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"Bienvenidos
a las Puertas del Infierno" anuncia un gran cartel en medio de la
nada. Lo leemos por los pelos porque el dolorido cuello parece haber
perdido su capacidad de giro ¿Acaso no estamos ya en el averno? "Welcome
to Hells Gate", ¿será la "puerta de salida" de este
infierno o acaso hay un infierno peor tras ella?
Nos detenemos en la
caseta que se camufla entre la verde foresta que brota tras el cartel y
bajamos de nuestro todo terreno. Hacemos contorsionismo para ayudar a que
los huesos y músculos intenten recuperar una posición biológicamente
correcta en un organismo humano. Nuestros cuerpos parecen recién salidos
de una sesión del potro de tortura tras varios días de polvorienta
pista. Miramos a nuestro alrededor, esto no es el infierno para nada. ¿Será
una trampa del diablo para que nos confiemos y nos aseste el golpe final?
Pero todo indica que no, no vemos sus cuernos entre las hojas de palma, no
huele a azufre, ningún rabo con punta de flecha asomándose entre los
helechos del suelo. Todo respira paz, hay pájaros, muchos árboles,
palmeras, agua, frescor y una taza de te o café de bienvenida que siempre
es ofrecida por uno de los dos hermanos Olive, artífices de este remoto
vergel.
Todo es tan rústico
como acogedor en el interior de la gran cabaña que hace las funciones de
café, restaurante, sala de descanso y recepción para el camping que
tienen acoplado entre la refrescante vegetación. Los hermanos Olive han
hecho una gran labor para el descanso de los viajeros que se adentran por
la remota pista que bordea durante cientos y cientos de kilómetros el
golfo de Carpentaria.
Estamos machacados
pero nos hemos metido en esto con conocimiento de causa. En Kakadu
planeamos cómo llegar al Pacífico y cuando sumamos el kilometraje nos
volvió a dar un número australiano: ¡ 2.000 km. ! ... por el camino
corto. Si se quería ir cómodamente por asfalto estaba la carretera que
pasa por Mount Isa y serían 2.550 km. Pero a nosotros no nos interesaba
el asfalto por muy cómodo que fuese, la verdadera ruta estaba por el
norte, bordeando el golfo de Carpentaria, la que tomaron los exploradores
de la costa norte. Una tierra muy castigada anualmente por las
inundaciones de la época húmeda, un camino solitario y deshecho pero
realizable en todo terreno. El estado del mismo puede variar según los
tramos pero nuestras odiadas "corrugations" (chapa ondulada)
suelen ser las amas de las pistas. De nuevo echamos mano de la calculadora
y el escalímetro para ir calculando la distancia total que hay que cubrir
por pista. Nos da otro número australiano: ¡700 kilómetros de pista!
Efectivamente, una
vez abandonada la carretera nacional y salvo honrosas excepciones, el
terreno es pavoroso. Hasta Borroloola todo ha transcurrido sin incidentes
sobre el asfalto (de un solo carril) y una soledad absoluta pero a partir
de esta población el polvo y las vibraciones son la tónica general. Eso
unido al paisaje desolado por los incendios controlados para acabar con
los rastrojos nos provocan la sensación de avanzar por los escenarios del
"Día Después".
Tan solo nos
cruzamos con algún que otro todo terreno de los lugareños de la zona y
unos cuantos mastodontes de acero, los roadtrains. La velocidad de estos
últimos explican muchas cosas sobre el estado de las pistas y los
canguros descuartizados.
La Puertas del
Infierno representan para nosotros la mitad del camino y también el paso
de los Territorios del Norte a Queensland. El enclave estaba en el mapa
pero nunca supusimos que se tratase de un oasis tan encantador. Su nombre
se remonta a un puesto de policía muy cercano y que data de la época de
las grandes exploraciones de Australia. Las autoridades escoltaban a los
aventureros hasta este punto, a partir de este oasis ... seguirían solos,
carentes de ayuda, sin comunicaciones, sin ningún tipo de enlaces con la
civilización, sin puntos de agua y con tribus aborígenes hostiles que se
movían como pez en el agua allí donde el occidental luchaba por
sobrevivir. Tan solo el hombre frente a la tierra desamparada y bajo el
fuego del sol. Era la Puerta del Infierno. Muchos nunca regresaron.
Abandonamos el paraíso
llamado infierno y el polvo y la desolación vuelven a adueñarse del
paisaje. Seguimos dando brincos sobre la chapa ondulada y hacemos un pequeño
alto en Doomadgee, pueblo urbano aborigen de 1.400 habitantes. Es más
bien deprimente, no tiene ese aspecto inmaculado de la mayoría de los
pueblos sajones, todo está más abandonado, más dejado de la mano del
destino, los coches tienen un aspecto lamentable de desidia. En los
alrededores del golfo de Carpentaria los aborígenes sufrieron mejor
suerte que en otras partes del país. Las tierras no eran muy codiciadas
por los colonos y su dudoso futuro como pastos para ganado permitió que
algunos clanes sobreviviesen manteniendo su identidad. Esa ausencia de
asentamientos colonos ha permitido una rápida restitución de terrenos a
la sociedad aborigen que la rige actualmente.
LAS RUTAS DE LA
MUERTE
El primer soplo de
aire fresco y júbilo lo recibimos cuando arribamos a las orillas de las
cataratas de Leichhardt, llamadas así en honor al científico alemán que
las descubrió. Las encontramos bastante mermadas al ser la época seca,
no había caída de aguas pero sí vegetación, una hermosa
"playa" de arena, mucho caudal en el ancho río y una gigantesca
laguna de su base. Este nuevo oasis nos anima el carácter ante la
repetitiva monotonía del terreno de la Carpentaria. Los 33ºC incitan a
darse un baño en este solitario jardín del desierto pero hay carteles,
¡otra vez esos dichosos carteles que te quitan las ganas de acercarte a
la orilla! Sus aguas son frescas y cristalinas pero nuevamente alojan unos
inquilinos dentudos de unos 5 metros de envergadura que de una dentellada
pueden hacerte desaparecer. Sus aguas seguirán siendo privilegio de sus
solitarios moradores que saben marcar de una forma muy contundente su
territorio.
La expedición de
Leichhardt fue un gran éxito bordeando el golfo de Carpentaria (sin ser
comido por los cocodrilos). Partió de Jimbour -al este de Brisbane- el 1
de octubre de 1.844 y tras 14 meses y 17 días logró llegar a la actual
Darwin. Sus descubrimientos, la cartografía realizada y sus informes le
llevaron a la más alta gloria. No ocurrió lo mismo con su segunda
expedición. Intentó realizar la unión del este con el oeste en 1.846 y
fracasó tras avanzar 800 kilómetros, viéndose obligado a regresar al
punto de salida. Hizo un segundo intento en 1.848 y ocurrió algo para lo
que todavía no se ha hallado una explicación. La expedición, pocos días
después de su partida, desapareció sin dejar el más mínimo rastro, ...
y los cocodrilos no tuvieron nada que ver. Se volatilizó totalmente, se
esfumó en la nada. Muchos otros exploradores montaron expediciones de
rescate y siguieron sus primeros rastros pero llegados a un punto ... todo
desaparece. Ni siquiera los restos del campamento, algún animal perdido,
rastros de lucha o huellas de combate. Nada. Es una incógnita lo que
ocurrió a las pocas jornadas de partir aquel día de 1.848, tras
despedirse de todos en Darling Downs -este de Brisbane-, dispuestos a
enfrentarse a su hazaña. El misterio sigue en la palestra.
Es casi de noche
cuando cruzamos el río Little Bynose y por una pista secundaria nos
acercamos a un claro de la foresta de eucaliptos. Hemos llegado al
emplazamiento del campamento 119 de Burke y Wills, grandes héroes
australianos que protagonizaron el mayor desastre de cuantas expediciones
se organizaron para explorar el interior de Australia. El patrocinio
gubernamental y privado que recibieron así como el equipo fue el mejor
jamás concedido a ninguna otra ruta, trajeron hasta camellos de Afganistán.
La impaciencia del jefe de la expedición Robert Burke- y la
incalificable desidia del jefe del segundo equipo Wright- se conjugaron
con un cúmulo de decisiones erróneas que les condujo al trágico final.
La expedición tenía
como objetivo cruzar Australia de sur a norte partiendo de Melbourne
(Victoria). En esos momentos otro explorador, John McDouall Stuart, se
disponía a realizar el mismo camino partiendo desde Adelaida y en nombre
del estado de South Australia. Burke no quería dejarse ganar y comenzó
su atropellado camino hacia el norte dejando atrás material, equipo, víveres,
agua, animales, personal que según él retrasaban la "carrera".
Nunca supo que Stuart se topó con muchos problemas y tuvo que regresar a
Adelaida (aunque conseguiría la proeza unos años después). Ya no tenía
competidor pero la noticia llegó después de que partiese de Cooper Creek
(ver mapa). Wills, era mucho más inteligente pero su falta carácter para
exponer sus ideas y una fidelidad mal aplicada le costó también la vida
puesto que le siguió hasta el final. A partir de Cooper Creek, la
expedición se redujo a cuatro hombres avanzando a pie por Australia
Central: ellos dos, King y Grey (este último murió durante el regreso al
campamento base de Cooper Creek). La ruta se había convertido en algo
personal, una hazaña que había que realizar como fuese. Llegaron
exhaustos al golfo de Carpentaria y montaron el campamento 119 en el
preciso lugar en que nos encontramos ahora.
Realizaron
importantes descubrimientos geográficos que no pudieron ser expuestos por
ellos mismos. El campamento que se dejó en Cooper Creek al mando de Brahe,
tras 4 meses esperando el regreso de los exploradores del Golfo de
Carpentaria, emprendió el retorno hacia el sur para reunirse con el resto
de la expedición. Intentaban el reagrupamiento con el incapaz de Wright
que nunca llegó a Cooper Creek, le estuvieron esperando durante meses y
meses porque tenía casi todas las provisiones. Brahe cumplió su misión,
las órdenes que recibió de Burke fueron esperar tres meses y si no
regresaban es que no lo habrían conseguido o que ya se encontraban a
salvo en el norte de Queensland y regresarían por otro lado. Brahe decidió
esperar un mes más de lo previsto y justo el día que abandonaron el
campamento base ... llegan medio muertos Burke, Wills y King pero... siete
horas más tarde. ¡Cuatro meses esperando y fallan la cita por 7 horas!
El campamento estaba ya vacío.
Las provisiones que
les dejaron enterradas, bajo el árbol donde quedó una inscripción indicándolas,
fueron devoradas pero lejos de descansar en sitio seguro para reponerse la
impaciencia de Burke les obligó a salir apresuradamente de allí. Y en
vez de seguir los pasos de Brahe, Burke (contra la opinión de Wills y
King) decide que hay que avanzar hacia una base de policía del oeste ...
¡por un camino nunca hecho! pero que se suponía más corto para llegar a
la "civilización": "tan solo" 240 kilómetros a través
del desierto. Lo más triste es que si hubiesen descansado unos días más
se hubiesen salvado porque Brahe regresó a Cooper Creek más adelante
para echar un último vistazo. Aunque su vistazo debió de ser muy somero
porque no se dio cuenta que los tres hombres desamparados habían pasado
por ahí, de haberse dado cuenta hubiesen podido seguir sus pasos y
salvarles. Y si los exhaustos tres hombres hubiesen seguido las huellas de
Brahe ... se lo hubiesen encontrado de frente puesto que regresó al
campamento. Era la pura y dura ley de Murphy: "si algo malo puede
ocurrir ... ocurrirá". El destino quería realmente cobrarse la vida
de estos expedicionarios.
De los tres, el
primero en caer sería del valiente Wills, muy enfermo y debilitado pidió
ser abandonado porque le quedaban horas de vida y no quería que su agonía
frenase la salvación de sus compañeros. Así se hizo porque estaba en la
mente de todos que el día completo que emplearon en enterrar a Grey a su
regreso del Golfo de Carpentaria fue lo que les hizo llegar unas horas
tarde a Cooper Creek y seguramente les costase la vida. De poco sirvió su
sacrificio. Burke encontraría la muerte poco después. Los espíritus del
outback debieron decidir que ya estaba saciado su tributo y amnistió a
King de una muerte segura. King consiguió sobrevivir a duras penas
gracias a la ayuda de los aborígenes que lo encontraron moribundo y lo
llevaron a su poblado. Dos meses y medio después sería descubierto por
una de las muchas expediciones que rastreaban Australia Central y
Septentrional en busca de ellos. Burke, Wills y Grey pasaron a engrosar la
lista de los exploradores caídos en acción. Una tragedia que realmente
podía haberse evitado.
Cogemos un puñado
de tierra con nuestras manos, la arena se filtra entre los dedos. En el
centro del claro hay una gran piedra con una placa que recuerda que este
campamento, el 119 de la expedición, fue el lugar donde King y Grey
esperaron el regreso de Burke y Wills del Golfo de Carpentaria. Un árbol
proyecta a duras penas su parca sombra cuando el sol prácticamente ha
desaparecido. Sus ramas probablemente sean más numerosas, su tronco más
grueso y su memoria más mermada pero este mismo árbol cobijó a los
incansables exploradores que tan trágico fin tuvieron. La noche nos
atrapa y dormimos arropados por los fantasmas de los desventurados
exploradores.
Mañana, después
de varios días de ruta, entraremos de nuevo en la civilización. El polvo
y las horribles vibraciones serán sustituidos por las montañas y el
bosque. Los tonos ocres y grises se verán borrados drásticamente por la
fuerza de la selva tropical y sus lagos esmeraldas. Entramos en una nueva
dimensión. Australia es así.
LOS TENTÁCULOS DE
LA JUNGLA
Cuando comenzamos a
ascender por las colinas de las Atherton Tableland nos parece increíble
que tan sólo unas horas atrás hubiésemos atravesado un terreno tan
desolado y severo. Las vacas pastando en los valles de las montañas tan
exuberantemente tapizadas parecen habernos transportado a rincones de
nuestras bellas Galicia o Asturias. Tan sólo la estética de las
poblaciones típicamente sajonas y los canguros arborícolas nos insisten
en el lugar real donde nos encontramos.
Mount Molloy se
convierte en nuestro "descanso del guerrero". Este minúsculo
pueblo ha habilitado una increíble área de descanso acondicionada para
hacer barbacoas o fogatas, con mesas de picnic cubiertas, baños, una
ducha y mucho espacio bajo descomunales árboles. A diferencia de otras
muchas áreas de descanso, en ésta se permite acampar libremente, tan
solo se solicita una donación voluntaria de dos dólares (200 pesetas,
1US$) por persona y no estar más de dos días si el área esta llena.
Esto último con el propósito que siempre haya sitio para los recién
llegados que necesiten descansar.
Nosotros llegamos
realmente exhaustos tras las caprichosas y ondulantes pistas del outback
australiano, el cansancio nos ha dejado en un estado flemático muy raro
en nosotros. Estamos muy poco activos, hasta nos saltamos algunos desvíos
a lugares remarcables porque "no nos apetecía". Necesitamos
descansar de verdad, física y mentalmente. Mount Molloy es perfecto. Este
pequeño oasis boscoso a casi mil metros de altura nos revive. Su original
ubicación al tiempo que el aire fresco y puro reanima nuestros pulmones
... y nuestras mentes. Durante los dos primeros días nos dedicamos a
leer, pasear de la mano bajo los árboles o hacer unas limitadísimas
compras de víveres en la mal abastecida tienda de Mount Molloy pero que
nos sacaba del apuro de tener que ir más lejos. Ni podemos ni nos apetece
hacer otra cosa hasta que no nos sintamos nosotros mismos otra vez.
Comemos y cenamos con vino australiano, algo que nunca hacemos en ruta y
que lo reservamos para los momentos sedentarios.
Nuestro verdadero
yo regresa al cabo de tres días en Mount Molloy. Los ordenadores arrancan
ese día y los mapas vuelven a estar sobre la mesa. Descargamos todas las
fotos digitales de nuestra Olympus y las ordenamos. A la par vamos
rematando la ruta que vamos a realizar por Queensland y como incluir los
desvíos que nos saltamos por estar demasiado cansados. No iba a ser difícil,
al pararnos en Mount Molloy no estábamos lejos de ninguno de los lugares
"saltados". El quinto día ya estamos en forma y reiniciamos la
ruta.
El suelo volcánico
que pisamos en estos momentos ha permitido que la flora se nutra lo
suficiente para invadir la tierra prodigiosamente. El verdor campa por
cada rincón de estas montañas y su corazón no se nutre de la sangre de
los exploradores sino del agua dulce y pura del lago Tinaroo y sus ríos.
Habíamos visto imágenes similares al lago Tinaroo pero tan solo en los
enormes pósters de lagos perdidos de Canadá y Alaska, no sabíamos que
había algo similar en Australia, es realmente fantástico verlo en
persona. Es posible sumergirse en sus aguas con la seguridad de no sentir
esa pequeña molestia australiana de unos dientes que te mordisqueen el
higadillo. Los cocodrilos parecen que no han podido conquistar sus aguas,
un alivio se apodera de nosotros cuando nos zambullimos en ellas. La
estridente risa de una pareja de cucaburras es mucho más tranquilizante
que la del sonido seco y hueco de las mandíbulas de un astuto saurio.
Hace millones de años
la tierra crujió en una de sus múltiples pataletas y entre esta densa
espesura libertó, muy a su pesar, aguas que verían la luz tras su
profundo confinamiento. Los lagos que se hicieron hueco entre la selva son
los que ahora permiten que el sol se refleje en un entorno donde la
espesura de las copas de los árboles impiden hacerse hueco. Es tal el
acopio de vegetación que muchos árboles para crecer se apoderan del
espacio de otros envolviéndolos con sus largos tentáculos. Poderosas raíces
que no se conmueven al engullir a las víctimas elegidas para aprovecharse
de su morada. Las víctimas quedan hechas prisioneras de un conquistador
que no cesa de extender sus brazos hasta sepultarlas silenciosamente como
si nunca hubieran existidos. Pero los anfitriones están allí, debajo de
esa maraña enredada de tentáculos irreductibles e implacables.
Pero por encima de
todos ellos se elevan unas atalayas que como vigías incansables controlan
esta guarida selvática. Son los montes Bartle Frere con sus 1.657 metros
y el Bellenden Ker con sus 1.591. Desde ellos vemos las grandes aguas que
nos propusimos alcanzar cuando partimos de Kakadu por la ruta de los
exploradores: hemos llegado al Pacífico.
Del más puro
outback nos hemos introducido en el profundo corazón de la jungla y ahora
volveremos a cambiar de nuevo de dimensión: viviremos la experiencia
subacuática de sumergimos en los fondos marinos de la más extensa y
poblada barrera de coral del planeta.
AGUAS MÁGICAS
Si la gran Cairns
representa la ciudad más vacacional de Australia, la pequeña población
de Port Douglas se ha convertido en una dura competidora pero a un precio
muy alto, a costa de perder su intimidad y sosiego. Es una perla marítima,
todo es bonito y está impecable, es acogedor y ofrece relajo a la par que
diversión pero vive por y para el turismo. Es en ella donde nos
embarcamos en la espectacular nave "Quicksilver".
A diferencia de los
corales del Mar Rojo (crónica 10) la Gran Barrera de Coral está a muchos
kilómetros de la costa, es imperativo llegara a ella en barco. Las
posibilidades son infinitas, desde un barco privado a otros de pequeños
grupos o realizar el viaje con una empresa como Quicksilver que además
del barco tiene una plataforma flotante en el corazón de la Gran Barrera.
Nosotros optamos por la última posibilidad porque consideramos que era el
modo de gozar de mayor libertad. Una vez en la plataforma todo el mundo
disfruta de independencia absoluta para ir y venir durante el resto de día,
nadie depende de nadie y los enclaves elegidos son de ensueño. Para los
malos nadadores hay barcos con fondo de cristal que parten cada 30 minutos
de la plataforma y para los más expertos hay una lancha para hacer
inmersiones de profundidad con bombonas de oxígeno.
Nosotros, buenos
nadadores pero carentes de conocimiento de submarinismo nos pasamos el día
serpenteando por el océano con el snorkel y avanzando rápidamente con
las aletas. Nos dejamos rodear por las criaturas subacuáticas de este
prodigioso arrecife coralino. Cuando te sitúas cara a cara con muchas de
sus criaturas vivientes, incluyendo sus magníficos corales, sólo eres
testigo de una pequeña parte de la concurrida vida que se aloja a lo
largo de sus 2.000 kilómetros desde hace 18 millones de años.
Desde sus
inquilinos más gigantescos, las ballenas -más al sur de donde nos
encontramos y que cada invierno realizan una pequeña excursión desde la
Antártida para reproducirse-, pasando por las tortugas que cada año
ponen sus huevos hasta las 1.500 especies diferentes de peces, 4.000 tipos
de moluscos o incontables especies de crustáceos. Todo tiene cabida en
esta inagotable colonia submarina de una riqueza y belleza incuestionable.
Pececillos de todas las formas y colores se acercan a las máscaras sin
temor, saben que esos seres extraños, rosáceos y torpes en el agua somos
inofensivos. Gozan de la protección total de los seres humanos. El sol
australiano castiga amenazantemente y todavía recuerdo como quedaron
nuestras espaldas y piernas cuando nos sumergimos en las aguas del Mar
Rojo. Ahora estamos en una de las zonas del mundo donde la capa de ozono
está más deteriorada, las consecuencias sobre nuestra piel pueden ser
infinitamente más dañinas y vamos ataviados con una camiseta y una
potente crema antisolar. En estos parajes hay que nadar con
"guardaespaldas".
La Gran Barrera de
Coral se mantuvo fiel a nuestros pasos hasta más allá del Trópico de
Capricornio, un viejo conocido que cruzamos con José Enrique en nuestra
subida por el interior del continente hacia Kakadu.
Ahora de nuevo lo
atravesamos hacia el sur a pocos kilómetros de Rockhampton, la capital
bovina australiana.
CRIATURILLAS DEL SEÑOR
Pero si la fauna
marina es apasionante no se queda atrás la fauna terrestre, que sigue
siendo igualmente sorprendente. Aunque los cocodrilos se mueven a medio
camino entre el agua y la tierra, cuenta con otros vecinos no menos
inquietantes. Cuatro de las serpientes más venenosas del planeta habitan
en Australia sin olvidar otros "encantos" como arañas y
lagartos (esos sí que me gustan) de diversos y sorprendentes tamaños.
Pero si dejamos un
poco de lado el aspecto más terrible de lo terrestre encontramos en el
otro lado de la balanza su cara más entrañable. El koala es un peluche
con vida. Hasta la persona más insensible con la vida animal no puede
evitar quedar atrapada por la presencia de una cría de koala.
Definitivamente caímos rendidos a sus pies. Su afición por el eucalipto,
su comida favorita gracias a su especial metabolismo digestivo, le permite
vivir sin agua y mantenerle "colgado" de los árboles.
"Koala" significa en aborigen "sin agua", es el
camello de las antípodas o mejor dicho va más allá que el camello
puesto que no necesita el agua.
Además el koala se
ha convertido en mi "espíritu" australiano desde que leí en
voz alta a Vicente y José Enrique su descripción hace más de un mes.
Entre muchas de sus características leí para todos "su tierna y
cariñosa apariencia esconde una naturaleza susceptible y no duda en arañar
y morder si se le provoca". Y me bautizaron "koala" muertos
de risa debido a unos brotes de mi genio sureño que tuve en determinados
momentos de la primera etapa. José Enrique acabó siendo el canguro
porque su bolsa "marsupial" no paraba de crecer y crecer debido
a sus compras y Vicente el ornitorrinco, ese curioso y extraño animal
mezcla de un montón de especies, vamos, un "bicho raro" y
escaso pero entrañable.
Sin remontar las
alturas arborícolas, el koala convive por estas latitudes con el
casuario, una especie de enorme avestruz de potentes colores rojos y
azules. La prima elegante del emu tiene un fuerte y desairado carácter.
Se trata de un matriarcado bien marcado donde la hembra es capaz de dar
unas patadas y "dos" de pecho que pueden dejarte noqueado en el
acto. Menudo genio tiene la fémina de esta especie, que no olvidemos está
en peligro de extinción y parece que es consciente de ello. El tímido,
en esta ocasión, es el macho que se encarga de encubar los huevos de su
temperamental esposa.
Hubo otro animal
que nos hizo especial ilusión por lo que representaba para nosotros, por
su dificultad para ser visto y porque tiene que ser realmente una broma
del Creador. Hay un mensaje divino que circula por Australia:
"Claro que
tengo sentido del humor, os he dado el ornitorrinco ¿no?"
Firmado: DIOS.
El tímido ornitorrinco (o "platypus", cómo se le conoce por estas
tierras) es realmente un ejemplo viviente de esta exclusividad animal.
Cuando en el parque nacional de Eungella nos apostamos silenciosos y
pacientes entre los arbustos de la orilla al atardecer a la espera de su
aparición, los minutos se nos hacían eternos. Es un animal nocturno y
tan solo es posible verle al atardecer y al amanecer. Por fin unas
burbujas y ¡ahí está! el "orni" sacaba su pico de pato
electro-sensible para tomar aire y sumergirse rápidamente de nuevo en
busca de algún crustáceo o gusano en los fondos de la pequeña laguna.
Realmente fue emocionante ver a este fósil viviente, mamífero y ovíparo
a la vez, en su medio natural. Es increíble que exista un ser que se
reproduzca por huevos, que al nacer sea mamífero y tenga cuerpo de
nutria, cola de castor, pico de pato y sea un palmípedo en sus
extremidades pero con largas uñas para excavar.
Esta especie de
castor-pato-nutria, con millones de años grabados en su código genético,
lo tomaron como una broma cuando fue presentado por primera vez ante científicos
de Londres en el siglo XIX. No podían creer lo que veían y creían que
era un ser disecado construido con partes de diferentes animales. Junto al
ornitorrinco, el equidna (una especie de tímido pero gran puercoespín
con un morro en forma de pico de pájaro con punta plana para poder
excavar) se convierten en los más fascinantes habitantes de la isla y los
únicos del planeta en ser ovíparos y mamíferos. Un eslabón intermedio
de cuando ciertos reptiles que poblaban la tierra se iban transformando en
mamíferos en un proceso evolutivo que duraría millones de años ...
excepto para el ornitorrinco y el equidna, que se quedaron estancados con
características de sus ancestros los reptiles y no completaron su natural
evolución hacia un ser mamífero completo. Fascinante, realmente
fascinante. Y tuvimos la gran suerte de verlos en persona y en libertad a
ambos.
La naturaleza y el
mundo animal es prodigioso y cautivador y sus protagonistas son el mejor
regalo que la tierra puede darnos. Lástima que el ser humano sea tan
ingrato con ellos en tantas ocasiones.
EL NACIMIENTO DE
UNA NACIÓN
La costa del Pacífico
es azotada constantemente por un viento tozudo e inflexible que llega a
exasperar los nervios. Unos nervios por otro lado totalmente templados
entre los amantes del surf, que sí que saben sacarle partido a estas
poderosas ventiscas marinas. Las arenas de las playas de la Sunshine Coast
y la Gold Coast se visten de vivos y chillones colores, son las tablas de
surf que aparecen por doquier, testimonios de la legendaria afición de
los amantes de este peculiar deporte. Realmente hay que estar en plena
forma para darse esas palizas sobre una tabla que lucha encarnizadamente
con las olas rompientes de un mar violento sin contemplaciones. Auténticos
"cuerpos danone" que resulta fácil percibir bajo los trajes de
neopreno.
Los picachos
aislados de las "Montañas de Cristal", que el intrépido Capitán
Cook divisara en sus incursiones científicas sobre la gigantesca isla,
son el telón de fondo de la Costa de Oro. ¿Quién le hubiera dicho a
James Cook que pocos años después sus compatriotas elegirían esta isla
para convertirla en un penal?
Efectivamente, en
enero del año 1.778 el barco "Supply" al mando del capitán
Arthur Phillip amarraría anclas en Botany Bay (pocos kilómetros al sur
de Sydney) con una flota de 11 naves cargadas de convictos y víveres,
estableciendo así la primera colonia inglesa penitenciara. Los aborígenes
contemplarían asombrados la llegada de los nuevos y extraños
"vecinos" después de cuarenta mil años de solitaria
existencia, sin atisbar por un momento cuanto iba a cambiar su inmediato
futuro.
Es domingo cuando
entramos en Sydney, siempre intentamos elegir un día de fiesta en las
grandes ciudades para evitarnos la pesadilla de los inconvenientes de una
jornada laborable en una extensa e hiperpoblada metrópoli. Es algo que
realmente nos da muy buen resultado. No nos importan las tiendas cerradas
pero en cambio disfrutamos y sacamos partido a la circulación rápida y
la facilidad de aparcamiento.
El Palacio de la Ópera
despliega sus velas mientras el inagotable viento las hostiga como otro día
cualquiera más. Pero no es un día más para un grupo de trabajadores de
una casi extinta compañía naviera familiar de cruceros (al borde de la
ruina) que protesta con sus pequeños barcos frente a los enormes cruceros
de una importante y poderosa compañía rival. El pez grande se come al
pez chico. Por unos minutos la Ópera se ve envuelta en una nube de humo
rosa impenetrable, la tenía ante mi objetivo tan sólo unos segundos
antes para ser grabada y desapareció. Botes de humo de protesta tratan de
cortar el paso al gran crucero que les ha ganado la partida. Derrotados,
se retiran, no sin seguir blandiendo sus pasquines de protesta. El humo
desaparece, la manifestación se disipa y los turistas de nuevo se ponen a
hacerse fotos con la Opera y el Puente del Puerto sin apenas percatarse de
lo que acaba de suceder.
Con casi tres
millones y medio de habitantes Sydney se erige arrogantemente frente a
Melbourne (su eterno rival) como la ciudad más habitada y antigua de
Australia. En Botany Bay encontramos la semilla que germinaría en lo que
hoy es la moderna Australia. De nuevo somos azotados por el incansable y
poderoso viento mientras intentamos que no nos arranque de la memoria por
qué fue bautizada así. El botánico de la primera expedición que pisó
Australia, con James Cook a la cabeza, decidió darle tan elocuente nombre
por la cantidad de especímenes vegetales que allí descubrió. Los biólogos
no tardarían en quedar aún más sorprendidos con la fauna que allí
descubrirían. Habían descubierto el paraíso de los científicos de la
naturaleza en su estado más puro.
Pero la parte dramática
de la exploración marítima europea la pusieron en esta ocasión los
franceses. El capitán La Perouse, en nombre de Francia, seguía muy de
cerca la primera flota inglesa del Capitán Phillips pero los ingleses
llegaron antes. El explorador galo, tras permanecer seis semanas en Botany
Bay, se echó de nuevo al Pacífico y nunca más se supo de él y su
flota. Desaparecieron en las aguas de un océano no tan Pacífico como
reza su nombre. Efectivamente algunos navegantes consiguieron sus
objetivos, no sin grandes esfuerzos, pero otros muchos -algunos conocidos
como La Perouse pero la mayoría anónimos- perdieron sus vidas en su afán
por descubrir y explorar nuevos lugares.
Apartamos nuestra
mirada de las aguas del traicionero océano y la dirigimos al interior. Es
sorprendente pensar que tuvieron que pasar veinticinco años para que tras
la primera colonia establecida se decidiesen a franquear la cadena montañosa
que veían todos los días. A poco más de 60 kilómetros de Sydney y con
unos escasos 1.100 metros de altitud, las "Blue Mountains"
("Montañas Azules") eran una dura prueba en invierno por sus
nieves y no menos dura el resto de las estaciones debido a su
impenetrabilidad boscosa. Los convictos la tenían como un lugar
misterioso creyendo que detrás de ella se encontraba la Gran China y con
ella la libertad. Pero no había ni bambú ni rostros achinados tras ella,
tan solo la muerte.
Ya no hay muerte en
las montañas circundantes, tan solo entrañables pueblecitos de campiña
inglesa y una desbordante naturaleza. Cuando comenzamos a recorrer entre
millares de eucaliptos el ondulante trazado de las Blue Mountains
comprendemos su nombre. Un dilatado velo añil nos envuelve flotando en el
ambiente como una suave cortina de seda que tiñe sin proponérselo todo
lo que se mueve a su alrededor. La evaporación del aceite de los
eucaliptos es en realidad la causante de esta atmósfera azulada. El plato
favorito de los koalas tiene su feudo en este refrescante rincón donde
cascadas, gargantas y jardines salpican el terreno con sus vivificante
presencia. Las noches son frescas para la acampada, no cabe duda, pero
permiten descansar profundamente respirando un aire puro y vivificante.
Desde ellas
descendemos hacia la joven capital de la nación.
LA EMBAJADA ABORÍGEN
Canberra nació
para ser la capital. Queriendo evitar el conflicto que surgiría entre las
eternas rivales Melbourne y Sydney si una de ellas era elegida, finalmente
Canberra fue la solución. Como Brasilia para Brasil o Islamabad para
Pakistán, esta capital "artificial" con una concepción moderna
de grandes avenidas y espacios verdes, presenta todos los atractivos para
la vida familiar pero le falta algo, le falta alma y eso tendremos que
buscarlo en otros lugares de Australia.
El Parlamento
moderno es una soberbia obra de arquitectura moderna que quiere reflejar
el siglo XXI australiano pero frente al antiguo Parlamento de la capital
unas casetas de tablones y chapa ondulada llaman la atención. Muy cerca
de ellas, tiendas de campaña y caravanas ocupan parte del césped que al
otro lado de la acera del antiguo Parlamento se extiende alrededor de un
estanque. El cartel reza: "Embassy Aborigine". La bandera
aborigen con los colores rojo, negro y amarillo (la tierra, su gente y el
sol) ondea frente a la Estrella del Sur de la bandera australiana. ¿Qué
significa todo esto sobre lo que nunca se habla en Occidente? Pues que los
aborígenes continúan reivindicando su derecho a la tierra y quieren que
se hable de ello fuera de Australia.
Un anciano aborigen
practica con sus dos bumeranes mientras los más jóvenes conversan con
los extranjeros que quieran oír sus reivindicaciones. En la acera, las
pinturas con motivos aborígenes resaltan con sus vivos colores frente a
la fachada blanca del viejo edificio neoclásico del que no paran de
entrar y salir turistas. Los argumentos de unos y otros están aun por
acercarse. Los unos creen que se está avanzando, ya han comenzado las
concesiones y las compensaciones para resarcirles por el daño del que son
conscientes que han causado. Los otros no lo consideran suficiente rápido
ni real en proporción al daño realizado y siguen soñando con recuperar
la tierra de la que fueron despojados. "Canberra" es una palabra
aborigen que significa "lugar de reencuentro". Que así sea para
todos.
CUERPO Y ALMA
Melbourne es una
gran ciudad pero con un encanto especial. Nos gustó más que la
congestionada Sydney y que la insubstancial Canberra. En ella se conjugan
pasado y presente como si fuera algo normal. Sus viejos edificios neogóticos
y sus catedrales de torres puntiagudas han sido vencidas en altura por los
recientes rascacielos modernos pero en absoluto le han vencido en encanto.
Los domingos, cuando la actividad estresante del mundo laboral cesa, las
calles son invadidas por espectáculos y viandantes de todos los colores.
Todo tiene cabida a
los pies de los modernos rascacielos y de los históricos edificios para
resarcir el alma, para resarcir el cuerpo. Esquivamos los sonidos agudos
de una extravagante función vanguardista; nos encontramos de frente con
una manifestación en contra de la guerra y oposición al envío de tropas
australianas a Afganistán. Actos que se producen tras el inconcebible
salvajismo integrista del asesinato en masa de miles y miles de
estadounidenses por la destrucción del World Trade Center de Nueva York y
el ataque al Pentágono. Aviones repletos de pasajeros son convertidos en
bombas volantes como ejemplo de la barbarie a la que pueden llegar unas
sanguinarias mentes enfermas que se creen enviados de Alá. Ha ocurrido en
la otra punta del globo pero la honda expansiva ha barrido todo el planeta
y las explosiones sociales en cadena crean conflictos entre todas las víctimas
porque no nos engañemos, verdaderos musulmanes o cristianos, judíos o
budistas, hinduístas o animistas, ateos o agnósticos ... todos hemos
sido víctimas de este acto extremista islámico que ha marcado un antes y
un después en la historia de la humanidad. Nada volverá a ser lo mismo y
confiemos que esa mala hierba sea arrancada de raíz con unos medios que
en su justa proporción obtengan los resultados deseados por todos. Ojalá
que los encargados de hacer justicia acierten en sus procedimientos. La
historia juzgará este momento, nos juzgará a todos.
Salimos de la
guerra y nos paramos para ver el espectáculo de una australiana ataviada
como la típica campesina vietnamita plantando simbólicamente arroz en
una fuente pública a los pies de la catedral de St. Paul, intenta
representar la vida simple y sencilla. En el río Yarra mujeres dirigen el
ritmo de musculosos regatistas que navegan sobre estiletes que cortan el
agua. En los parques, familias en bicicleta pedaleando al unísono, perros
jadeantes siguiendo el paso de sus dueños haciendo jogging, jóvenes con
cascos aerodinámicos y patines supersónicos desafiando la velocidad, ...
el deporte vivifica un cuerpo aplatanado por sentarse toda la semana
frente a un ordenador a la luz de fluorescentes. Y por una vez, el día ha
estado al gusto de todos contradiciendo el dicho meteorológico popular de
Melbourne: "si no te gusta esta estación, espera cinco
minutos".
El paso por el
consulado español en Melbourne estuvo lleno de agradables sorpresas y nos
dejó un recuerdo imborrable. Fueron muchas las gestiones que teníamos
que realizar a través del consulado. Y cuando Carmen González de Amezúa,
cónsul en ejercicio, conoció nuestra historia a pesar de tildarnos en un
primer momento de "locazos" nos ofreció toda su ayuda
incondicional así como la de todo el estupendo equipo del consulado.
Desde Rosario hasta Juan sin olvidarnos de Nino, Teresa o Tammy se
desvivieron por atendernos. Estos "locazos" no pueden por menos
que agradecer su cariñosa predisposición y su valiosísima ayuda a
nosotros como personas y a la Ruta de los Imperios como expedición.
Gracias a ellos la desagradable y ardua batalla de encontrar un carguero
fue mucho más suave, así como la difícil tarea de ir encajando la fecha
de caducidad del visado australiano con los vuelos de salida de Australia.
Cuando todo estuvo más o menos atado nos pudimos centrar en la última
etapa por la isla-continente.
VÍCTIMAS DEL OCÉANO
Para una isla, el
mar, el océano tiene un significado vital, excepcional, esencial, ...
Cuando dejamos tras nosotros la gran ciudad y volvemos a reunirnos con la
costa, el océano nos vuelve a recordar la fuerza titánica que posee.
Avanzando por la Gran Carretera del Océano una curva tras otra nos revela
la energía que han dedicado las aguas para penetrar con infatigable
paciencia en la tierra, para desgastar con imperturbable estoicismo el
suelo firme y macizo. Olas que como las garras de un tigre hercúleo han
arañado la costa sin descanso durante milenios. Arrecifes que se asoman,
cuando la marea se lo permite, como colmillos sedientos de carne fresca.
Muchos han sido los navíos que han sido mordidos a muerte y naufragado
irremisiblemente entre sus fauces.
El mar, la tierra y
el viento cuando se unen para destruir son terribles. Cientos de barco
sucumbieron a su poder aniquilador y cientos de vidas cargadas de
ilusiones por emprender una nueva existencia en un nuevo mundo acabaron en
el fondo del océano.
Los acantilados del
Nullarbor (crónica 68) son todavía más violentos y altos pero estos
poseen un arte que nos deja embelesados. Las formaciones que han esculpido
las furiosas aguas marinas con la ayuda de coléricos vendavales han
permitido dejar volar la imaginación humana para bautizarles con simbólicos
nombres. Los Doce Apóstoles son una dentadura de caninos que la erosión
ha separado del acantilado y que ahora se izan solitarios sobre el océano,
rezando para que el día en el que se precipiten en el mar llegue lo más
tarde posible.
El "Puente de
Londres" es cómo uno de los "apóstoles" en su estado
primigenio ... pero cada vez está más cerca de ser un apóstol más.
Hace bien poco recibió su primera estocada porque esta gran cornisa está
en continua evolución y movimiento. Su estructura como una lanza rocosa
penetrando el mar estaba unida a la tierra firme a través de dos enormes
arcos horadados por las olas dando el aspecto de un puente de doble arquería.
Hace muy poco, en 1.990, se rompió repentinamente su cordón umbilical.
Uno de los arcos se precipitó estrepitosamente en el océano separándose
definitivamente de la tierra madre ante la vista horrorizada de una pareja
que se encontraba en uno de los extremos de la pequeña isla recién
nacida. Estas personas probablemente creyeron que también serían
tragados por el mar como lo estaba siendo el primer arco de decenas de
metros sobre el que habían caminado apenas unos minutos antes. Finalmente
el arco sobre el que se encontraban mantuvo el tipo y un helicóptero se
encargó de rescatarlos unas horas después. Una escalofriante experiencia
para recordar toda la vida. Uno de los arcos del "Puente de
Londres" se cayó pero su desamparado hermano sigue en pie pero ¿durante
cuanto tiempo? Ahí aguanta como puede, dando belleza a esa mini-isla pero
fustigado incesantemente por el ruidoso y poderoso burbujeo de la resaca
marina que sigue royendo sin descanso sus cimientos mientras su vecina
playa de arena blanca parece ajena a esa guerra de elementos.
En otras ocasiones,
como en Blowhole o el Grotto, el océano ha conseguido excavar cuevas,
gargantas o largos túneles que le permite penetrar en una tierra que
tanto se le resiste pero que finalmente logra vencer. Muchos de los
nombres geográficos de la Gran Cornisa del Océano corresponden a algunos
de los más de 700 navíos que perecieron en ese lugar: Loch Ard, Falls of
Halladale, Casino, Fiji, Eric the Red, Gambier y un largo etcétera. De
hecho, el escudo de la Great Ocean Road es un barco en pleno naufragio.
¿Pero quién habla
de dejarse impresionar por la historia negra del mar? Vamos a realizar una
larga navegación por ese mismo bravío océano. Durante dos semanas
abandonaremos el continente para adentrarnos en otra ínsula, la hija
mayor de mamá Australia. Un nombre que nos ha cautivado siempre y que
consiguió que nos diese un vuelco el corazón cuando supimos que no se
necesitaba un carguero para llegar a ella. La existencia de un gigantesco
ferry-crucero desde Melbourne con servicio regular para personas y vehículos
nos ha permitido incluir esta alhaja en la Ruta de los Imperios. Se trata
de una isla famosa por sus "demonios" pero que realmente es el
cielo.
La rampa de entrada
por la proa del gran buque vibra estruendosamente a nuestro paso.
Instalamos nuestra montura tras otro todo terreno y los operarios van
preparando los calzos. Cogemos nuestro reducido equipaje para las 13 horas
que dura la navegación. En 30 minutos zarparemos hacia nuestro nuevo
destino. La proa de la sofisticada nave delata la magia de nuestra
siguiente etapa. Estamos a bordo del "Espíritu de Tasmania".
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Ruta por Australia
oriental. Detalle de ruta en link.

En Kakadu planeamos cómo
llegar al Pacífico y cuando sumamos el kilometraje nos volvió a dar un número
australiano: ¡¡ 2.000 km. !! ... por el camino corto. Si se quería ir cómodamente
por asfalto estaba la carretera que pasa por Mount Isa y serían 2.550 km.
Pero a nosotros no nos interesaba el asfalto por muy cómodo que fuese, la
verdadera ruta estaba por el norte, bordeando el golfo de Carpentaria, la
que tomaron los exploradores de la costa norte. Una tierra muy castigada
anualmente por las inundaciones de la época húmeda, un camino solitario y
deshecho pero realizable en todo terreno. De nuevo echamos mano de la
calculadora y el escalímetro para ir calculando la distancia total que hay
que cubrir por pista. Nos da otro número australiano: ¡700 kilómetros de
pista! Nos ponemos en marcha.

Tras las Puertas del
Infierno, el primer soplo de aire fresco y júbilo lo recibimos cuando
arribamos a las orillas de las cataratas de Leichhardt, llamadas así en
honor al científico alemán que las descubrió y en una expedición
posterior desapareció misteriosamente. Las encontramos bastante mermadas al
ser la época seca, no había caída de aguas pero sí vegetación, una
hermosa "playa" de arena, mucho caudal en el ancho río y una
gigantesca laguna de su base. Este nuevo oasis nos anima el carácter ante
la repetitiva monotonía del terreno de la Carpentaria. Los 33ºC incitan a
darse un baño en este solitario jardín del desierto pero hay carteles, ¡otra
vez esos dichosos carteles que te quitan las ganas de acercarte a la orilla!
Sus aguas son frescas y cristalinas pero nuevamente alojan unos inquilinos
dentudos de unos 5 metros de envergadura que de una dentellada pueden
hacerte desaparecer.

Es casi de noche cuando
cruzamos el río Little Bynose y por una pista secundaria nos acercamos a un
claro de la foresta de eucaliptos. Hemos llegado al emplazamiento del
campamento 119 de la trágica expedición de Burke y Wills. Un árbol
proyecta a duras penas su parca sombra cuando el sol prácticamente ha
desaparecido. Sus ramas probablemente sean más numerosas, su tronco más
grueso y su memoria más mermada pero este mismo árbol cobijó a los
incansables aventureros que tan infortunado fin tuvieron. La noche nos
atrapa como les atraparía a ellos, hacemos una hoguera, escribimos las
anotaciones del día y dormimos arropados por los fantasmas de los
desventurados exploradores.

Cuando comenzamos a
ascender por las colinas de las Atherton Tableland nos parece increíble
que tan sólo unas horas atrás hubiésemos atravesado un terreno tan
desolado y severo. El suelo volcánico que pisamos en estos momentos ha
permitido que la flora se nutra lo suficiente para invadir la tierra
prodigiosamente. El verdor campa por cada rincón de estas montañas y su
corazón no se nutre de la sangre de los exploradores sino del agua dulce
y pura de sus cascadas, ríos y lagos. Montamos el campamento en el lago
Tanaroo rodeado de bosques. Es posible sumergirse en sus aguas con la
seguridad de no sentir esa pequeña molestia australiana de unos dientes
que te mordisqueen el higadillo. Los cocodrilos parecen que no han podido
conquistar sus aguas, un alivio se apodera de nosotros cuando nos
zambullimos en ellas. (Más fotos en link).

Es tal el acopio de
vegetación en las Atherton Tableland que muchos árboles para crecer se
apoderan del espacio de otros envolviéndolos con sus largos tentáculos.
Poderosas raíces que no se conmueven al engullir a las víctimas elegidas
para aprovecharse de su morada y crean cortinas de raíces, mini-bosques
muy espesos de raíces (en la foto) que caen desde las alturas en busca
del agua del suelo. Las víctimas quedan hechas prisioneras de un
conquistador que no cesa de extender sus brazos hasta sepultarlas
silenciosamente como si nunca hubieran existidos. Pero los anfitriones están
allí, debajo de esa maraña enredada de tentáculos irreductibles e
implacables. (Más fotos en link).

Pero por encima de la
jungla se elevan unas atalayas que como vigías incansables controlan esta
guarida selvática. Son los montes Bartle Frere con sus 1.657 metros y el
Bellenden Ker con sus 1.591. Desde ellos vemos las grandes aguas que nos
propusimos alcanzar cuando partimos de Kakadu por la ruta de los
exploradores: hemos llegado al Pacífico. Port Douglas y sus playas nos
dan la bienvenida.)

Arriba y abajo. Del más
puro outback nos hemos introducido en el profundo corazón de la jungla y
ahora volveremos a cambiar de nuevo de dimensión: viviremos la
experiencia subacuática de sumergimos en los fondos marinos de la más
extensa y poblada barrera de coral del planeta. La veloz nave Quicksilver
nos llevará a la Gran Barrera de Coral para poder serpentear bajo el océano
y situarnos cara a cara frente a sus criaturas y corales. (Más fotos en
link).

Pero si la fauna
marina es apasionante no se queda atrás la fauna terrestre, que sigue
siendo igualmente sorprendente. El koala es un peluche con vida. Hasta la
persona más insensible con la vida animal no puede evitar quedar atrapada
por la presencia de una cría de koala. Definitivamente caímos rendidos a
sus pies. Su afición por el eucalipto, su comida favorita gracias a su
especial metabolismo digestivo, le permite vivir sin agua y mantenerle
"colgado" de los árboles. "Koala" significa en
aborigen "sin agua", es el camello de las antípodas o mejor
dicho va más allá que el camello puesto que no necesita el agua. El
primer contacto con estas entrañables criaturas fue en Hartley’s Creek
(entre Port Douglas y Cairns) pero luego los veríamos en los parques
nacionales. (Más fotos en link)

¡PELIGRO KOALAS! Además
el koala se ha convertido en mi "espíritu" australiano desde
que leí en voz alta a Vicente y José Enrique su descripción hace más
de un mes. Entre muchas de sus características leí para todos "su
tierna y cariñosa apariencia esconde una naturaleza susceptible y no duda
en arañar y morder si se le provoca". Y me llamaron
"koala" muertos de risa debido a unos brotes de mi genio sureño
que tuve en determinados momentos de la primera etapa. Que menos que
trepar por el cartel que anuncia "Precaución presencia de
koalas".

Los picachos aislados
sobre los campos de piñas de las "Montañas de Cristal", que el
intrépido Capitán Cook divisara en sus incursiones científicas sobre la
gigantesca isla, son el telón de fondo de la Costa de Oro.

Llegamos a Sydney. El
Palacio de la Ópera despliega sus velas mientras el inagotable viento las
hostiga como otro día cualquiera más. (Más fotos de Sydney en link).

A
poco más de 60 kilómetros de Sydney y con unos escasos 1.100 metros de
altitud, las "Blue Mountains" ("Montañas Azules") tan
solo entrañables pueblecitos de campiña inglesa y una desbordante
naturaleza repleta cascadas, gargantas, jardines y bosques. (Más fotos en link).

Canberra nació para
ser la capital. Queriendo evitar el conflicto que surgiría entre las
eternas rivales Melbourne y Sydney si una de ellas era elegida, finalmente
Canberra fue la solución. Como Brasilia para Brasil o Islamabad para
Pakistán, esta capital "artificial" obedece a una concepción
moderna de grandes avenidas y espacios verdes. Frente a tanta modernidad
aséptica está el antiguo Parlamento (en la foto). En la acera, las
pinturas con motivos aborígenes resaltan con sus vivos colores frente a
la fachada blanca del viejo edificio neoclásico y reivindican más
justicia para superar los abusos de la colonización.

Melbourne es una gran
ciudad pero con un encanto especial. Nos gustó más que la congestionada
Sydney y que la insubstancial Canberra. En ella se conjugan pasado y
presente como si fuera algo normal. Sus viejos edificios neogóticos y sus
catedrales de torres puntiagudas han sido vencidas en altura por los
recientes rascacielos modernos pero en absoluto le han vencido en encanto.
(Más fotos de Melbourne en Link)

Cuando dejamos tras
nosotros la gran ciudad y volvemos a reunirnos con la costa, el océano
nos vuelve a recordar la fuerza titánica que posee. Avanzando por la Gran
Carretera del Océano una curva tras otra nos revela la energía que han
dedicado las aguas para penetrar con infatigable paciencia en la tierra,
para desgastar con imperturbable estoicismo aquello que parece inamovible.(Más fotos en Link)

Olas que como las
garras de un tigre hercúleo han arañado la costa sin descanso durante
milenios. Los Doce Apóstoles son una dentadura de caninos que la erosión
ha separado del acantilado y que ahora se izan solitarios sobre el océano
como colmillos sedientos de carne fresca. Muchos han sido los navíos que
han sido mordidos a muerte por esta costa y naufragado irremisiblemente
entre sus fauces.
¿Pero quién habla de dejarse impresionar por la historia negra del mar?
Nuestra siguiente etapa implica una larga navegación por ese mismo
bravío océano. Durante dos semanas abandonaremos el continente para
adentrarnos en otra ínsula, la hija mayor de mamá Australia. Se trata de
una isla famosa por sus "demonios" pero que realmente es el
cielo.
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