centroamérica en previsión de más impactos. Donde
habría que cambiarlo sería en Estados Unidos, donde nos podrían multar
por ir con tantos impactos en el parabrisas. Ningún agente se creería
que acaban de ocurrir y no ha dado tiempo a cambiarlo. Una quizás, dos
roturas ... podrían colar como mala suerte en las últimas 24 horas pero
cuatro o más sería considerado como un intento de burla al agente ...y
eso nunca gusta a las patrullas de carretera.
Con
el recuerdo argentino seguimos avanzando y nos centramos en la naturaleza
que nos rodea. La pampa es monótona pero posee unos hitos remarcables en
nuestra ascensión hacia el norte. En el podium de los ganadores comparten
la medalla de oro el Glaciar Perito Moreno y el Lago Argentino. El Perito
Moreno tuve el placer de conocerlo y deleitarme con su grandeza hace 12 años,
cuando en mi periplo por todo el territorio argentino me dejó
impresionado con su sobrecogedora masa de hielo vivo, que ruge, gime y nos
hace estremecer cuando se rasga para caer por sectores al abismo. Las
calmas aguas de su base se convierten repentinamente en maremoto. A su
vera, las profundas aguas turquesas del lago Argentino devuelven el
sosiego tras la excitación producida por el titánico glacial y conducen
en barco a nuevos glaciares y bosque nativos aislados en remotas bahías.
El
viento es lo que nos está volviendo locos. Es como un huracán que sopla
incansablemente, día y noche, mañana y tarde. Imposible acostumbrarse a
él, es una lucha perdida de antemano. Intentar fotografiar, grabar,
comer, simplemente lavarse la cara sin que el viento se lleve el agua que
sale de los bidones es tarea ardua. Hasta nuestra montura de 3 toneladas
se ve en ocasiones zarandeada por tan energúmeno ventarrón.
Buscamos
montar los campamentos en depresiones del terreno pero Eolo juega siempre
con los viajeros y cambia la dirección de sus huestes para convertir lo
que considerábamos muros de protección en tremendos pasillos de aire
irreprimible. Los fundos (granjas) abandonados resultan ser la mejor
protección. Situados normalmente en quebradas resguardadas, sus ruinas
cortan el viento y siempre hay alguna estancia abierta con cuatro paredes
y techo que nos permite instalarnos al resguardo de los elementos. Cocinar
sin que se vuelen los macarrones al intentar escurrirlos y poder trabajar
sin que los papeles se conviertan en pájaros.
La
inestable y caótica situación de Argentina con el desplome económico
causado por la desmesurada corrupción de sus líderes nos hizo ser
prudentes. La situación variaba día a día y el cambio de moneda fluctúa
cada hora. Imposible prever lo que ocurriría la jornada siguiente. Ni
siquiera era previsible el abastecimiento de comida o combustible.
Preferimos no arriesgarnos y decidimos ser totalmente autónomos durante
las jornadas que dedicaríamos a recorrer los cientos y cientos de kilómetros
por la pampa argentina hasta nuestro reingreso en Chile. Llevábamos de
todo cuando partimos de Chile: combustible para unos mil doscientos kilómetros
y tampoco nos faltaría comida y agua.
Llegó
el momento de girar hacia el oeste para dirigirnos al paso Roballos,
la entrada natural más cercana para reingresar a Chile. Nos hubiera
encantado seguir recorriendo el suelo argentino para reencontrarnos con
aquellos viejos y hermosos lugares que antaño recorrí pero esta vez
nuestro corazón está en deuda con Chile puesto que en la anterior ruta
la protagonista fue Argentina y tan solo pudimos dedicar a Chile diez días.
En esta ocasión se han invertido las prioridades.
La
Pampa se va torneando sinuosamente a medida que nos aproximamos a los
Andes. Aparecen ríos, lagos y la orografía adopta formas más
voluptuosas y sugerentes cuya máxima expresión se produce en el cañón
que cobija la hacienda "Sol de Mayo" con su oasis y su cogollo
de árboles. El viento sigue soplando por desquiciadas rachas, los cerros
se han agrandado, los valles se han estrechado, algunos árboles emergen
de la tierra, el cielo nuboso se ha aclarado. Un panorama realmente bello
para despedir a Argentina y desear lo mejor a los argentinos, cuyos
gobernantes han sumido su moderno, próspero y hermoso país en el caos.
Un
atento carabinero chileno revisa nuestro todo terreno para comprobar que
no llevamos ningún producto fresco como verduras, frutas, derivados lácteos,
miel, carne, ... Chile es el único país de toda Sudamérica que no
sufre la fiebre aftosa y el estricto control del Servicio Agrícola
Ganadero quiere que siga siendo así. También han cortado por lo sano en
lo que respecta a insectos o larvas que puedan acarrear los demás
productos frescos. Todo está prohibido.
Una
jovencita guanaca se pasea por el puesto fronterizo como si fuese un
cachorillo. Meses atrás un ganadero la entregó en el puesto aduanero
herida de una pata y decidieron cuidarla hasta que sanó. Tras los mimos
humanos se negó a reunirse con un rebaño y se ha convertido en la
mascota del puesto por voluntad propia. Mientras el carabinero nos
inspecciona el Montero ella no para de husmear por todos los rincones,
como un auténtico sabueso. El chulango es increíblemente tierno y
Marián,
que no puede evitar acariciar cualquier tipo de bicho viviente, le
acaricia suavemente el lomo. El guanaco se vuelve hacia ella, infla
sus mofletes y ... ¡zas! Marián recibe un escupitajo en plena cara. El
carabinero y yo nos morimos de risa al ver su cara de incredulidad
impregnada de puntitos verdes -de hierba rumiada por el animal- mezclada
con saliva. Recordamos en ese momento las palabras de Juan Toro cuando nos
comentó la curiosa animadversión de las hembras guanaco hacia las
hembras humanas. Marián se aparta para retirarse los restos de hierba y
saliva de su cara y ropa mientras le lanza miradas incisivas a la
orgullosa guanaquita que estira su cuello.
Con
todo en orden, sellado y con Marián "limpita" de nuevo nos
lanzamos al ripio para recorrer uno de los caminos más legendarios de la
Patagonia chilena, la emblemática Carretera Austral. El símbolo del
desafío y esfuerzo por abrir camino allí donde parece imposible que el
ser humano pueda avanzar un solo paso.
LA
ÚLTIMA FRONTERA
La navegación a bordo del Magallanes que el mes pasado realizamos entre
Puerto Montt y Puerto Natales nos bajó por una ruta marítima a través
de canales y fiordos paralela a su homónima terrestre. Por ella
comenzamos ahora a deslizar nuestro Mitsubishi Montero que va a probar
durante miles de kilómetros el ripio chileno.
La
pista alcanza poblaciones aisladas que hasta hace muy pocos meses era
imposible llegar. La más representativa de todas ellas es Villa O'Higgins,
la última frontera de la Carretera Austral. ¡¡Eso fue lo que aprendimos
con aquel ejemplar de Geo que nos regaló mi tía Dominique en su paso por
Singapur!! (Crónica 72) El reportaje central era Chile y en él anunciaba
que la Carretera Austral había llegado por fin a Villa O´Higgins. ¡Qué
increíbles son los caminos cómo nos llega la información! Esa noticia
varió nuestros planes en Chile y nos propusimos llegar hasta la ignota
Villa O'Higgins. Si lo conseguíamos seríamos el primer vehículo español
en llegar a la "Última Frontera" de la Carretera Austral, justo
a los pies del Campo de Hielo Sur.
Pero
hay mucho camino por medio. Las pistas son muy polvorientas cuando no
llueve y cuando algún jeep pasa junto a nosotros una enorme nube de polvo
nos hace perder la visibilidad. Cochrane es la primera población que nos
encontramos. Fue creada en 1.930 aunque realmente no fue hasta 1.954
cuando comenzó a contar con servicios públicos. Se levantó sobre
terrenos arrendados a la Sociedad Explotadora del Río Baker, que años
atrás se había abierto paso por la zona. Una zona por donde, salvo el río
más caudaloso de Chile, no se había aventurado casi nadie. Las costas de
esta intrincada zona fueron descubiertas y recorridas por navegantes españoles
al comienzo del Imperio Español en América bautizándola como Trapananda.
Pero pronto los ibéricos llegaron a la conclusión que jamás poblarían
estas tierras pues no disponía de entradas y salidas satisfactorias, se
enfrentaban a un bosque impenetrable. Incluso tras la independencia
chilena el propio gobierno no les prestó demasiada atención considerándolas
"tierras de entre medio" y fueron olvidadas. Pero a principios
del siglo XIX Chile y Argentina comenzaron a tener serias disputas para
delimitar las fronteras de sus nuevos países y enviaron diversas
expediciones para explorar y tomar soberanía de estos desconocidos
territorios. Era casi un "el primero que llegue para él".
Se
inician tímidos intentos de poblarlas para ejercer la posesión física
pero la misión de encontrar "voluntarios" para colonizarlas era
muy complicada. Chilenos, argentinos e ingleses realizaron algunas
expediciones pero fue a finales de siglo cuando el gobierno chileno le
encargó al alemán Hans Steffen, un profesor de Historia y Geografía del
Instituto Pedagógico de Santiago explorar toda la zona. En 1.902 el Rey
de Inglaterra arbitró los límites territoriales entre Chile y Argentina
y a lo largo del siglo XX ha habido muchos otros litigios que se han
intentado solucionar con comisiones arbitrales. Y no es de extrañarse
porque esta inmensa e intrincada Patagonia es un jeroglífico de ríos,
canales, fiordos, montañas, lagos, lagunas y glaciares. Las estancias
ganaderas particulares fueron los primeros asentamientos que por este
"desierto verde", como muy acertadamente lo denominó Charles
Darwin en 1828 al ver lo compacto que era ese mar de espeso bosque.
Pero para abrirse paso por él y conseguir pasto para el ganado fue el fósforo
la solución que adoptaron. Miles y miles de hectáreas fueron pasto de
las llamas durante años creando un lamentable desastre ecológico,
incendios descomunales cuyos humos llegaron a alcanzar el Atlántico.
Nos
aprovisionamos de combustible (a un precio carísimo) y víveres. La
sinuosa pista que parte de Cochrane se enreda entre lagos y lagunas que
disponen de coronas naturales de juncos delimitando sus orillas. No cabe
duda que el sol es el que viste de gala a la naturaleza y en esta ocasión
el intenso color azul de los lagos que nos encontramos están sombríos
por su ausencia. El cielo nuboso llora sobre nosotros con una tenue
llovizna.
Los
bosques son abundantes pero también los amplios claros debido a las
acciones ganaderas que en décadas anteriores se abrieron paso mediante
salvajes incendios para conseguir pastos para sus animales. Era el modo
como se abrían hueco los fundos ganaderos, las únicas empresas que
consiguieron asentarse entre estos compactos bosques. La pista a partir de
Puerto Vagabundo comienza a ascender y se estrecha dejando a la izquierda
del camino precipicios que se estrellan contra las rocas y aguas de los
torrentes que deslizan a nuestros pies.
El
terreno se ha humedecido bastante, la lluvia se ha intensificado y desde
hace un buen rato se ha convertido en una compañera inseparable para
nuestro desagrado. Las acampadas son siempre húmedas pero afortunadamente
la calidad de la tela de nuestra tienda permite que, mientras desayunamos,
se seque rápidamente con la brisa puesto que el sol no hace el menor
esfuerzo por colaborar.
Puerto
Yungay es tan solo un embarcadero y sus únicos habitantes son el
destacamento del ejército que se encarga de ese tramo de la Carretera
Austral. Nos reciben muy amablemente y nos instalamos con ellos mientras
esperamos la barcaza "Lago General Carrera", el único medio que
permite superar el caudaloso río Bravo y llegar a Villa O'Higgins. Está
habilitada por el Cuerpo Militar del Trabajo -artífice de toda la
Carretra Austral- y pilotada por el diestro capitán Abelardo Díaz Lemus.
En la cantina nos invitan a unos mates amargos al calor de la estufa.
Media hora de travesía es suficiente para situarnos en la otra orilla del
río Bravo y comenzar a recorrer el último tramo para alcanzar por tierra
la lejana Villa O'Higgins.
El
camino aún muestra las llagas descarnadas en las paredes rocosas entre
las que avanzamos. Nos recuerda en muchos momentos a la Karakorum Highway
de Pakistán recorrida en esta expedición en 1.999 o a la ruta este de
entrada a Ladakh en la India durante el 2.000. Al igual que esas otras dos
grandes obras faraónicas, en el camino aparecen carteles con los nombres
de las víctimas mortales de esta magna vía. La naturaleza no hace
distinción entre los profanadores de sus carnes y pasa factura por igual
a soldados, suboficiales, oficiales y hasta a dos coroneles. Incluso la
prensa sigue reportando accidentes mortales de viajeros que se salen de la
carretera y mueren al fondo de un barranco o ahogados en las aguas. El último
de ellos se cobró la vida de dos personas de Villa O'Higgings. El todo
terreno conducido por un residente de ese pueblo y acompañado por un
carabinero con su mujer y sus dos hijos se salió de la carretera y se
precipitó al río Bravo. El carabinero logró sacar a su esposa y al
menor de sus dos hijos, de dos años de edad, pero no pudo rescatar ni al
conductor ni a su otro hijo de tres años. Ambos murieron ahogados en las
aguas del torrente. Terribles tragedias que siguen demostrando que la
naturaleza siempre tiene la última palabra en estas latitudes australes
del mundo.
El
ripio húmedo nos hace derrapar ligeramente cuando giramos, los altos en
el camino nos permiten ver los densos bosques solitarios. Un hermoso
huemul nos mira con curiosidad cuando hacemos un alto para almorzar. El
tumultuoso río Bravo pone la música al valle inferior. Nos pegamos a la
pared rocosa cuando bordeamos precipicios y el gran lago Cisnes allana el
horizonte justo antes de Villa O'Higgins.
Finalmente
hemos llegado. Entramos en la "Última Frontera" de la Carretera
Austral. Un enclave al que hasta hace poco tan solo se podía llegar en
avión ... ha llegado por primera vez un vehículo español tras más de
cien mil kilómetros por cinco continentes desde que inició su andadura
desde Ceuta. Estamos eufóricos y esta llegada se une a la ruta del Cáucaso
al Himalaya por Asia Central, el cruce del Kardung-La con sus 5.602 metros
de altura y la llegada a Angkor. Las mayores primicias de nuestra
infatigable montura.
Villa
O'Higgins ha tenido un nuevo amanecer en su historia con este enlace
terrestre, han dejado de ser una isla en un océano de montañas y hielo.
Tienen una climatología extrema de vientos, lluvias y terribles inviernos
nevados, el avión no era una garantía de enlace con el mundo exterior.
La tierra sí. Es toda una sensación de alivio para los residentes.
La
casualidad quiso que llegásemos en plena ceremonia de presentación del
primer refugio de exploración científica que se iba a instalar en el
Campo de Hielo Sur. El arquitecto Emilio Armstrong ganó el concurso público
convocado por el Instituto Chileno de Campos de Hielo para su primera base
científica. Está en la grada exponiendo concienzudamente todas las
características del refugio y de la vida que llevarán un máximo de ocho
personas rodeadas de un mundo de hielo con vientos que pueden alcanzar 200
kilómetros por hora. Lo que tenemos ante nuestros ojos se instalará
mediante helicópteros del ejército el próximo septiembre en uno de los
cerros blancos del Campo de Hielo Sur. Todo un desafío para Chile, la
ciencia ... y el ser humano.
Sigue
lloviendo en esta isla convertida en península gracias al Cuerpo Militar
del Trabajo. Entre los asistentes al acto está Humberto Pizarro, miembro
de la Municipalidad que nos dio la bienvenida a nuestra llegada con
nuestro vehículo y nos hizo mil cuestiones sobre la ruta. Le preguntamos
donde podríamos montar el campamento pero la lluvia le hace buscar una
solución más cómoda que acampar bajo la tormenta. Nos presenta a Nora,
compañera de la Municipalidad, y ésta nos ofrece la pequeña casa de sus
padres, que se encuentran ausentes. Lo agradecimos infinitamente pues la
lluvia y el viento no eran buenos aliados para las acampadas que pretendíamos
realizar. La cabaña cuenta con una gran cama y una rústica estufa-horno
de leña que nos facilita las tareas de cocina y nos calienta los días
que allí pasamos.
Villa O'Higgings fue fundada hace tan sólo 36 años, el 20 de septiembre
de 1.966. Habitado por ganaderos, campesinos forestales y
funcionarios públicos como una muestra de la soberanía chilena en unas
zonas donde los límites fronterizos entre Chile y Argentina siempre han
vivido episodios muy críticos. De hecho, en el año 1.994 -tras años de
serias disputas- un tribunal de arbitraje latinoamericano decidió
finalmente entregar a Argentina la soberanía del territorio laguna del
Desierto próximo al Lago O'Higgins, que en la parte argentina se llama
lago San Martín.
Las
vistas desde el mirador sobre la cabaña de CONAF (Corporación Nacional
Forestal, a cargo de todos los parques nacionales) nos permite contemplar
las panorámicas del pueblo que aparece diminuto ante las grandes montañas
de cumbres níveas que los rodean. El encargado de CONAF, John Bahamondez,
es una gran ayuda para recibir consejos y rutas sobre las muchas
actividades de senderismo, rutas a caballo, pesca o navegación que se
pueden realizar en los alrededores. Se puede incluso llegar a un glaciar
con una marcha de cuatro horas. Eso sí, incluso en verano hay que ir muy
abrigado.
Este
poblado de apenas quinientos habitantes está en la única gran extensión
llana de la zona. Sus habitantes miman su villa, el pueblo está
impecable, todas las casitas son unifamiliares con un terrenito que les
rodea y la estructura es de cuadrícula bien ordenada. A algunas casas se
las ve viejas y algo destartaladas pero hay otras muchas que son una
belleza pintadas de vivos colores, ya se trate de una encantadora
construcción de madera con tejuelas o la funcional de chapa. El cariño a
su villa hace que la municipalidad esté estudiando una ordenanza que
regule a las nuevas construcciones para que se levanten de tejuelas de
madera, una sabia decisión pero que todavía no ha sido aprobada por el
costo extra que supone para los vecinos. Las hermosísimas casas de
tejuelas son obviamente más caras que las de chapa pero también es
evidente que el pueblo quedaría mucho más hermoso, no hay más que ver
los rincones de Villa O'Higgins donde se han levantado ese tipo de
construcción tradicional.
Su
parque público para pasear, hacer picnics y los imprescindibles asados
comunales así como su zona de juegos para niños -entera de troncos de
madera- son una delicia. Nos acercamos a Puerto Bahamonde con Nora, es el
embarcadero del lago O'Higgins y desde donde parte cada sábado la barcaza
"Soberanía". Su recorrido es sencillo y su misión clara:
llegar hasta un minúsculo puerto argentino (desde donde se puede entrar y
salir de Chile a pie, caballo o bicicleta tan solo) haciendo escala en
todos los pequeños asentamientos ribereños cercados por la naturaleza
para comunicares con el mundo exterior.
UN
PUEBLO SIN CALLES
Nace un nuevo desafío gracias a un cartel que aparece en la Carretera
Austral:
Barcaza General Carrera
Tramo: Puerto Yungay - Tortel.
Fechas: días 15 y 30 de cada mes.
Zarpe: 14 horas.
¡Caleta
Tortel! Resulta que la barcaza que nos cruzó desde Puerto Yungay a Río
Bravo ... los días 15 y 30 de cada mes va a Caleta Tortel. Es estupendo,
habíamos leído sobre ese remoto enclave pero lo consideramos fuera de
ruta porque es inaccesible por tierra y requiere alquilar una lancha
privada, dejar el coche solito en un embarcadero desamparado, pernoctar en
el pueblo y regresar con otra larga navegación. Lo consideramos muy
complicado y lo desechamos pero al ir una barcaza grande y pública la
cosa cambia y nos da una gran alegría.
Pero,
¿por qué esa euforia? Caleta Tortel es realmente un lugar único y
curioso. No se trata tan solo del hecho que no se puede llegar por tierra
(hay muchos lugares así) es que el pueblo no tiene ni calles. Aunque un
helicóptero depositase un vehículo ... este no se podría mover de donde
ha sido depositado. Para ir de una casa a otra ni siquiera se puede
circular en bicicleta, barca o caballo. Se trata de una aldea levantada
sobre palafitos que trepan por las laderas de los cerros que la
configuran. El río, las montañas y el bosque la impregnan de su seña de
identidad, le da el sentido a su existencia. Toda ella está unida por
pasarelas de madera y escaleras; para desplazarse tan solo queda el
"coche de San Fernando": un ratito a pie y otro andando. Para
sus "relaciones exteriores" tienen el caballo, compañero
imprescindible, y las barcas. Estas últimas, ya sean en forma de botes,
lanchas, balsas o chatas de ciprés (única de los habitantes de la
zona del Baker y que no se dan en ninguna otra parte del país), son
imprescindibles para su subsistencia: desplazarse, comerciar y pescar por
los caudalosos ríos Bravo, Baker y Pascua.
-Es
que hasta nos cuadran las fechas. La barcaza parte pasado mañana a Caleta
Tortel. Ni siquiera tendríamos que esperar, es justo el día que llegamos
a Puerto Yungay -le digo a Marián con satisfacción.
-Y regresa al día siguiente, tiempo suficiente para visitar el
pueblo -me ratifica.
-Pero es que hay más. En esa barcaza cabe nuestro Montero, ¿te imaginas
llegar con nuestro todo terreno a Tortel? Aunque no podamos circular sería
estupendo llegar con todas nuestras cosas ...
- Y nuestra casa -me interrumpe Marián.
-Sí, tendríamos hasta un sitio donde dormir, los computadores, los
cargadores de baterías, ... todo.
-Pues yo creo que si hay sitio ... el capitán puede dejarnos. Parecía
muy majete.
-No perdemos nada por intentarlo.
Regresamos
al minúsculo y solitario muelle de Río Bravo. Este punto de embarque es
una aventura. Tan solo hay una barcaza ("Lago General Carrera")
porque según nos contó el comandante en jefe del destacamento de Puerto
Yungay ... ya costó Dios y ayuda traer esa pequeña nave hasta aquí. En
Puerto Yungay (el otro extremo, a 30 minutos de navegación) está el
destacamento militar y se sabe qué pasa con la barcaza y dónde está;
incluso en caso de emergencia tienen comunicaciones, comida, agua, víveres
... y hasta televisión satélite con 50 canales nacionales e
internacionales. Todo a disposición de los viajeros necesitados porque
los carabineros y militares de Chile tienen una hospitalidad desmedida.
Pero en el embarcadero de Río Bravo no se sabe un colín. No se puede
divisar desde ningún lugar el lejano embarcadero de Puerto Yungay y se
está allí más sólo que la una, no hay nadie, ni un triste refugio, ni
un teléfono, nada de nada. Si la barcaza se ha estropeado al otro lado
puedes pasarte días sin saber qué pasa. Nosotros nos lo tomamos con
calma, teníamos todo el día por delante así que nos instalamos en una
alta curva de la pista, nos preparamos el almuerzo, pusimos música y a
esperar con los prismáticos para ver si divisábamos un puntito negro
sobre las aguas acercándose.
Y
el puntito apareció. Acercándose, acercándose, acercándose ... hasta
convertirse en la General Carrera. Llegamos solos y nos embarcamos solos,
ningún otro vehículo apareció en las dos horas de espera. Partimos al
instante. Saludamos de nuevo al capitán Díaz y tras las maniobras de
desatraque y cuando ya estábamos enfilados hacia Puerto Yungay en medio
del anchísimo canal le proponemos nuestra idea de irnos mañana con él
... y nuestra montura. Tal y como esperábamos no puso ningún impedimento
... si hay sitio. El jarro de agua fría fue su siguiente frase:
"Pero creo que no va a caber, llevamos harta carga a Tortel. No sólo
provisiones, que van en la bodega, también hartos bidones de combustible
y bombonas de gas que han de viajar obligatoriamente en cubierta y casi
seguro que la llenan. Esta barcaza es muy chica." Le agradecimos su
predisposición y ... mañana se verá si cabe o no.
El
resto de la tarde y la mañana siguiente hasta la partida de la barcaza
son tranquilas. Trabajamos en una de las cabañas del ejército, nos vimos
una película por la noche en uno de los canales del Ski Chanel y hasta
cocinamos cómodamente en su cocina. Desde la ventana vemos en el
horizonte al "General Carrera" que regresa. Llegó la hora de la
verdad."
Nuestro
más sincero agradecimiento a Lan Chile, Navimag, Cruceros Australis
y
Turismo 21 de Mayo, cuya colaboración y asesoría han sido imprescindibles para la consecución
de los objetivos de la expedición en Chile.
|

Ruta
terrestre por la Patagonia. Detalle del recorrido en link.
Aconsejamos tener el mapa detallado abierto en otra ventana para
seguir más fácilmente la crónica.

Con el año 2.002 recién
estrenado, la ruta hacia el norte se acaba de iniciar. El primer alto es
Puerto Natales y comenzamos a explorar sus alrededores navegando sobre las
aguas del seno Última Esperanza a bordo del barco "Alberto de Agostini",
bautizado así en honor al famoso jesuita italiano que exploró estas inhóspitas
tierras. La brisa marina nos recuerda sus cercanos inquilinos glaciales con
su hálito frígido aguijoneando nuestros rostros y manos, aunque mitigado
tenuemente por el espléndido sol que nos cobija. Avistamos finalmente la
meta más lejana de la singladura: el monte Balmaceda con su imponente
glaciar homónimo. (Más fotos en link).

No muy lejos del glaciar
Balmaceda ... una pequeña pasarela de madera permite desembarcar del
Alberto de Agostini para pisar tierra firme. El intenso verdor de los coigües
escolta nuestra caminata hasta aproximarnos a un caprichoso museo flotante
de esculturas de hielo. El glaciar Serrano va desprendiendo sus témpanos en
la laguna de su base, conformando una singular recepción de danzarines
multiformes helados. Sus semblantes azulados muestran las marcas descarnadas
de los trozos que bruscamente se han desprendido de su creador para iniciar
un rumbo itinerante e incierto. (Más fotos en link).

Nos despedimos del Alberto
de Agostini y de su tripulación porque vamos a regresar por otro camino, se
puede remontar el río Serrano en zodiac y eso es lo que nos hemos
propuesto. La lancha "Río Arriba" suelta amarras tan pronto como
estamos asentados con seguridad en la proa. El color lechoso de las aguas
evidencia que son nutridas por la fundición de glaciares. El viento frío
sigue hostigando sobre el rostro pero la sensación de libertad que sentimos
en el alma al navegar veloces por el enérgico río es grandiosa.
(Más fotos en link).

Cuando desembarcamos es
como volver a despertar de un profundo e intenso sueño. Nos encontramos
dentro del Parque Nacional Torres del Paine, contemplando con una claridad
absoluta el férreo granito que esculpe las regias torres de este
excepcional parque chileno. "Las
extraordinarias bellezas naturales que Dios ha prodigado en el extremo sur
de Chile, en la salvaje majestad de los montes, glaciares, lagos, fiordos,
canales y en el misterioso encanto de las selvas, no pueden dejar de atraer
a numerosos amantes de lo bello, que gozarán de visiones encantadoras e
inolvidable". Estas son las palabras con las que el padre Alberto M. De
Agostini en el prólogo de su libro "Magallanes y Canales Fueguinos"
reflejan todo lo que podemos encontrar por los parajes donde ahora nos
hallamos.
(Más fotos en link).

Muchas de sus bellezas naturales son accesibles por pistas ripiadas que te acercan a lugares tan singulares como la Laguna Amarga, con sus orillas blanquecinas por la alta concentración de sales ferruginosas que resaltan aún más el color azul de sus aguas. O la Laguna Azul, las más apartada y tranquila con un lecho morado de flores silvestres. Un estrecho y balanceante puente colgante es el encargado de acercarnos a las "Torres". (Al fondo a la izquierda).

Y por todo este prodigioso
rosario de lagos y lagunas que se diseminan a los pies del insigne macizo
hubo entre todos ellos uno que nos causó una especial y mayor admiración:
el lago Grey. Los gigantescos icebergs que habían conseguido liberarse del
glacial que los concibió cientos de metros más atrás quedan varados como
albinas ballenas en la orilla del lago. Atrapados sin poder escapar sólo
les queda el consuelo de que serán admirados gozosamente por los que allí
nos congregamos. (Más fotos en link).

Lagunas grandes, lagunas
chicas, mil matices de aguas. Bosques densos y praderas despobladas, mil
colores de vegetación. Por todos ellos habitan los inquietos guanacos, un
camélido que forma parte de la familia americana que completan las alpacas,
llamas y vicuñas. Estuvieron en peligro de extinción pero un denodado
esfuerzo ha conseguido recuperar su población y hoy en día podemos verles
corretear ágilmente por los cerros, revolcándose en la arena o pastando lánguidamente
junto a los lagos. Ahora están con sus tiernos chulangos, las crías que
nacieron el pasado mes de diciembre. (Fauna del P.N. Torres del Paine en
link).

Y antes de partir de Puerto
Natales, una visita a las oficinas de la Navimag donde nos volvemos a
encontrar con el barco Magallanes que tan buenos recuerdos nos trae de la
navegación desde Puerto Montt a Puerto Natales. La disposición de esta
naviera a ayudarnos dejándonos usar sus instalaciones, despachos e internet
están siendo de gran ayuda para llevar a cabo nuestra labor. Es como tener
bases de trabajo en los lugares más emblemáticos de la Patagonia.

En Cerro Castillo debemos
entrar en Argentina para sortear una barrera insalvable por tierra: el
inmenso e impenetrable Campo de Hielo Sur, que ha sido calificado junto con
el Campo de Hielo Norte, como el "Tercer Polo". Durante cientos de
kilómetros las esporádicas y aisladas haciendas ganaderas son los únicos
oasis de vida en un monótono y reiterativo paisaje de tierra yerma y pastos
color pajizo.

Llegó el momento de girar
hacia el oeste para dirigirnos al paso Roballos,
la entrada natural más cercana para reingresar a Chile. La Pampa
argentina se va torneando sinuosamente a medida que nos aproximamos a los
Andes. Aparecen ríos, lagos y la orografía adopta formas más voluptuosas
y sugerentes cuya máxima
expresiones se produce en el cañón que cobija la hacienda "Sol de
Mayo" con su oasis y su cogollo de árboles. El viento sigue soplando
por desquiciadas rachas, los cerros se han agrandado, los valles se han
estrechado, algunos árboles emergen de la tierra, el cielo nuboso se ha
aclarado. Un panorama realmente bello para despedir a Argentina y desear lo
mejor a los argentinos, cuyos gobernantes han sumido su moderno, próspero y
hermoso país en el caos. (Más fotos
en link).

La pista alcanza
poblaciones aisladas que hasta hace muy poco meses era imposible llegar, la
más representativa y reciente de todas ellas es Villa O’Higgins. Si
conseguíamos llegar a ella seríamos el primer vehículo español en
llegar a la "Última Frontera" de la Carretera Austral, justo a
los pies del Campo de Hielo Sur. En el camino aparecen carteles con los
nombres de las víctimas mortales de esta obra faraónica. La naturaleza no
hace distinción entre los profanadores de sus carnes y como vimos también
en el Himalaya pasa factura por igual a soldados, suboficiales, oficiales y
hasta a dos coroneles.

El tramo de Puerto Yungay a
Villa O'Higgings es el más angosto. Incluso la prensa sigue reportando
accidentes mortales de viajeros que se salen de la carretera y mueren al
fondo de un barranco o ahogados en las aguas. El último de ellos se cobró
la vida de dos personas de Villa O'Higgings. El todo terreno (llamado
"camioneta" en Chile) conducido por un residente de ese pueblo y
acompañado por un carabinero con su mujer y sus dos hijos se salió de la
carretera y se precipitó al río Bravo. El carabinero logró sacar a su
esposa y al menor de sus dos hijos, de dos años de edad, pero no pudo
rescatar ni al conductor ni a su otro hijo de tres años. Ambos murieron
ahogados en las aguas del torrente. Terribles tragedias que siguen
demostrando que la naturaleza siempre tiene la última palabra en estas
latitudes australes del mundo.

El ripio húmedo nos hace
derrapar ligeramente cuando giramos, los altos en el camino nos permiten ver
los densos bosques solitarios. Un hermoso huemul nos mira con curiosidad
cuando hacemos un alto para almorzar.

Finalmente
conseguimos llegar. Entramos en la "Última Frontera" de la
Carretera Austral (tal y como reza el cartel de la iglesia del pueblo). Un
enclave al que hasta hace poco tan solo se podía llegar en avión ... ha
llegado por primera vez un vehículo español tras más de cien mil kilómetros
por cinco continentes desde que inició su andadura desde Ceuta. Estamos eufóricos
y esta llegada se une a la ruta del Cáucaso al Himalaya por Asia Central,
el cruce del Kardung-La con sus 5.602 metros de altura y la llegada a Angkor.
Las mayores primicias de nuestra infatigable montura.
(Más fotos en link).

Las vistas
desde el mirador sobre la cabaña de CONAF (Corporación Nacional Forestal,
a cargo de todos los parques nacionales) nos permite contemplar las panorámicas
del pueblo que aparece diminuto ante las grandes montañas de cumbres níveas
que los rodean. Este poblado de apenas quinientos habitantes está en la única
gran extensión llana de la zona. Sus habitantes miman su villa, el pueblo
está impecable, todas las casitas son unifamiliares con un terrenito que
les rodea y la estructura es de cuadrícula bien ordenada.
(Más fotos en link).

Su parque público
para pasear, hacer picnics y los imprescindibles asados comunales así como
su zona de juegos para niños -entera de troncos de madera- son una delicia.
Sobre la cabaña de CONAF se aprecia el mirador del valle.

A algunas casas se las ve
viejas y algo destartaladas pero hay otras muchas que son una belleza
pintadas de vivos colores, ya se trate de una encantadora construcción de
madera con tejuelas o la funcional de chapa. El cariño a su villa hace que
la municipalidad esté estudiando una ordenanza que regule a las nuevas
construcciones para que se levanten de tejuelas de madera, una sabia decisión
pero que todavía no ha sido aprobada por el costo extra que supone para los
vecinos. Las hermosísimas casas de tejuelas son obviamente más caras que
las de chapa pero también es evidente que el pueblo quedaría mucho más
hermoso, no hay más que ver los rincones de Villa O'Higgins donde se han
levantado ese tipo de construcción tradicional.
(Más fotos en link).
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