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"No
sé exactamente
en qué momento del día llegaría Abel Tasman a la Tierra de Van Diemen,
como este célebre navegante holandés la bautizó en 1.642 al desembarcar
en su costa. Si fue a plena luz del día creo que sintió la maravillosa
sensación que nos produjo a nosotros cuando al despertar por la mañana
comenzamos a intuir la impresionante belleza de esta aislado universo al
sur de Oceanía. Durante siglo y medio se creyó que este nuevo pedazo de
continente era un apéndice colgando de Australia hacia la Antártida. Fue
el intrépido marino Matthew Flinders quien, en 1.798, consiguió
circunvalarla y demostrar que no se trataba de un istmo sino de una auténtica
isla con una personalidad propia y única. Más adelante -en 1.857- fue
rebautizada con el nombre de su descubridor, la tierra de Abel Tasman:
Tasmania.
Desde
que partimos de la bahía de Port Phillip, el mar nos ha estado acunando
mimosamente. Nada que ver con las galernas que hicieron naufragar
centenares de audaces barcos. Nuestra mirada está perdida en este
infinito cúmulo de agua, la tranquilidad de las mismas nos ha permitido
que nuestra memoria viaje en el tiempo.
Nuestra
moderna nave atraca en el puerto de Davenport, la travesía ha tomado el
nada despreciable tiempo de catorce horas pero el Espíritu de Tasmania
permite que las horas se pasen volando. Es un buque espectacular con
alojamiento en camarotes dobles, cuádruples, literas o butacas tipo avión
según el presupuesto o gustos de cada pasajero. Centenares de vehículos
pueden instalarse en su panza y en sus cubiertas nos encontramos con
tiendas, agencia de viajes, información turística, gimnasio, una pequeña
piscina climatizada, un minúsculo cine, salones, dos comedores, salas de
juego, bares, discoteca, ... Nada que ver con la nave que llevó al
resuelto Abel Tasman a estas costas. El recalaría con la inquietud que
suscita lo desconocido, nosotros con el entusiasmo de haber podido llegar
a esta ínsula que siempre nos llamó la atención por su nombre, situación
y las lecturas sobre ella. El capitán Tasman navegaría con los víveres
racionados con un rumbo improvisado, nosotros con una pensión completa en
cantidad y calidad digna de elogio y con una meta portuaria bien
determinada. Los marineros se encontraron con aborígenes, nosotros con un
tremendo montaje de barreras y casetas de los funcionarios de la
Cuarentena.
Extiendo
un papel al primero de ellos que se acerca a nuestro recién desembarcado
Montero.
-¿Ha
leído el impreso? -nos interroga un hombre con gorra de plato y escudos
en la camisa.
-Sí.
-¿Lo han entendido todo? ¿Lo necesita en otro idioma? -prosigue antes de
recoger el papel que todavía sigue en mi mano tendida.
-Sí, está muy claro. No llevamos nada de lo mencionado. -Una
cancioncilla pasa por mi cabeza: "ni siquiera un pedacito de salchichón
para montar otro numerito, tararí, tarará". Casi se me escapa una
sonrisa recordando nuestra estrambótica entrada a Australia por Perth.
Mantengo el semblante sereno y serio, tal y como requiere la situación.
-¿Ni una sola fruta, ni miel, ni verduras ni nada? Con una simple manzana
estaría usted violando la ley. Lo sabe, ¿verdad?
-No tenemos nada de nada. -El agente recoge el documento firmado y llama a
un compañero que pasea a su can retozón por todos los vehículos y
maletas.
De
nuevo un perro especialmente adiestrado husmea por todos sitios en busca
de mercancías prohibidas. Un impreso distribuido a bordo especifica todo
lo que no se puede introducir en Tasmania: frutas, verduras, carne,
semillas, productos derivados del huevo, de la leche fresca, miel, objetos
de mimbre y paja y un largo etcétera. Hay que entregarlo firmado a los
agentes para ratificar que no se transporta nada de ello. También avisan
que si tras entregar la declaración se encuentra algo prohibido, la multa
de entrada es de 100 dólares australianos (10.000 pts., 60 Euros, 55 US$)
y luego se procedería a incrementarla según cada caso y estudiar si se
lleva al "delincuente" a los tribunales para ser juzgado. La
cuarentena para evitar la propagación de plagas en el medio ambiente y la
fauna es muy seria incluso entre los distintos estados de Australia. Es un
delito muy grave pero avisan por todas partes de los motivos de ello y las
mercancías que no se pueden trasladar de un estado a otro bajo ningún
concepto. No se puede alegar nunca el "no lo sabía".
Los
tiempos han cambiado desde ese 1.642 pero la isla nos parece fascinante.
Es evidente que se ha producido una deforestación muy grave en algunos
lugares pero afortunadamente no es irreversible y todo parece indicar que
las medidas tomadas -si se respetan- devolverá la superficie original a
sus bosques. Desde hace dos decenios Tasmania figura en la escala mundial
de protección al medio ambiente como el ejemplo a seguir por todos los países.
Nos encontramos con decenas de Parques Naturales espectaculares y el mapa
nos indica infinidad de lagos, cascadas, ríos, bosques enormes, playas
despobladas, bahías desiertas, islotes con fauna autóctona como los pingüinos
y reductos con los curiosos marsupiales o con los más misteriosos
animales de la tierra: el ornitorrinco o los equidnas, ambos ovíparos y
mamíferos simultáneamente.
Toda
su fauna son producto de 50 millones de años aislados y sin ningún tipo
de interrelación con los otros continentes, han sido 50 millones de años
que han permitido que su fauna y flora gocen de una sorprendentemente
larga e ininterrumpida evolución desde que se desprendió del
macrocontinente Gondwana. Uno de los marsupiales -con muy mal carácter-
es el representante de Tasmania, otro produce pesar y remordimiento a los
lugareños por lo irreversible del caso.
Tasmania
tiene una historia de amor y odios, de bellezas y monstruosidades. Nacida
como un infierno ahora se sitúa muy cerca del cielo.
Tomamos
contacto con la naturaleza desde el primer momento. Acampamos al borde de
un río, en un claro del espeso bosque en el camino que emprendimos hacia
Launceston, la capital del norte. La noche fue fría pero el día ha
amanecido con ganas de disipar el gélido ambiente nocturno y la neblina
que los rayos de sol provoca al evaporar el rocío matutino nos envuelve
como un comité de bienvenida. Nos templamos con unas tostadas y un café
con leche que nos preparamos al calor de nuestro incombustible
infiernillo.
Launceston
es el primer contacto con una urbe tasmana y nos calienta el ánimo con su
arquitectura y espectacular entorno. Si esto es una ciudad, ¿cómo será
la naturaleza? nos interrogamos con los ojos mutuamente. Los yates se
mecen suavemente en el puerto bañado por las aguas del Tamar. Una colonia
de patos sobrevolados por gaviotas surcan las aguas del embarcadero. Las
fachadas de las casas de la colina no pueden ser más reveladoras de su
pasado con sus grandes ventanales y barandas de hierro forjado con
sobretechos que permiten pasar horas perdiendo la vista en el estuario del
Tamar. Por él llegaron Flinders y Bass intentando demostrar que Tasmania
era una isla. Poco después nació Patersonia, como la llamaron
originalmente por su fundador oficial el teniente coronel William Paterson,
convirtiéndose en la tercera ciudad creada en Australia tras Sydney y la
capital oficial de Tasmania, Hobart.
Un
murmullo nos desvía la atención dejando que la brisa se lleve las
evocaciones en las que nuestra memoria se había perdido y nos acerca de
nuevo a la naturaleza, que nos reclama rugiendo. Cuando pasamos por encima
del puente el fragor se acrecienta y allí aparece la garganta por las que
corren las aguas tumultuosas y frías del río South Esk que se precipitan
ansiosas en el Tamar. Aparcamos el Montero y seguimos a pie por un sendero
que nos conduce a través de un boscoso camino por sus entrañas. Las
cataratas vapulean las rocas que encuentran en su camino y saltan sobre
ellas en un ballet de estrellas brillantes, algodones atormentados y capas
etéreas que caballeros invisibles agitan con parsimonia y hacen
desaparecer por arte de magia. Los árboles, los arbustos, las flores se
afianzan por las laderas de los acantilados que se convierten en muros
verticales que encauzan el camino de sus aguas. Por encima de nuestras
cabezas pasa una pareja en teleférico. Sí, también todo lo que
recorremos a pie es posible divisarlo a vista de pájaro, de esos pájaros
que han estado observándonos disimulados desde las ramas de sus hogares.
El rumor de las aguas se va acallando en la misma medida que nos vamos
alejando de Launceston, donde sus calles siguen rememorando el ambiente
que casi dos siglos atrás vivieron sus primeros colonos.
DEL
INFIERNO AL CIELO
Los
campos están pletóricamente verdosos. Cientos de vacas y corderos
saborean parsimoniosamente su suculento sustento con indiferencia,
sabedores de su abundancia. La tierra es generosa en Tasmania cuando
apenas unas gotas despiertan sus instintos germinadores. Pero eso ya lo
sabían los aborígenes que quedaron aislados en esta prodigiosa isla hace
10.000 años, cuando tras el último período glacial las aguas subieron
producto de la fundición de los hielos y separó definitivamente a
Tasmania de Australia.
Los
aborígenes de la tribu seminómada de los Mouheneer quedaron aquí
aislados durante 10.000 años pero su hegemonía se terminó cuando los
colonos ingleses desembarcaron y poco a poco se apropiaban del suelo para
cultivarlo o convertirlo en pastos. Las tierras por las que
tradicionalmente habían cazado a su antojo comenzaban a acotarse. Fue
entonces cuando comenzaron las masacres, los aborígenes no aceptaban las
vallas ni la propiedad privada del ganado que se paseaba por sus tierras y
para los ingleses los aborígenes no eran más que unos animales más de
la fauna tasmana que se podía matar sin reservas. Incluso, en 1.828, el
gobernador Arthur proclamó una ley marcial que autorizaba a soldados y
colonos arrestar o disparar sin restricciones a cualquier aborigen que se
viese en terrenos colonizados.
Si
el trato a los aborígenes en la Australia continental fue cruel, en
Tasmania fue una tragedia inconmensurable, un genocidio concienzudo en
todo su sentido literal. Las cifras ... escalofriantes. En 35 años, 4.000
aborígenes masacrados frente a los 183 europeos caídos. Fueron
conceptuados como una plaga que había que exterminar. Incluso se realizó
una tremenda batida con la "Black Line" -"Línea
Negra"-, miles de colonos codo con codo, de un extremo a otro de la
isla, avanzando con el efecto de una escoba de costa a costa, todos ellos
armados con fusiles y disparando cuando avistaban a esos "seres
negros" que sobraban. Tres semanas duró la cacería humana. No les
exterminaron a todos pero los pocos que quedaron se ocultaron
aterrorizados en los escondites más recónditos y fueron muriendo sin
territorios de caza. Los capturados fueron trasladados a una reserva de la
isla Flinders (al noreste de Tasmania) para ser "reeducados".
Los
aborígenes comenzaron a morir sin reaccionar fruto de la desesperación,
tristeza, falta de ganas de vivir, malnutrición, enfermedades, ... De los
135 indígenas desplazados a la isla tan solo 47 aborígenes originales
sobrevivieron cuando llegó el día de su traslado a la reserva de Oyster
Cove en 1.847. En 1.865 falleció el último varón de sangre aborigen
pura; la última mujer -Truganini- subsistió en soledad hasta 1.876. Con
su muerte, el pueblo de aborígenes de Tasmania había dejado de existir.
Nació una nueva comunidad aborigen, un híbrido mezcla de razas y
costumbres, europeas y aborígenes, que hoy en día constituye una
comunidad de 6.500 personas asentadas principalmente en las islas Furneaux
(noreste de Tasmania) pero que no pertenecen ni a un mundo ni al otro.
Viven en su pequeño archipiélago, lejos de todo, recibiendo su pensión
vitalicia y con pocas ganas de relacionarse con la "gran isla".
Tampoco
muchos "blancos" salieron bien parados de su visita a la Tierra
de Van Diemen. Los primeros asentamientos de la isla nacieron con la misma
idea que la primera colonia australiana: servir de penal y confinar a los
convictos expatriados de la isla británica. Pero a la Tierra de Van
Diemen se enviaban a los más recalcitrantes, a los que estar confinados
en la Australia continental no parecía impresionarles ni atenuaba su
conducta. El trato de esos reclusos al llegar a las cárceles de la última
frontera no tenía nada de humano y sus condiciones eran peor que los
animales de cuadra. Los colonos y carceleros sabían que era un destino
extremo en una tierra sin piedad, su comportamiento era de puro instinto y
sin escrúpulos, nada importaba sino ellos mismos. El principio era que
todo lo que molestaba tenía que ser erradicado, ya se tratase de bosques
(para hacer pastos), animales (para proteger el ganado y cosechas) ... o
seres humanos.
En
1.856 la deportación fue prohibida y deseosos de borrar la triste
reputación y los escalofríos que producía el nombre de la Tierra de Van
Diemen se decidió rebautizarla como Tasmania. Cual Ave Fénix, resurgió
de sus cenizas y nació una nueva era. No podemos por menos que
maravillarnos por el cambio de esa sociedad dura y brutal en unas pocas
generaciones. Ahora los tasmanos son amantes incondicionales de la
naturaleza, respetuosos con todas las culturas e inquietos por el
conocimiento. Han convertido una apocalíptica isla penal en un Edén sin
igual. Estamos rodeados de naturaleza virgen y de gente tan tranquila,
amable y encantadora que se está convirtiendo en la etapa favorita por
tierras australianas. Tan solo su negra historia la impide ser perfecta.
EL
SUSPIRO DEL TIGRE
El
final del período glacial que aisló esta porción de tierra no sólo
relegó a los aborígenes a vivir con una frontera oceánica infranqueable
sino que también la fauna se vio dividida. Había un marsupial depredador
en Australia, tan sólo se salvaron los que quedaron relegados en Tasmania
puesto que la llegada del dingo (descendientes asilvestrados de los perros
traídos por navegantes polinesios hace 6.000 años) acabó con ellos al
ser competidores en el mismo ecosistema. En Tasmania logró vivir en unión
con su entorno siguiendo el ciclo de vida y muerte de su ecosistema
natural, el mismo que la isla madre antes de la llegada del dingo. Pero
miles de años después llegó el hombre blanco a Tasmania y tras
instalarse se acusó a ese marsupial carnívoro y depredador de atacar al
ganado. Se convirtieron en una molestia y comenzó la cuenta atrás. Sus días
estaban contados. Se dio consigna de caza y exterminio ... y se consiguió.
Ese
fue el triste final del tigre de Tasmania, un marsupial con cara de perro
y hocico muy afilado; largas y potentes mandíbulas que podía abrir hasta
los noventa grados y encajar como un cerrojo en sus feroces ataques. El
tilacino -su verdadero nombre- no levantaba más de 45 centímetros del
suelo y su pelaje era pardo con líneas negras tigresas que le hicieron
merecedor del nombre popular: tigre de Tasmania. Se le persiguió hasta el
último y cuando quisieron retractarse ya era tarde porque no
sobrevivieron ni los ejemplares de los zoos, incapacitados para vivir en
cautividad. El último de ellos expiró su último hálito en el zoo de
Londres durante los años treinta.
Algunos
biólogos suspiran con la idea y la secreta creencia que alguna pareja
haya sobrevivido y se encuentre oculta allí donde el hombre todavía no
ha conseguido llegar. En Tasmania, aunque parezca imposible, aún quedan
lugares sin explorar en lo más profundo de los bosques. Todo indica que
es una vana esperanza puesto que durante decenios no se ha encontrado ni
la más mínima prueba consistente que alimente esa teoría. Pero como la
esperanza es lo último que se pierde hay varios equipos científicos que
trabajan en su búsqueda y otros que indagan el modo de
"resucitarle" en laboratorio con los restos de algunos
ejemplares muy bien conservados. Pobre tigre de Tasmania, por un pelo no
llegó a los tiempos modernos de protección del medio ambiente y la fauna
en peligro de extinción. Que rabia da que haya estado tan cerca de
nosotros y se le haya exterminado porque "sobraba" en su propia
tierra.
Estamos
en el año 2.001, el primero del siglo XXI y del tercer milenio de nuestra
Era. Todo ha cambiado en Tasmania. Es el anverso de la moneda, se ha
vencido al maligno. La flora y fauna van muy por encima de los intereses
particulares de los humanos. Su tierra se ha convertido en un santuario y
su misión es mantener virgen lo inmaculado y recuperar lo mancillado.
Pero no es un santuario preservado en una urna intocable, no. Es un templo
de naturaleza para disfrutar, para vivirlo entre todos y para ello se
basan en concienciar a los visitantes sobre lo que se recorre, en el
respeto al medio ambiente y cómo comportarse con la fauna que pueda
aparecer. Tienen un tesoro y en vez de clausurarlo a doble cerrojo
mantienen el arca abierta a todo el mundo para que todos gocemos de esa
riqueza. Tan solo piden que, al igual que haríamos con una figura de
cristal que se deposita en nuestras manos, no se maltrate lo que tan
generosamente permite la comunión de nuestros cinco sentidos con la madre
tierra y sus criaturas.
La
naturaleza se intercala con la herencia de los asentamientos coloniales,
donde los convictos desempeñaron una labor crucial y siempre están
presentes. Cuando en Campbell Town, un antiguo acuartelamiento, cruzamos
el Puente Rojo construido por los convictos comenzamos a adentramos por
las Midlands. Las vacas, los corderos de lana de primerísima calidad y la
comercialización forestal son la base de su economía. Pero sus viejos
edificios de piedra son el fruto de los trabajos forzados de los penados.
En Oatlands el tribunal fue irónicamente construido por los presos y Ross
expone con orgullo su puente, una delicada y concienzuda labor escultural
de otro reo : Daniel Herbert. Supo trabajar de una forma excepcional la
piedra y su buena conducta unida al bello trabajo en los 184 paneles que
decoran los arcos del puente le sirvió para reducir su condena.
Hoteles,
iglesias, edificios de correos, colegios y casitas de campo británicamente
dispuestos y decorados son una postal de la campiña inglesa. Todo está
en su sitio, ordenado, impoluto, el césped cuidadosamente homogéneo, los
setos muy regulares, los arboles bien podados. Regresamos a Campbell Town
para dirigirnos hacia la costa este.
-¿Por
qué paras? -me dice Marián extrañada.
-Espera, es que me ha parecido leer ... hay un cartel que pone ... Espérame,
voy a verlo. -Bajo del coche y desaparezco calle abajo.
-Era cierto, te vas a reír. Ven conmigo -invitándola a seguirme hasta
donde me había desplazado a pie-. ¡Mira! -le digo esbozando una sonrisa.
Delante
de la perfectamente conservada iglesia de piedra Brickhill Memorial de
1.880 hay un cartel que me llamó poderosamente la atención pero tenía
que comprobarlo para estar seguro. Y efectivamente, lo ponía bien claro:
"se alquila o vende soberbia iglesia de piedra de 130 metros
cuadrados con cocina y baños". ¿Qué es esto?
Entramos
a curiosear y nos topamos con una señora de Sydney cortando el césped.
Ha decidido dejar el ajetreo de la gran ciudad y establecerse en este
tranquilo entorno. La "iglesia" ha sido su elección, tan solo
le queda retirar el cartel de "se vende". La ha comprado junto
con los mil metros cuadrados de terreno y la antigua vivienda del clérigo,
donde se ha instalado temporalmente en espera de acondicionar la propia
iglesia como su casa y hogar permanente.
Nos
explica la peculiaridad australiana de la puesta en venta de edificios
religiosos históricos y nosotros le explicamos la sorpresa de ver el
cartel y detenernos porque en Europa el clero nunca se desprende de sus
edificios históricos completamente. Puede que alquilen o vendan tierras o
incluso parte de sus dependencias pero siempre conservan la parte
sacralizada.
-Pues
si os extraña una casa-iglesia, entonces os voy a sorprender todavía más
al deciros el uso anterior a mi compra: ¡era un pub! -nos dice justo
antes de poner nosotros cara de incredulidad-.
-¿De veras?
-Sí, sí. Mira, ahí está el rótulo que colgaba a la entrada -señala
un hermoso óvalo de metal decorado a la antigua-. El nombre del disco-bar
-prosigue- era "The Church". ¿Acaso podían llamarlo de otro
modo? Pasar, os voy a enseñar el interior.
El
interior de la iglesia está en tan perfecto estado como el exterior pero
adaptado a su uso lúdico. Las instalaciones están todavía montadas:
cocina y servicios en lo que fue la sacristía. Vemos los focos que
resaltaban las vidrieras de vivos colores formando resplandecientes
mosaicos con santos y escenas bíblicas. El órgano sigue en la parte
superior pero su planta había sido convertida en la terraza interna
elevada con vista panorámica. La barra está situada en lo que antaño
fue el altar. Visualizamos imaginariamente el vino sagrado sustituido todo
tipo de bebidas alcohólicas fuertes y sus combinados mientras los
clientes oían música disco y bailando. ¡Todo tan insólito! No hay
sacrilegio alguno porque ha sido desacralizada cuando se puso
originalmente en venta pero es sorprendente cuando uno lo ve por primera
vez y se imagina la escena.
DEMONIOS
CARA A CARA
Encaminados
definitivamente nuestros pasos hacia la costa este de la isla, rumbo a
Bicheno, donde Cármen González de Amezúa -tan protectora y pendiente de
nosotros desde su cargo de cónsul de España en Melbourne - nos ha
preparado una visita para hacer una alto entre españoles mientras
recorremos Tasmania. El atardecer se aproxima a pasos agigantados,
instante en el cual la fauna marsupial -predominantemente nocturna-
comienza a movilizarse para buscar la cena (o el desayuno, según se mire,
porque acaban de despertarse). Es el momento de extremar las precauciones
al volante y agudizar la vista para evitar que ningún tipo de animalillo
acabe entre las ruedas de nuestro vehículo. Vamos lentos, disfrutando del
paisaje tras una escueta visita al lago Leake del parque nacional Douglas
Apsley. Por la velocidad pausada no se levanta demasiado polvo cuando
freno en seco sin aspavientos.
-¡El
demonio, es el demonio! -anuncio a voces a Marián señalando el margen
derecho de la pista. Es cierto que el demonio se le aparece a uno cuando
menos se lo espera.
-¡Es verdad, no me lo puedo creer! -bajamos del coche apresuradamente sin
ni siquiera coger el equipo de fotografía o vídeo. De todos es sabido
que el demonio es muy rápido en sus actos. Yo llego antes a su altura
puesto que ya ha alcanzado el margen izquierdo al terminar de cruzar.
-Aquí está, ven, corre. Está parado, lo tengo a un metro.
-¿Te ha hecho "eso" con los dientes? -me pregunta Marián al
llegar a mi altura y tenerlo prácticamente al alcance de la mano.
-Claro que sí, ahora mismo. Mira, ya verás como lo hace otra vez -y
avanzo la mano hacia él. El demonio abre sus sonrosadas fauces para
mostrar sus dientes amenazadores mientras emite un sonido desafiante.-
Demonios cara a cara, ¿eh? -prosigo con una sonrisa de diablillo.
Estábamos
realmente frente a un demonio, el demonio de Tasmania. Famoso por los
dibujos animados de la Warner Brothers pero con un aspecto totalmente
diferente al remolino demoledor que nos traen los tiernos recuerdos de la
infancia televisiva. Si el tigre de Tasmania es el marsupial que produce
pesar y remordimiento a los tasmanos, el demonio de Tasmania es su
marsupial característico. Tan solo existe en Tasmania y, al igual que el
tilacino, con el aislamiento de Tasmania hace diez millones de años unos
ejemplares quedaron en la gran isla y otros en la pequeña. Los de la gran
isla desaparecieron, posiblemente también debido a los dingos ya que
ambos eran carnívoros y competidores, pero los de la isla pequeña
-Tasmania- siguieron tan campantes con su vida habitual.
Ahí
tenemos enfurruñado a ese pequeño carnívoro, un animalito peludo, negro
y con una franja blanca. El "eso con los dientes" a lo que se
refería Marián era su actitud típica con todo lo que se mueve. Es un
bichillo con un genio de mil demonios, siempre malhumorado y agresivo que
se pasa la vida enseñando su poblada y afilada dentadura al tiempo que
gruñe emitiendo su característico sonido amenazador. Es su pose favorita
. Pues a pesar de su mal humor me hizo una especial ilusión, el animal
emblemático de la isla apareció sorpresivamente y de la nada para darnos
-a su manera- la bienvenida. Quedamos encantados con el inesperado
encuentro. La noche consigue ocultarlo en la espesa jungla por la que se
escabulle apresuradamente. Nosotros también tenemos una cita para cenar
pero con una pareja con un humor y encanto que nada tiene que ver con el
pequeño demonio.
Javier
y Arancha nos esperan para cenar. Esta pareja lleva casi media vida
viviendo por estas latitudes australes. Aún recuerda Arancha, divertida,
cuando intentó beberse una cerveza en un bar australiano en los años 60,
recién llegada de San Sebastián y cómo la camarera le espetaba en un
inglés, todavía entonces incomprensible para ella, que aquel lugar era sólo
para hombres. Ha llovido mucho desde entonces y todo ha cambiado. Javier,
por su parte, es un explorador incombustible que se conoce bien a fondo
los territorios del norte y dejó reflejado sus interesantes conocimientos
en un libro cuidadosamente documentado y hermosamente ilustrado. En Papua
Nueva Guinea, durante los años 70, consiguió explorar lugares donde el
hombre blanco no había puesto nunca el pie. Arancha recuerda con
estremecimiento lo tremendamente delgado que regresó tras esa arriesgada
empresa a la que se aventuró con un grupo de indígenas con los que
retornó tan exhausto como satisfecho.
Charlamos
hora tras hora al calor de la chimenea y de una buena botella de vino
australiano. Al día siguiente Javier nos enseña los alrededores y nos
lleva hasta un lugar repleto de conchas que había servido de asentamiento
a un clan de aborígenes. El día está radiante pero sopla un fuerte
viento y Javier nos comenta que los más jóvenes gustan de aprovechar
esas olas para practicar uno de los deportes bandera australianos: el surf.
Han
sido tan solo dos días con ellos pero cuando nos despedimos de Arancha y
Javier sentimos como si nos despidiéramos de unos amigos de toda la vida
por la similitud de inquietudes y pensamientos. Su acogida fue desde el
primer momento cariñosa y entrañable y no nos extraña que se hayan
instalado definitivamente en este lugar tremendamente bello. Su propio
terreno tiene salida directa al mar y desde los grandes ventanales del salón
se disfruta permanentemente de las incomparables vistas al océano y de
los delfines que tienen el buen gusto de pasear por esta costa. Viven en
un lugar único y se nota que son felices.
Los
radiantes días que han iluminado hasta ahora nuestros pasos por Tasmania
han dado paso a una espesa nubosidad grisácea y amenazadora. La costa
tasmana ha perdido brillantez porque el disco solar se ha negado a
iluminarla pero no ha perdido la fuerza que la caracteriza. Cuando nos
paramos en algunas de las curvas que nos acercan a Port Arthur es increíble
comprobar la furia con la que de nuevo el mar golpea sin descanso los
acantilados del litoral.
Nos
impresionó cómo el mar ha moldeado los acantilados de la Gran Carretera
del Océano pero la costa tasmana no se queda atrás en las sacudidas que
recibe. De nuevo el efecto indomable del mar salvaje ha penetrado en la
tierra. Su atracción fatal le empuja sobre esa tierra que no para de
desafiarle para comprobar hasta donde es capaz de llegar por ella. De
nuevo le moldea arcos y las gargantas abiertas parecen susurrarle "¿eres
capaz de hacer algo mejor?". Y el mar siempre acepta el reto e
incansablemente consigue apoderarse de ella un poco más. Sigue avanzando
con ese ruido estremecedor y violento que desencadenan sus lacayas las
olas sobre los protectores acantilados que la tierra ha colocado para
defenderla. Espuma, mucha espuma, la espuma lo inunda todo en cada nueva y
pasional embestida por conseguir penetrar en esa tierra provocadora.
Un
regusto salado me invade el paladar cuando me mojo los labios mientras me
muevo por el temido penal de Porth Arthur. El lugar parece una finca de la
campiña inglesa pero cuando el gobernador Arthur eligió en 1870 este
enclave para encerrar a los presos reincidentes sabía muy bien lo que hacía.
Los menos de 100 metros de tierra que unían el istmo con la isla eran
perfectos para levantar lo que el consideró una prisión natural. Fuera
de esa salida estaba tan solo el mar para los hipotéticos fugados, un mar
frío, violento y con peligrosos escualos. Durante 47 años unos 12.500
condenados pasaron por sus muros. Muchos de ellos auténticos criminales,
otros simples desheredados sociales que había que desterrar de una
Inglaterra que quería quitarse problemas de encima.
Port
Arthur se convirtió en una ciudad-prisión. Sobreviven los restos de la
iglesia con sus nichos individuales para impedir la interrelación entre
presos durante los oficios, los bloques de celdas de aislamiento, de las fábricas
donde elaboraban productos como clavos, zapatos, ladrillos. El aserradero,
los astilleros, hasta minas de carbón, ... siguen en pie como viejos
fantasmas donde las almas de los condenados siguen cautivas. Los
habitantes de Porth Arthur creen que son las almas en pena las que
provocan una serie de extraños fenómenos a los que no son capaces de dar
explicación. Las agencias de viajes han sabido sacarle partido a las
historias "parapsicológicas" que corren de boca en boca creando
espectáculos nocturnos macabros que parecen satisfacer a los que
disfrutan con las historias de miedo.
Marián
prefiere repasar la historia a la luz del día y con los pies sobre la
tierra que tragarse un episodio en vivo de supuestos fenómenos
paranormales a los cuales no es para nada adicta. Preferimos compartir la
velada nocturna con gente real de carne y hueso que nos recibirían mejor
que los espíritus atormentados de convictos desterrados.
Mª
José y Esteban, junto con su hijo Javier, nos esperaban impacientes en
Hobart, la capital. Fue la segunda visita española que nos preparó la
infatigable Carmen desde Melbourne. Esta simpatiquísima pareja de biólogos,
de vocación y profesión, estaban ansiosos por recibir españoles.
"Hace tanto tiempo que no recibimos españoles en casa que os vamos a
secuestrar", nos dice un dicharachero Esteban que nos abraza y nos
introduce en su casa nada más llegar. Hace diez años que le propusieron
la posibilidad de irse a Tasmania para formar parte de la prestigiosa
comisión de estudios de recursos marinos antárticos "Comission for
the Conservation of Antartic Marine Living Resources". Fue designado
para el puesto y como el tiempo pasa volando ... ahora están a punto de
concluir una década desde que llegó y deben regresar a España. Tienen
el corazón dividido porque aman Tasmania, aman una tierra en la que han
vivido algunos de los años más felices de sus vidas, una tierra que le
ha proporcionado momentos que nunca podrán olvidar.
Nosotros
tampoco podremos olvidar a estas dos parejas españolas que nos han
acogido tan entrañablemente, quién nos iba a decir que íbamos a
encontrar tan lejos de casa a unos compatriotas tan acogedores.
PASEANDO
POR SALAMANCA
La
historia australiana es corta. No hace falta remontarse muchos siglos atrás
para rememorar sus episodios históricos. Pero Hobart, la capital, se hace
merecedora de ostentar el pasado colonial más antiguo de Tasmania. Aunque
comenzó siendo un montón de tiendas y cabañas en 1.803 con 262
habitantes -de los cuales 178 eran convictos- en unos años se convirtió
en una verdadera ciudad con edificios de estilo inglés clásico donde el
puerto tenía concentrada la actividad de la población: construcción
naval, comercio de ballenas y exportación de cereales y de lana de los
borregos merinos.
Nos
sumergirnos en la corriente de la gente que deambula por el cautivador
mercado semanal de la Plaza de Salamanca... ¿Salamanca? No resulta extraño
encontrar nombres españoles en el Sur de América, tiene su razón de ser
pero ... ¿en Tasmania? Pues sí, la plaza mas popular y conocida de
Tasmania es Salamanca Place, por una batalla librada en la ciudad española
en 1.812. España es cada vez un recuerdo más y más lejano, cada vez más
diluido entre la realidad que vivimos día a día en un camino que nos ha
llevado al otro extremo del planeta. Ya han pasado dos años y medio desde
que cruzamos los Pirineos un soleado primero de junio del año 1.999.
Los
almacenes de gres al estilo georgiano que arrostran la plaza sirven cada sábado
de telón de fondo al entretenido mercado semanal. Las piezas de madera de
pino de Huon, un árbol muy apreciado utilizado para la construcción
naval y la ebanistería exclusivo de la isla, han sido talladas para dar
forma a relojes, marcos, ceniceros o pimenteros. Los sombreros de piel de
canguro o cocodrilo no faltan en ninguna de las sombrererías ambulantes.
Un montón de peluches reproducen a su diablo de Tasmania en todos los
tamaños aunque con su pelo negro, boquita rosada abierta, cara de malo y
enseñando dos dientecillos blancos parece el cachorro malcriado del lobo
feroz que tan infructuosamente acosó a Caperucita Roja.
La
música en todas sus expresiones flota por cualquier rincón del
mercadillo ... una mujer arranca una bellas notas a un arpa que acaricia
dulcemente. Un grupo de jazz nos deleita y reciben vítores junto al pub
irlandés Murphy’s. Unas calles más abajo un grupo peruano despierta
pasiones con música andina mientras unos niños de no más de tres años
bailan a su alrededor capturados por el ritmo. Cuando terminan su actuación
dicen "thank you very much y mucha gracias, por si hay alguien que
hable español". Ya creo que los hay y hasta han tenido el placer
exclusivo de ser de los pocos que han entendido la letra de sus bellas
canciones.
Las
vietnamitas hmong -¡cuánto tiempo sin verlos!- se encargan de vender
verduras y frutas mientras unas parejas de una academia de baile captan
las miradas y detienen los pasos de los paseantes con sus complicados
pasos de foxtrot. Pues de eso se compone la población australiana, de
emigrantes de todo el mundo, principalmente ingleses e irlandeses, seguido
de italianos, de griegos, chinos, vietnamitas, malayos, indonesios, españoles,
... hasta de Sudamérica, como los ecuatorianos nostálgicos que nos
encontramos mientras nos preparábamos una barbacoa en uno de sus muchos
emplazamientos públicos al borde de ríos y lagos.
Pasear
por el mercado de Hobart es como pasearse por un mundo en miniatura. Tras
los edificios de la animada plaza nos paseamos por el parque de San David.
El parque contiene las lápidas de los primeros colonos de aquellos que
voluntariamente -o huyendo de algo- pusieron por primera vez los pies en
la isla. Tras ellos muchos otros han seguido viendo por primera y última
la luz en los doscientos años de existencia de la bella capital. Entre
ellos el famoso galán de la década de los 40, Errol Flyn que nació en
Hobart a principios de siglo, el primer tasmano que se convirtió en una
estrella de Hollywood pero acabó sus días al otro lado del Pacífico. Un
Pacífico que por todo el sur de la isla les proporciona unas
posibilidades de pesca envidiables.
DE
LAS ENTRAÑAS DE LA TIERRA
Si
hay algo que caracteriza el oeste de Tasmania son sus tesoros naturales
pero hay que equiparse muy bien contra el frío y la lluvia para lanzarse
a un trekking por el bosque. Insisten hasta la saciedad para que dejes
constancia a los Rangers de cuándo y por dónde vas a llevarlo a la práctica.
Los accidentes por la climatología o el encuentro con alguna serpiente
incómoda por la presencia humana podría producir tragedias con un final
irreparable. Hay zonas incluso por las que nunca ha llegado a introducirse
nadie. Desde las orillas del lago más profundo de Australia -el lago St.
Clair- parten muchos caminos de senderismo que pueden incluso unir puntos
como el Monte Cradle en su vertiente norte. El bosque tropical húmedo reúne
un cúmulo de atractivos naturales como lagos con aguas glaciales,
gargantas profundas, picos recortados como agujas que el sol no se digna a
visitar. Apenas un día claro entre diez y de los nueve que quedan ...
siete serán lluviosos. El nombre de bosque tropical húmedo no se le ha
dado arbitrariamente. Los refugios diseminados por el parque darán buen
cobijo a las frías marchas emprendidas, algunas de ellas -para los más
curtidos- de hasta varias semanas y como cualquier tipo de fogata está
estrictamente prohibida ... hay que ir bien equipado por si no se alcanza
el refugio o está completo.
Pero
este entorno salvaje, ahora muy protegido, ha visto peligrada su
existencia en algunas zonas debido a la explotación forestal, la
construcción de embalses o por la explotación minera. Los ecologistas se
han preocupado en defenderlos a capa y espada y parece que han sido oídos.
Oro
verde en la corteza, oro amarillo en las entrañas. El resplandeciente
metal dorado descubierto le dio unos buenos zarpazos a una tierra que
todavía conserva las cicatrices de su intensa explotación minera. Cuando
cruzamos el lago Burbury una sinuosa carretera nos muestra la fisonomía
desnuda de la tierra. Curva tras curva brotan las cicatrices ocres y
rojizas de un terreno desposeído del oro y cobre que atesoraba en su
interior, hemos llegado a la ciudad minera de Queenstown. En veinte años
desaparecieron quemadas en los altos hornos de las minas 3 millones de
toneladas de madera que habían cubierto una tierra ahora descarnada pero
sobre la que se comienza a atisbar el fruto de la reforestación.
Las
fotos antiguas de los mineros dan una idea de lo que fue pero lo que más
nos impresionó fue el manuscrito del capataz de una mina que escribía a
la gerencia: "La sopa, la leche y el té han llegado en buenas
condiciones pero si vamos a estar aquí abajo mucho más tiempo necesitaríamos
algo más como galletas, queso o sándwichs. Los hombres tienen hambre y
algunos comienzan a sentirse bastante mal. ¿No nos podrían dar una idea
de cuanto tiempo más vamos a estar aquí?". Es un escrito que lo
dice todo. No creo que haga falta añadir nada más. Queenstown, ruda y
salvaje al nacer se nos muestra ante nuestros ojos ordenadita, limpia y
con algunos edificios coloniales realmente hermosos.
Strahan
era el puerto encargado de enviar por mar los tesoros que habían
arrancado al suelo pues el acceso por tierra hasta la zona era inexistente
en aquellos tiempos. Hoy en día Strahan es otro pueblo romántico y entrañable
con cuidada arquitectura colonial donde dan ganas de languidecer sin reloj
ni calendario.
Y
en medio de la bahía de Macquaire, la isla de Sara, peñasco rocoso
fortificado donde se confinaban los convictos más peligrosos de la
primera época de Tasmania. La furia de los convictos era descargada en
los trabajos forzados durante los cuales les obligaban a cortar pinos para
construir barcos y muebles. Esta temida penitenciaria se cerró cuando
abrió el enorme complejo carcelario de Port Arthur y ahora es tan solo
destino de oleadas de barcos con turistas en pantalón corto.
Dunas,
¡también hay dunas en Tasmania! Las dunas de Henty, cuando ponemos rumbo
al pequeño pueblo de Zeehan, nos muestran sus lomos apelmazados por la
fuerte borrasca que se ha desplomado sobre ellas. No se trata del Sahara
porque no ocupan una gran extensión frente al Océano Índico pero su
encajonamiento entre los bosques y el intenso azul de las aguas marinas lo
hace único. Los treinta metros de la duna más alta nos obliga a esforzar
nuestras piernas para que asciendan por su empinada pendiente. La lluvia
ha cesado, el viento no. Pero a pesar del empeño del vendaval no consigue
levantar ni una sola partícula de arena. Es la primera vez en nuestras
vidas que las dunas son más fuertes que los soplidos de Eolo y no nos
martiriza con las perdigonadas de los granitos de arena.
Si
a las colinas de Queenstown le fueron despojando de su oro y cobre, Zeehan
ocultaba plata y plomo. La nueva Silver City era un hervidero de gente que
llenaban sus 26 hoteles, el Grand Hotel es la prueba viviente del
esplendor que gozó la ciudad junto al Teatro Gaiety que podía reunir
hasta 1.000 espectadores. Espectadores que consumían sus pingües
beneficios bajo los focos de la representaciones teatrales. De nuevo la
tormenta irrumpe en Zeehan convirtiéndole en una villa fantasma que
oculta a sus habitantes tras las paredes de sus caldeados hogares.
Esa
noche hizo frío, mucho frío. Pero en Tasmania ya rizan el rizo con sus
áreas de descanso públicas, nos encontramos con la mejor de toda nuestra
ruta australiana. Prácticamente era una casa de piedra pero con porciones
de muro abiertas, servicios completos, electricidad, bancos y mesa de
madera tipo picnic, barbacoa gratuita de gas y chimeneas. ¡Chimeneas de
piedra protegidas de los vientos y techada! No podíamos dar crédito a
nuestros ojos, auténticas chimeneas. Era como un refugio de montaña pero
sin ventanas y con grandes puertas abiertas. Fue muy fácil encontrar
kilos y kilos de ramas muertas en el bosque que nos circundaba. Ni la
lluvia ni el frío nos importaba, el fuego danzaba ante nosotros calentándonos
mientras saboreábamos unas sopas bien calentitas. Abrazados ante la
hoguera en un noche espesa solo éramos iluminados por el resplandor de
las brasas mientras oíamos música tranquila y leíamos un libro
saboreando un buen chocolate caliente. No daban ganas de irse a dormir,
teníamos leña y así estuvimos hasta altas horas de la madrugada, cuando
el sueño nos venció y nos desplazamos a la orilla de un río para
acampar separados de la carretera general.
Cuando
llegamos a la costa norte el viento había empujado la borrasca hacia el
interior y ya nos permite disfrutar de una radiante jornada. El mar vuelve
a ser azul, el cielo retoma sus tonos celestes, la hierba resplandece con
su brillante esmeralda. Por fin el viento consiguió arrancar ese horrible
manto grisáceo que lo emborronaba todo.
Desde
el centenario faro de la Table Cape, en Wynyard, disfrutamos de la fiesta
de color con la que nos emborrachábamos gracias a un inmenso campo de
tulipanes que la tierra ha tenido el gusto de parir con la esmerada ayuda
del hombre. Miramos nuevamente el faro e instintivamente al inmenso océano.
Nos dice claramente que hay otro faro que nos está llamando y como las
sirenas de Ulises ... imposible no caer bajo su hechizo. Esa nueva luz
proviene de un punto a miles y miles de kilómetros, en otro continente,
en un país llamado Chile, en un puerto bautizado con el sugerente nombre
de Valparaíso. Hemos de regresar a Devonport, el Espíritu de Tasmania
nos espera.
LA
ÚLTIMA MIRADA
Enlatamos
nuestro Mitsubishi Montero al poco de regresar a Melbourne. De nuevo solos
sin hogar, sin la protección de sus cajas fuertes para nuestros equipos,
sin montura, separados de nuestro fiel amigo. Yo mismo supervisé bajo la
lluvia la operación de amarre del Ceuta-2.000 dentro de un triste y
abollado conteiner de chapa. Las nubes seguían llorando. Un precinto metálico
numerado sella el portón nada más sumergir a nuestro camarada en la
oscuridad más absoluta. Nos quedamos con él hasta que un gigantesco camión
se acopla al remolque y lo hace desaparecer para más de un mes. Nos
veremos en América compañero.
Carmen
sigue siendo nuestro ángel protector en Melbourne y nos instala en su
casa con todo nuestro material. Nos invita a cenar y nos reímos todos
juntos cuando me regaña repetidamente por permitir que una "niña"
como Marián esté en un fregado como la Ruta de los Imperios, repleto de
peligros e incertidumbres. Brinda por un exitoso final de ruta a través
de nuestro último continente y nosotros brindamos por ella y su
desbordante hospitalidad y ayuda. Mañana partimos en la "Rosa de
Chelsea".
Un
gigantesco Boeing 747-400 de la British Airways tiene un cordón umbilical
unido a la terminal del aeropuerto de Melbourne. El espectro del terrible
11 de septiembre sigue tan vivo como si fuese hoy el día después a esa
trágica fecha. Justo antes de subir al Rosa de Chelsea nos someten a un
registro de equipaje de mano como pocas veces he visto en mi vida. Pasta
dentrífica testada, perfumes olidos, botes de spray pulsados, bolígrafos
accionados, ... y todos los ordenadores portátiles debían de ser
iniciados para probar su funcionamiento. Aunque la organización
terrorista Al-Qaeda y el tenebroso régimen talibán afgano están ya
difuntos todavía se teme la posibilidad de algún acto esporádico y
aislado perpetrado por individuos que desfiguran a los verdaderos
musulmanes y siguen una patética rama del Islam que practica los
sacrificios humanos en sus rituales.
Nada
sospechoso en los cientos de pasajeros inspeccionados con lupa. Somos los
últimos en embarcar. Nuestro abultado equipaje de mano lo configura un
sinfín de tecnología y material: dos ordenadores portátiles, la
grabadora de Cd-Rom Hewlett Packard, el teléfono satélite
Inmarsat Ibérica, la cámara digital Olympus, el equipo de fotografía
para diapositivas, el equipo de vídeo así como decenas de cintas de vídeo
y más de un centenar de carretes de diapositivas que tienen que llegar a
España. Todo es revisado y pasa el control sin problemas. Caminamos por
la pasarela y nos adentramos en nuestra Rosa. Un tripulante nos indica que
nuestros sitios están ubicados en la planta superior, la British Airways
ha vuelto a tener la deferencia de instalarnos en su particular mansión
de confort: la clase Club World.
Tras
meses de acampadas nos resulta extremadamente atractivo vernos rodeados de
comodidades, atenciones y lujo y más aún cuando recibimos la agradable
sorpresa de constatar que desde la última vez que viajamos con la British
Airways -hace un año desde Islamabad- la espectacular clase Club World ha
seguido progresando y está siendo renovada en sus aviones. La han hecho
todavía más ostentosa con butacas envolventes independientes,
emparejadas cara a cara y con regulaciones insospechadas hasta convertirse
en cama. El resto de nuestra vivencia áulica es deliciosamente gastronómica
y tecnológica con monitores independientes de alta resolución, 12
canales de audio, 17 canales de programas de vídeos de todo tipo y películas
-que devoramos tras tanta abstinencia-, mando a distancia, teléfono satélite
individual en cada butaca y un sin fin de gadgets para el confort. Para
nosotros es un Palacio de las Mil y Una Noches volante.
Los
pitidos del pasillo telescópico indican que éste se ha desenganchado y
se aleja de la aeronave. Los motores rugen, comenzamos a movernos.
Recordamos la pregunta de Carmen, nómada por su carrera diplomática:
"vosotros que habéis estado en tantos sitios, ¿cuál es el mejor
sitio para sentirse a gusto y seguro en una vida sedentaria?". Casi a
coro la contestamos: "estás en ese lugar". Y era cierto,
mientras las ruedas giran y el morro tatuado con "Chelsea Rose"
se alinea con las trazos discontinuos del centro de la pista de despegue
pensamos en Australia y en la deliciosa experiencia que hemos vivido.
Tiene
lugares de espléndida belleza pero no es el lugar más bello e insólito
que hemos recorrido -podríamos citar decenas de lugares más
espectaculares- pero sí donde más a gusto, cómodos y seguros nos hemos
sentido. Durante los meses dedicados a esta etapa hemos llegado a conocer
lo más importante del país y ya hemos hablado muy seriamente de regresar
... pero no para ver y ver más cosas sino para vivirlo y sentirlo más
profundamente, sorbo a sorbo, gota a gota. Ser nómadas por un continente
sin fronteras, saltando de una estación a otra, viviendo el ecosistema
que apetezca en ese momento, respirar paz y tranquilidad al calor de las
fogatas en el outback, en playas, montañas, junglas, lagos o ríos. Estar
lejos de los problemas tan acuciantes que padece el agobiante occidente.
Visitar de nuevo sus estupendas bibliotecas -donde tantas y tantas horas
hemos pasado trabajando y navegando por internet-, recibir los buenos días
y adioses de auténticos desconocidos que te sonríen y saludan por el
simple hecho de cruzarse contigo. Las charlas en campamentos donde todo el
mundo parece conocerse tras intercambiar tres palabras. Queremos regresar
para un nomadismo de un año o más, quizás la contestación que le dimos
a Carmen se aplique algún día a nosotros y sea el lugar para hacerse
sedentario ... o eterno nómada, como hacen muchos australianos.
No
es un objetivo inmediato porque nuestra vida post-expedición va a
requerir varios años para poner todo en orden y también tenemos en la
"carpeta de regresos" la otra parte del globo que más nos ha
maravillado por su cultura, naturaleza y sobre todo por sus gentes: la
ruta Siria, Turquía, Irán, Paquistán y Ladakh. Junto con la vivencia
australiana, son las dos rutas que sabemos que se repetirán. Parte de
nuestras almas se han anclado en esos lugares y hemos de retornar para
reunificar nuestro "Yo" espiritual y vivir en paz con nosotros
mismos.
Se
inicia la carrera de despegue. Nos cogemos de la mano, nos miramos a los
ojos y luego desviamos la mirada hacia la ventanilla. Australia pasa por
ella a una velocidad vertiginosa hasta que una inclinación apunta esta
flecha de acero hacia el firmamento y la tierra desaparece. Hasta la vista
querida Australia, nos volveremos a ver linda Tasmania. No cambiéis nunca
amigas.
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Tasmania. Detalle de ruta
por Tasmania en link. Aconsejamos tener el mapa detallado abierto en otra
ventana para seguir más fácilmente la crónica.

No sé exactamente en qué
momento del día llegaría Abel Tasman a la Tierra de Van Diemen, como este
célebre navegante holandés la bautizó en 1.642 al desembarcar en su
costa. Si fue a plena luz del día creo que sintió la maravillosa sensación
que nos produjo a nosotros cuando al despertar por la mañana comenzamos a
intuir la impresionante belleza de esta aislado universo al sur de Oceanía.

Tomamos contacto con la
naturaleza desde el primer momento. Acampamos al borde de un río, en un
claro del espeso bosque en el camino que emprendimos hacia Launceston, la
capital del norte. La noche fue fría pero el día ha amanecido con ganas de
disipar el gélido ambiente nocturno y la neblina que los rayos de sol
provoca al evaporar el rocío matutino nos envuelve como un comité de
bienvenida. Nos templamos con unas tostadas y un café con leche que nos
preparamos al calor de nuestro incombustible infiernillo. (Más fotos en
link).

Launceston es el primer
contacto con una urbe tasmana y nos calienta el ánimo con su arquitectura y
espectacular entorno. El centro de la ciudad tiene edificios históricos
bellísimos y maravillosamente preservados, otros son nuevos pero con una
clase y estilo colonial innegables. Las fachadas de las casas de la colina
no pueden ser más reveladoras de su pasado con sus grandes ventanales y
barandas de hierro forjado con sobretechos que permiten pasar horas
perdiendo la vista en el estuario del Tamar. (Más fotos en link).

Los campos están
pletóricamente verdosos. Cientos de vacas y corderos saborean
parsimoniosamente su suculento sustento con indiferencia, sabedores de su
abundancia. La tierra es generosa en Tasmania cuando apenas unas gotas
despiertan sus instintos germinadores. Pero eso ya lo sabían los
aborígenes que quedaron aislados en esta prodigiosa isla hace 10.000 años,
cuando tras el último período glacial las aguas subieron producto de la
fundición de los hielos y separó definitivamente a Tasmania de Australia.
(Más fotos en link).

La naturaleza se intercala
con la herencia de los asentamientos coloniales y de las construcciones de
los primeros colonos siempre espectacularmente preservadas (o restauradas
remarcablemente). Hoteles, iglesias, edificios de correos, colegios y
casitas de campo británicamente dispuestos y decorados son una postal de la
campiña inglesa. Así se nos presentan las coquetas Campbell Town, Ross,
Oatlands, ... todas enamoran. En la foto el histórico molino Callington de
Oatlands. (Más fotos en link).

Los convictos desempeñaron
una labor crucial en la construcción de Tasmania y siempre están
presentes. Muchos de sus viejos edificios de piedra son el fruto de los
trabajos forzados de los penados. En Oatlands el tribunal fue irónicamente
construido por los presos y Ross expone con orgullo su puente (en la foto),
una delicada y concienzuda labor escultural de otro reo : Daniel Herbert.
Supo trabajar de una forma excepcional la piedra y su buena conducta unida
al bello trabajo en los 184 paneles que decoran los arcos del puente le
sirvió para reducir su condena. (Detalle en link).

Cuando nos paramos en
algunas de las curvas que nos acercan a Port Arthur es increíble comprobar
la furia con la que el mar golpea sin descanso los acantilados del litoral
creando un paisaje tan bello como desgarrador. La costa tasmana es la bella
y la bestia en un solo cuerpo, tan pronto es atormentada y violenta con sus
acantilados como dulce y sensual con sus playas. (Más fotos en link).

Un regusto salado me invade
el paladar cuando me mojo los labios mientras me muevo por el temido penal
de Porth Arthur. El lugar parece una finca de la campiña inglesa pero
cuando el gobernador Arthur eligió en 1870 este enclave para encerrar a los
presos reincidentes sabía muy bien lo que hacía. Los menos de 100 metros
de tierra que unían el istmo con la isla eran perfectos para levantar lo
que el consideró una prisión natural. Fuera de esa salida estaba tan solo
el mar para los hipotéticos fugados, un mar frío, violento y con
peligrosos escualos. (Detalle en link).

La historia australiana es
corta, no hace falta remontarse muchos siglos atrás para rememorar sus
episodios históricos. Pero Hobart, la capital, se hace merecedora de
ostentar el pasado colonial más antiguo de Tasmania. Aunque comenzó siendo
un montón de tiendas y cabañas en 1.803 con 262 habitantes -de los cuales
178 eran convictos- en unos años se convirtió en una verdadera ciudad con
edificios de estilo inglés clásico. (Más fotos de Hobart en link).

Nos sumergirnos en la
corriente de la gente que deambula por el cautivador mercado semanal de la
Plaza de Salamanca... ¿Salamanca? Pues sí, la plaza mas popular y conocida
de Tasmania es la Salamanca Place de Hobart, por una batalla librada en la
ciudad española en 1.812. Los almacenes de gres al estilo georgiano que
arrostran la plaza sirven cada sábado de telón de fondo a su entretenido
mercado. (Paseando por la Plaza de Salamanca en el link).

Nos vamos encontrando con
decenas de espectaculares Parques Naturales y el mapa nos sigue indicando
bosques enormes, ríos, bahías desiertas, cascadas, infinidad de lagos, ...

Oro verde en la corteza,
oro amarillo en las entrañas. El resplandeciente metal dorado descubierto
le dio unos buenos zarpazos a una tierra que todavía conserva las
cicatrices de su intensa explotación minera. Cuando cruzamos el lago
Burbury una sinuosa carretera nos muestra la fisonomía desnuda de la
tierra. Curva tras curva brotan las cicatrices ocres y rojizas de un terreno
desposeído del oro y cobre que atesoraba en su interior, hemos llegado a la
ciudad minera de Queenstown, casi invisible entre las despojadas colinas.
Queenstown, ruda y salvaje al nacer se nos muestra ante nuestros ojos
ordenadita, limpia y con algunos edificios coloniales realmente hermosos.
(Más fotos en link).

Las fotos antiguas de los
mineros dan una idea de lo que fue pero lo que más nos impresionó fue el
manuscrito del capataz de una mina que escribía a la gerencia: "La
sopa, la leche y el té han llegado en buenas condiciones pero si vamos a
estar aquí abajo mucho más tiempo necesitaríamos algo más como galletas,
queso o sándwichs. Los hombres tienen hambre y algunos comienzan a sentirse
bastante mal. ¿No nos podrían dar una idea de cuanto tiempo más vamos a
estar aquí?". Es un escrito que lo dice todo. Eran tiempos muy duros.
(Más fotos en link).

Dunas, ¡también
hay dunas en Tasmania! Las dunas de Henty, cuando ponemos rumbo al pequeño
pueblo de Zeehan, nos muestran sus lomos apelmazados por la fuerte borrasca
que se ha desplomado sobre ellas. No se trata del Sahara porque no ocupan
una gran extensión frente al Océano Índico pero su encajonamiento entre
los bosques y el intenso azul de las aguas marinas lo hace único. Los
treinta metros de la duna más alta nos obliga a esforzar nuestras piernas
para que asciendan por su empinada pendiente. (Más fotos en link).

Cuando llegamos a la
costa norte el viento había empujado la borrasca hacia el interior y ya nos
permite disfrutar de una radiante jornada. El mar vuelve a ser azul, el
cielo retoma sus tonos celestes, la hierba resplandece con su brillante
esmeralda. Desde el centenario faro de la Table Cape, en Wynyard,
disfrutamos de la fiesta de color con la que nos emborrachábamos gracias a
un inmenso campo de tulipanes que la tierra ha tenido el gusto de parir con
la esmerada ayuda del hombre. (Más fotos en link).

Miramos nuevamente
el faro e instintivamente al inmenso océano. Nos dice claramente que hay
otro faro que nos está llamando y como las sirenas de Ulises ... imposible
no caer bajo su hechizo. Esa nueva luz proviene de un punto a miles y miles
de kilómetros, en otro continente, en un país llamado Chile, en un puerto
bautizado con el sugerente nombre de Valparaíso. Hemos de regresar a
Devonport, el Espíritu de Tasmania nos espera. (El Espíritu de Tasmania en
link).

Cuando un amigo se
va algo se muere en el alma. Enlatamos nuestro Mitsubishi Montero al poco de
regresar a Melbourne. Un precinto metálico numerado sella el portón nada
más sumergir a nuestro camarada en la oscuridad más absoluta de un triste
y abollado conteiner de chapa. Nos quedamos con él hasta que un gigantesco
camión se acopla al remolque y lo hace desaparecer para más de un mes. Su
anónimo arcón gris se hacinará junto a otros muchos de carga desconocida
en el puerto y será finalmente amontonado en un carguero que lo hará
navegar durante varias semanas por el impetuoso océano Pacífico. Nos
veremos en América compañero. (Más fotos en link).

Unos tan
poco y otros tanto, la foto doble anterior y ésta lo dicen todo. Nuestra
curtida montura bregando con el océano en un oscuro nicho y nosotros
acomodados en la "Rosa de Chelsea", el gigantesco Boeing 747-400
de la British Airways que nos acoge para este salto de continente. Un
tripulante nos indica que nuestros sitios están ubicados en la planta
superior, la British Airways ha vuelto a tener la deferencia de instalarnos
en su particular mansión de confort: la clase Club World. Tras meses de
acampadas nos vemos rodeados de confort, atenciones y lujo. Marián cambia
sus mapas de copiloto por publicaciones de entretenimiento y cuando yo
enciendo la pantalla delante de mis ojos no es para trabajar sino para
deleitarme con las películas emitidas durante los refinados servicios
gastronómicos. Los dos disfrutamos cada minuto que pasa, para nosotros
representa un particular Palacio de las Mil y Una Noches.
Se inicia la carrera de despegue. Australia pasa por ella a una velocidad
vertiginosa hasta que una inclinación apunta esta flecha de acero hacia el
firmamento y la tierra desaparece. Hasta la vista querida Australia, nos
volveremos a ver linda Tasmania. No cambiéis nunca amigas.
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