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Deambular
por Coober Pedy es introducirse en un gigantesco termitero donde uno se
siente reducido a la escala de una frenética hormiga con los pies llenos
de polvo de tanto subir y bajar por montículos de tierra abrasados por el
sol. En teoría nadie podría vivir en un lugar así.
La desolación es
total, la existencia en este inusitado enclave está única y
exclusivamente justificada por las minas de ópalo. Esa delicada piedra
puede ofrecer un amplio espectro de colores irisados que van de un tenue
blanco rosado a un azul-verdoso con reflejos rojizos. Es realmente una
piedra "preciosa" aunque su precio no suele ser tan bonito como
la belleza que irradia.
El subsuelo se vacía
no solo por las minas, sus habitantes descubrieron que el único modo de
sobrevivir era enterrándose ellos mismos en vida. El sol del verano
convierte el lugar en una barbacoa gigante a pleno rendimiento y sus
habitantes viven bajo la tierra. Casi desde el principio crearon las
casas-minas, la entrada era un hogar con cocina, salón y dormitorios y al
final de la misma nacía una galería donde se pasaban el día excavando
con pequeños picos en busca de los ópalos. Según la profundidad del
hogar troglodita se tenía una temperatura u otra, frente a los 45 ó 50ºC
del exterior se vivía enterrado entre los 20 y 25ºC.
¡Pero ahora
estamos en invierno, gracias al cielo! En esta estación el frío aprieta
por la noche pero atempera el ambiente durante el día. Para muchos hace
"frío" pero para nosotros, esos escalofríos repentinos que nos
entran son una bendición tras año y medio de calor y humedad tropical.
Quizás nos hayamos convertido en "calorfóbicos", esperemos que
no y confiemos que se trate tan solo de la búsqueda del equilibrio
emocional alterado por la climatología de Asia. Ahora vivimos por fin un
invierno de verdad pero cuando salgamos de Australia nos enfrentaremos a
la etapa calurosa de Sudamérica.
La comunidad de
Coober Pedy tiene una pluralidad increíble: italianos, serbios y croatas
(quienes respectivamente han excavado sus propias iglesias subterráneas),
chilenos, ingleses, irlandeses, rusos, ... realmente para 4.000 habitantes
que tiene el pueblo su variedad es portentosa. Pero existe un grupo que
lleva mucho más tiempo que todos ellos, un grupo tan antiguo como lo
pueden ser los ópalos que arrancan a las entrañas de la tierra, se trata
de los aborígenes. Si Coober Pedy supone un shock visual causado por su
insólita apariencia de desolación, el shock que produce la población
aborigen es más traumático.
Habíamos tenido la
escasa oportunidad de ver algún que otro aborigen por Fremantle o Ceduna
de forma esporádica pero lo que vimos en Cobber Pedy nos impactó
crudamente. Los aborígenes se amontonan a la sombra o por callejones con
harapos sucios, dando tumbos borrachos o gritándose entre sí, da igual
el sexo o la edad, todos se encuentran en tan inesperada situación. Lo
que vemos no lo podemos creer. El problema aborigen en Australia es algo
de lo que prácticamente no se habla en Europa o América. Nosotros mismos
llegamos a Australia sabiendo que la colonización inglesa fue salvaje y
casi exterminó de forma sistemática a la población autóctona que vivía
en la edad de piedra "porque les molestaba ahí". Sabíamos que
Australia ha reconocido su culpa y que pasa pensiones vitalicias, derechos
sociales gratuitos y ha devuelto el control de ciertas partes del
territorio a la sociedad aborigen. Pero la tragedia aborigen no es
material, es espiritual. No es que le hayan quitado la tierra, es que ha
perdido su alma. El encuentro aborigen con el hombre blanco fue trágico y
cruel.
El aborigen vivía
en la prehistoria, no conocía la rueda, el metal, el lenguaje escrito, no
cultivaba la tierra, ...se encontraban realmente en la Edad de Piedra.
Había una unión íntima y profunda con la tierra en la que se hallaban.
De repente llegó el hombre blanco con sus máquinas, sus leyes, sus vehículos,
sus trenes, el telégrafo, ...El shock fue brutal, no entendían nada,
era imposible de asimilar. Al principio miraban curiosos y sabedores que
sus tierras de caza son infinitas, no les preocupó compartir la caza con
los recién llegados. Había tierra y caza para todos y tenían razón,
eran unos 200.000 aborígenes para la desmesurada Australia cuando
llegaron los primeros navíos ingleses. Pero el colonizador no venía a
vivir de la caza, venía a apoderarse de una tierra enorme basándose en
el concepto "terra nullius" (tierra de nadie) cuando realmente sí
que tenía habitantes y propietarios, aunque no fuesen sedentarios.
Los aborígenes se
encontraron con las vallas y que la caza se desplazaba de lugar huyendo de
la estruendosa vida y costumbres del recién llegado. Saltaban las vallas
y robaban gallinas u ovejas. Si se les cogía se les pegaba un tiro. Si
unos aborígenes atacaban con sus lanzas a cualquier blanco se organizaba
una cuadrilla de castigo que los matarían como a perros por decenas. Al
poco, el genocidio se fue organizando concienzudamente, en vez de
colonizar y esperar a ser robados o atacados para organizar otro
exterminio se prefería primero "limpiar" de aborígenes la
nueva zona con grupos de caza humana, envenenando los pozos, regalando
comida contaminada, ... Todo ello hace menos de 150 años, incluso muchos
de esos actos en pleno siglo XX. Ya no se trataba de un hombre blanco
medieval y salvaje del siglo XV. Tampoco fue un enfrentamiento como ocurrió
con los nativos americanos y los ingleses en Norteamérica porque los
indios eran guerreros y el robo de sus tierras por el hombre blanco hizo
que los colonos expoliadores también pagaran su tributo (aunque el
resultado fue casi el mismo, al final casi borran de la faz de la tierra a
sus habitantes originales).
En Australia todo
es distinto, era un inglés "moderno" que vivía la revolución
industrial en Europa y lo que tenía ante sí no eran tribus organizadas
sino simples clanes (muchas veces enfrentados entre sí), no eran
guerreros sino cazadores, no estaban en el siglo XVIII ni en el XIX sino
en la prehistoria, no tenían armas sino bastones con punta y mazas. Ni
siquiera podían aprender a manejar un arma de fuego si conseguían una.
La ley permitía matar a un aborigen sin más si este estaba dentro de una
propiedad de algún colono. Hubo grupos de aborígenes que se organizaron
y dieron algunos quebraderos de cabeza a los granjeros y ganaderos pero se
acabó con ellos rápidamente. No fue una guerra, fue una "limpieza
étnica" que estuvo a punto de exterminarlos a todos. De los 200.000
aborígenes que poblaban Australia cuando comenzó la colonización tan
solo quedaban a mediados del siglo XX unos 40.000 habitantes originarios.
Perdieron su
identidad, sus tradiciones (trasmitidas oralmente y al matar a los
ancianos se perdía esa rama), se profanaron sus lugares sagrados, ...
perdieron su razón de vivir y al final ya se dejaban llevar de una
reserva a otra y a comer lo que se les daba. Y si no había comida pues se
dejaban morir porque no entendían lo que estaba pasando, no era
asimilable por ellos.
Cuando el colono se
humanizó un poco y se suspendió la masacre indiscriminada se intentó su
integración en el siglo XX instalándoles en los suburbios de las
ciudades y fue un fracaso, ellos no pertenecían al siglo XX y su filosofía
de la vida y modo de pensar era totalmente dispar. Incluso se llegaron a
retirar los hijos a sus padres para que recibiesen una educación
"moderna" y no fuesen como sus progenitores. Cada decisión era
más desafortunada que la precedente. Tan sólo a partir de los años 70 (¡1.970!)
es cuando se ha comenzado a tener en cuenta de verdad la figura
diferenciada del aborigen y germina el sentimiento de una nación con
identidad propia y pacífica con derecho a sus raíces, opinión y
tierras. Un sentimiento legítimo pues llevan en la isla 40.000 años. Se
apoya su arte, se buscan sus raíces, sus tradiciones, ... pero quizás
sea ya tarde.
El sentimiento de
culpa hace que el gobierno australiano pague a todos y cada uno de los
aborígenes una pensión vitalicia como "compensación" así
como otros privilegios, casi todos sociales y educativos. Pero todo eso es
muy reciente, algunos de los hechos trágicos datan de menos de 60 años.
Existen gestos simbólicos como el día del "Sorry" ("perdón")
o los cursillos de integración de las dos sociedades. Todavía son como
dos mundos distintos, los unos miran con rencor a los otros porque les han
robado todo y los otros a los unos porque "estropean" la visión
de sus lindas ciudades apareciendo tirados por doquier, gritando o tambaleándose
borrachos, como ocurre en Coober Pedy o Alice Springs.
En estados como
Queensland la situación es muy diferente a lugares como el oeste, sur y
norte de Australia. La integración es más real y fructífera, las
relaciones y los intercambios son más numerosos y constantes. Los
esfuerzos por respetarse, conocerse y avanzar junto son más reales pero
lo que vimos en Coober Pedy y más adelante veríamos en Alice Springs, en
Katherine, ...fue desconsolador. Era una población rendida, sin ganas de
nada, gastándose la pensión del gobierno en alcohol, dejando pasar los días
tirados en un banco o en una explanada, gritando y pegando a sus mujeres,
... No se puede hablar de generalización pero sí de un gravísimo
problema que tiene un amplio sector que vive atormentado por una historia
que no ha podido nunca asimilar. Tenemos la esperanza que ese pueblo salga
de ese martirio interno y recupere sus ganas de vivir. Tras lo padecido en
los últimos 150 años es una labor dura porque no se puede hablar de
cicatrices porque las heridas todavía sangran pero tenemos la esperanza
que podrán conseguirlo con la ayuda de todos.
También es
complicado acercarse a los asentamientos aborígenes puesto que requiere
un permiso previo de las autoridades, no se puede presentar uno con un
"hola, aquí estoy". Habíamos leído mucho sobre la historia
aborigen pero no fuimos conscientes de que era el "presente" lo
que estábamos leyendo hasta que lo vimos con nuestros propios ojos. También
nos resulta muy llamativo que existiendo debates, foros y programas de
información sobre casi todas las étnias víctimas de la colonización o
de la "modernidad" (nativos americanos de Norteamérica, indígenas
de Sudamérica, las generaciones que siguieron al esclavismo, los
esquimales, etc.) pero ... no se habla nunca de la tremenda crisis de
identidad y sufrimiento de los aborígenes de Australia.
Coober Pedy nos
ofreció el terrible contraste del brillo de su precioso tesoro oculto en
las entrañas de la tierra y la lóbrega imagen de una amarga realidad por
resolver, aspecto que nos dejó meditabundos sobre este crudo aspecto de
la actualidad australiana.
LA BALLENA DEL
DESIERTO ROJO
Partimos de Coober
Pedy y tras varios días de recorridos menores y un día de trabajo con
los ordenadores en el oasis de Curtin Springs nos encontramos con el
cuerpo varado de una corpulenta ballena despistada y muy tostada por el
sol. Nos hallamos en tierra aborigen y ante la imagen sempiterna de
Australia, la roca más famosa del mundo: Ayers Rock, o mejor dicho "Uluru"
como la llaman los aborígenes Anangu que han recuperado su propiedad.
El parque nacional
de Uluru-Kata Tjuta pertenece y es administrado por aborígenes, es un
lugar extremadamente sagrado para ellos desde tiempos inmemoriales. Tras
pagar los 16 dólares (1.600 pesetas, 8 US$) por persona para entrar a ver
la roca sagrada penetrábamos en el Parque Nacional de Uluru-Kata Tjuta.
Ulluru es un monolito de formas redondeadas que emerge súbitamente de una
llanura rala y lisa rompiendo totalmente con su monotonía. El Monte
Connor y los Montes Olgas, son las únicas formaciones en varios kilómetros
a la redonda que le hacen compañía en tan desolada localización.
Uluru es sagrada.
Uluru es escalada. Los aborígenes piden a los visitantes que por favor no
escalen un lugar para ellos lleno de contenido divino. Aquí se produce
una curiosa contradicción que no logramos dilucidar: si Ulluru pertenece
a los aborígenes y los aborígenes no quieren que se escale, ¿por qué
no lo prohiben directamente? ¿prima el derecho de entrada y prefieren que
sea "voluntario"? Es una incógnita que nos ha quedado.
Otros carteles
insisten, desde el punto de vista físico, en las dificultades que entrañaba
subir a la roca debido a su altura, inclinación, el calor, ...factores
que no hay que tomar a broma puesto que dan las estadísticas de desmayos,
caídas y una muerte al año durante la subida. Por un motivo u otro cada
uno es libre de hacer lo que su conciencia le dicte. La posibilidad, a
pesar de las advertencias, de encaramarse a ella no está prohibida.
Nosotros nos limitamos a recorrerla en su base y eso ya nos proporcionó
el placer suficiente por encontrarnos junto a uno de los símbolos más
carismáticos de Australia y repleto de significado para los aborígenes.
Los 30 kilómetros
de desierto rojo que separan Uluru de las Olgas merecen la pena ser
recorridos. El Monte Olga, con sus 546 metros de altura, forma parte de
Kata Tjuta ("muchas cabezas"). La obviedad del término aborigen
queda claro cuando te sitúas frente a ellas. La visita no es tan solo una
admirable panorámica, va mucho más allá. Penetrando en las grietas
entre las grandes cabezas nos encontramos con un oasis encajado entre las
altas paredes verticales y se pueden realizar impresionantes paseos rodeándolas
por varios sitios. Si bien Uluru es monolítica, las Olgas permiten un
contacto más íntimo y personal con esta curiosa y caprichosa naturaleza.
El atardecer
concentra a la mayoría de los visitantes en el "Sunset Point"
(punto de la puesta de sol) porque en Uluru todo está controlado, nada de
pararse en cualquier lugar y pasear por doquier. Hay que seguir las
instrucciones del Parque Nacional y detener los vehículos únicamente en
los lugares especificados. El mayor de todos los parquings es el Sunset
Point, donde se produce la mayor aglomeración simultánea de visitantes
para poder disfrutar de los famosos cambios de tonos de la insigne roca
durante el crepúsculo vespertino, como si revelaran su cambio de carácter
mientras el día transcurre.
LAS CARCAJADAS
DE LA TIERRA
La ruta hacia Kings
Canyon es una ruta fácil, cómoda, sin complicaciones y la realizamos
durante el día, cuando el sol luce espléndidamente. La fuerza roja de la
tierra sigue extendiendo su imperio escarlata por los escarpados
precipicios del Cañón de los Reyes.
Ascendemos por las
rocas que nos elevan al lomo del cañón con un júbilo y optimismo
elogiable. Pero casi al final ya me falta el aliento para seguir con el
alborozo que comencé. Y eso que José Enrique me lleva siempre el trípode
que he amputado temporalmente de mi habitual equipo de mortificación, he
querido decir de carga. Vicente y José Enrique ya estaban arriba y yo
disimulé de la forma más digna mi precaria situación, insuflándome al
mismo tiempo -con cierto sonrojo por ese tipo de sentimiento- una
placentera satisfacción viendo que otros llegaban peor que yo, resoplando
y dejándose caer de cualquier forma allí donde se paraban y preguntado
todo congestionados: "¿queda mucho?" Pero el esfuerzo
nuevamente mereció la pena.
El sendero que
marca la propia naturaleza discurre entre rocas y árboles firmemente
enraizados que manifiestan su caprichosa ubicación con cierto orgullo. El
lugar nos sorprendía en cada nueva vista: primero las vistas generales
sobre el conjunto, luego el gran palmeral, las rocas en equilibrio y
finalmente, entre los dos brazos de cañón, una escarpada caída de
impresionante calado no apta para personas con vértigo. La garganta que
la recorre está tapizada por abundantes árboles, arbustos y esconde en
su interior lagunas de agua pura, cristalina y fría, muy fría. Lo llaman
el Jardín del Eden y no es para menos, está totalmente escondido en
medio de la aridez circundante, encajado entre paredes totalmente
verticales de cientos de metros, repleto de aves y rebosando vida vegetal.
Ante este sugestivo espectáculo dan ganas de lanzarse a una de las
lagunas desde lo más alto para sentirse completamente fundido con esa
poderosa naturaleza. La prudencia y el sentido común hacen que
sencillamente disfrutemos del regalo visual que el entorno nos ofrece.
El Kings Canyon
tiene también un atardecer encantador, se despide a lo grande. Nos dejó
realmente entusiasmados, muy cansados pero entusiasmados. Creíamos que el
Cañón de los Reyes iba a ser un cañón más y resulto ser un lugar
realmente único.
La maravillosa
carretera asfaltada que tan gratamente habíamos recorrido durante el día
se transforma en un infierno de rebufos infectos cuando entramos en la
Mereenie Loop Road. Por esta pista, de tan solo siete años de vida,
tenemos que soportar 200 kilómetros de "corrugations", como
llaman por aquí al endiablado firme con perfil de chapa ondulada de la
peor clase. El coche, a pesar de ir a una velocidad muy lenta que se
adapte a las rugosidades del camino, se sacude como si fuera el
centrifugado de una lavadora, como si la tierra se carcajease a gusto y
sus espasmos nos sacudieran sin contemplaciones. Al hecho de haber pasado
todo el día saltando entre rocas se une este infierno con el que acabamos
todos doloridos y machacados. La pista es tan nueva que tiene todavía los
montículos de tierra a los lados y no podemos ni siquiera salirnos de la
pista. Hasta 150 kilómetros del Kings Canyon no encontramos una salida
que nos permita abandonar ese pasillo-carcel y montar el campamento en un
claro del bush. Hay mucha leña pero el agotamiento nos impide encontrar
fuerzas para hacer una hoguera. Hace un frío glacial pero ante nuestro
estado de extenuación decidimos por primera vez irnos a dormir sin nada
caliente en el cuerpo. Unas rebanadas de pan con salchichón y una manzana
es nuestra frugal cena.
Poco después del
alba nos levantamos y tras un par de horas más, la horrenda pista por fin
se acaba al entrar en Hermannsburg, que debe su existencia y nombre a una
antigua misión de luteranos alemanes. El asfalto se nos presenta ante
nosotros liso, suave, sin ruidos, sin vibraciones pero... apenas nos da
tiempo a poner las ruedas del Montero sobre el asfalto azabache cuando
viramos hacia una pista al sur. Esta pista, aunque cuenta con un nivel de
ondulaciones menos recalcitrantes que su compañera, nos hostigó en sus
últimos 4 kilómetros con un rosario de pedruscos y rocas prominentes
realmente amenazantes para los bajos del coche. Treinta minutos tardamos
en superar esos cuatro kilómetros. Pero llegamos al corazón de "Palm
Valley", el Valle de las Palmeras, otro Edén perdido que nos
recuerda inmediatamente a los oasis del sur de Argelia. Lo recorremos a
pie y nos encontramos con las "palmeras rojas" (Livistona mariae),
una vieja reliquia de la flora tropical que sólo es posible encontrar en
este rincón del mundo. El ecosistema australiano es tan singular en su
flora como con su fauna.
Cuando llegamos a
Alice Springs de nuevo nos reincorporamos al tronco vertebral de la Stuart
Highway, que une el sur y el norte del país durante miles y miles de kilómetros.
Llevamos recorridos sobre nuestras espaldas unos 6.000 kilómetros desde
que dejamos Fremantle hace ya algunas semanas.
El explorador
Stuart tuvo que enfrentarse a esos kilómetros y muchos más hace más de
un siglo. Tras varias tentativas de cruzar el continente de sur a norte,
abortadas por diversos motivos como los ataques de las tribus aborígenes,
la hostilidad del terreno o la falta de agua, por fin entre 1.861 y 1.862
lo consiguió. No fue fácil ni todos los que le acompañaron lograron ver
culminada su hazaña pero ese camino que consiguió abrir ha sido
inmortalizado con su nombre y se ha convertido en la espina dorsal del país.
HERENCIA DE
PIONEROS
Alice Springs nos
sirvió para descansar durante varios días tras las duras jornadas
precedentes. Elegimos un caravan-park de los muchos que existen en la
ciudad. Los caravan-park en Australia pueden dar mucho de sí, es el
equivalente a los campings pero con una organización y servicios
remarcables. Disponen de unos excelentes baños y duchas con vestidores
individuales. Muchos tienen cocinas comunes gratis equipadas de
tostadoras, teteras eléctricas, fuegos eléctricos o de gas, horno,
microondas, etc. e incluso neveras. Las barbacoas son sagradas en
Australia, no hay ni un solo caravan-park que no disponga de ellas en su
recinto, normalmente de gas o eléctricas, unas veces gratuitas y otras
por monedas (pero muy barato, 6 minutos por 20 pesetas). Y no nos
olvidemos de la lavandería para campistas, con lavadoras y secadoras por
monedas. Bien es cierto que algunos están excesivamente masificados y los
vecinos están demasiado cerca pero otros te permiten una intimidad muy cómoda,
hasta se pueden encender hogueras para combatir el frío o hacerse una
barbacoa de verdad con las brasas.
La amabilidad y
simpatía es innata al carácter australiano, del mismo modo que lo es el
amor por la vida al aire libre. Son también un pueblo "duro"
que no teme a las dificultades, herederos directos de los pioneros, nietos
y biznietos de hombres duros que luchaban y morían conquistando y
explorando las tierras. Unas veces para saber "qué había ahí",
otras para hacerlas habitables. Ese espíritu de avance por la naturaleza,
a veces amistosa, a veces muy hostil, sigue estando presente en todos los
australianos. La isla-continente se ve surcada por los cuatro costados por
todo terrenos que se meten por las áreas remotas o por coches casas y
autocaravanas que recorren sitios más accesibles. Los más duros siguen
utilizando caballos o la exploración personal de su país a pie y
cargados con pesadas mochilas. La naturaleza es muy importante para los
australianos. El camping y las barbacoas no son actividades, forman parte
de la cultura del país. Las propias tiendas de "material para el
outback" tienen un rosario de productos para la aventura y la vida al
aire libre que es impensable en Europa, donde dar con algo fuera de lo
habitual es una ardua labor. Nosotros nos equipamos de material que nunca
antes habíamos encontrado.
También es en
Australia donde nos encontramos por primera vez con el nomadismo sistemático
de los hombres modernos del siglo XXI. No hablamos de etnias que han
heredado el nomadismo de sus ancestros (tuaregs, beduinos, gitanos,
pastores del himalaya, y un larguísimo etcétera), se trata de parejas
normales y corrientes que lo han vendido todo, desde su casa hasta el último
cubierto, se han comprado un remolque-caravana, un auto-caravana o han
convertido un autobús en vivienda rodante. Incluso algunos autobuses-casa
llevan un remolque con un pequeño todo terreno para cuando quieran
adentrarse en áreas complicadas. Todo ello para recorrer in eternum su país,
viven en la carretera. Esto lo hemos visto en otros países modernos pero
era una actividad aislada y para los amigos y familiares eran simplemente
unos "locos": "mira que dejarlo todo para tener una vida
itinerante", les dicen. Aquí no, en Australia es algo normal que un
sedentario se convierta en nómada perenne, es incluso el sueño de muchas
parejas cuando llegan a la jubilación. Se pasan años y años deambulando
por su gigantesca isla, jugando con las estaciones, evitando la temporada
de las lluvias en las zonas más castigadas, instalándose en las costas más
remotas y paradisíacas, pescando en lagos perdidos, ... Nunca antes habíamos
visto nada igual.
La verdad es que la
isla incita a este tipo de vida en los espacios abiertos infinitos,
Australia es tan grande como Estados Unidos y más de 15 veces España
pero con tan solo 18 millones de habitantes. Nos encontraremos con
desiertos y junglas, playas de ensueño y peligrosos acantilados, buceo,
pesca, caza, trekkings, raftings, hogueras bajo cielos estrellados, vida
tranquila o excitante según los gustos, disfrutar de la soledad total o
de las aglomeraciones según apetezca en ese momento, ... ¡y todo en un
mismo país! No hay una actividad o paisaje que no se dé en Australia.
Todos llevan emisoras y algunos hasta teléfonos por satélite porque
saben que cualquiera de esas tierras perdidas por las que se mueven sigue
siendo su país y si ocurre algo, al otro lado de la línea tienen un
siglo XXI moderno y auxiliador que ellos han ayudado a construir con su
trabajo y sus impuestos. Después de conocer este país a fondo ya veremos
si dentro de muchos años no acabamos aquí nosotros también.
Nuestro regreso a
la civilización en Alice Springs y una temperatura más benigna nos
permite también cambiar de menú. Las deliciosas barbacoas que José
Enrique goza preparar sustituyen a los noodles, pasta o a las alubias con
carne que solíamos preparar en el bush a toda prisa.
Nuestro nomadismo
arranca de nuevo unos días después de llegar a Alice Springs. Al poco,
un monumento construido por el hombre señala a los viajeros que estamos
atravesando una línea imaginaria del globo terráqueo. Hemos llegado al
Trópico de Capricornio, un momento emocionante para mi. Es el último de
los grandes paralelos que me queda por cruzar por tierra y además ...
todos ellos en diferentes rutas pero siempre a bordo del mismo tipo de
montura: un Mitsubishi Montero, igual que nos ocurre hoy con la llegada al
Trópico de Capricornio a bordo del "Ceuta 2.000". El Círculo
Polar Ártico lo cruzamos dos veces (en Noruega y en Suecia) en la Ruta de
los Vikingos, el Trópico de Cáncer tres veces (en la República Árabe
Saharahui con la ruta Reinos Perdidos de África y dos en Argelia cuando
retornábamos de la Ruta de Alejandro Magno), el Ecuador tres veces (dos
en Uganda y una en Kenia) con la Ruta Reina de Saba y hoy ... el Trópico
de Capricornio con la Ruta de los Imperios. Queda, evidentemente, el
quinto: el Círculo Polar Antártico pero ... está en su 90% sobre el Océano
y el resto se halla sobre áreas remotas de los extremos periféricos de
la gran placa de hielo eterno que cubre este continente ... con una
temperatura media de 50ºC bajo cero y los vientos más fuertes de la
tierra. No es una meta apetecible ... ni realizable para esta
norteafricana a la que ya le entran espasmos a los 7ºC bajo cero que
hemos tenido en el Nullarbor.
La ruta hacia el
norte es tan fácil como agotadora, fácil porque está asfaltada y
agotadora porque son 2.000 kilómetros de monotonía absoluta. Tan solo
dos enclaves nos sacan del tedio de nuestra éxodo al norte. El primero
que nos llama es el "demonio", pasamos al lado de los "Devils
Marbles" ("Mármoles del Demonio"). Según los aborígenes
volvemos a estar en tierra sagrada, es el lugar donde la Serpiente del
Arco Iris depositó sus huevos y por el tamaño de los mismos más vale
que nunca salgan serpientes de ahí porque habría que correr lo suyo. Nos
rodean unas insólitas y desmedidas esferas que se reparten aleatoriamente
por un área muy extensa, amenizando una tierra rala con tan solo
rastrojos y algún que otro solitario eucalipto.
La temperatura
nocturna ha dejado de ser fría, se nota que nos acercamos a los tórridos
dominios del "Top End" ("extremo norte"). Toda la zona
de Darwin es un enclave que es mejor no visitar durante el verano austral
(de diciembre a enero) para evitar la tortura combinada de temperaturas
superiores a los 40ºC y las inundaciones que arrasan todo durante dos
meses.
El verdadero relax
espiritual y físico lo encontramos en el pequeño oasis de Elsey, otro
nirvana australiano. El magno palmeral es fruto del río Roper y de una
serie de paradisíacos manantiales de aguas termales donde nos pudimos bañar
sin peligro. Hablamos de "peligro" porque ya estamos en el
habitat de los dientes del agua, un animal prehistórico que sigue
haciendo de las suyas en el norte de Australia: el cocodrilo. Y no es una
fantasía o un temor infundado, es muy fácil verlos debido a la cantidad
que hay pero obviamente ... los peligrosos serán siempre los que "no
vemos". Este inquietante saurio que ha llegado hasta el siglo XXI
puede estar hasta tres horas sin respirar, esperando sumergido a que algo
se mueva y arrastrarlo al fondo.
Hay dos tipos de
cocodrilos. Los de agua salada (que llaman familiarmente "salties"
pero que también viven en el agua dulce), son los realmente peligrosos y
mortales. Con sus hasta 7 metros de envergadura, el ser humano es una
pecata minuta entre sus afilados colmillos, lo ataca sin contemplaciones
arrastrándole hasta sus subacuáticos dominios. Los llamados de
"agua dulce" ("freshies") no suelen atacar al hombre
salvo que se les provoque o se sientan amenazados y con tan "sólo"
dos metros no es tan feroz como el maligno tito Saltie. El "freshie",
de una dentellada puede dejarte tullido para toda la vida y aunque no
suele causar nunca la muerte a los humanos (no se ensaña cuando se está
simplemente defendiendo) es evidente que la víctima puede morir
desangrada si no se tiene asistencia e incluso ahogado si se pierde el
sentido (cosa más que probable porque verse atacado por semejante bestia
dentuda es para quedarse paralizado ... y no creo que nadie se tire al
agua para sacarnos).
Disfrutamos bien a
gusto de las templadas aguas de Elsey pues en Kakadu tendremos que
extremar las precauciones si queremos darnos algún baño.
HUELLAS DE LA
PREHISTORIA
El paisaje del
Parque Nacional de Kakadu sigue la misma tónica que nos encontramos por
los anteriores cientos de kilómetros recorridos hasta llegar a él. Tan
solo las termiteras que se izan altivas dan un toque de originalidad a la
repetitiva campiña. Unas son como dedos de la mano de la tierra señalando
el firmamento, otras como chimeneas extintas, incluso algunas figuras
parecen haber sido moldeadas por Botero. Tampoco hay homogeneidad en sus
tamaños, desde dos palmos del suelo hasta los más de cinco metros que
alcanzan las más hermosas.
Hace calor pero
todavía es soportable. Lo que nos vuelve locos son las moscas, infinidad
de moscas, de esas moscas tontas que se posan una y otra vez en el mismo
sitio y que no respetan ni ojos ni bocas ni narices ni orejas. Nubes de
moscas que envuelven todo lo que tenga vida. Y al atardecer y amanecer ...
mosquitos, muchos mosquitos, demasiados mosquitos. Mucho más agradable es
salir de la tienda y ver los wallabies (otro tipo de canguro pero más
pequeño y con pelaje oscuro) retozando por nuestro campamento y acercándose
con curiosidad a nosotros, las cacatúas de infinitos colores revoloteando
por doquier o los pájaros exóticos sobre los ríos y las lagunas que nos
rodean. En esos momentos todo es maravilloso.
Y hay ríos,
caudalosos ríos. Y cascadas, altísimas cascadas. Ahora todo tiene una
dimensión humana (incluso algunas cascadas están secas) pero cuando
llegue el "Big Wet", la "Gran Lluvia", todas las aguas
del parque adquirirán unos tintes desproporcionados y casi apocalípticos.
La laguna de la
catarata de Gunlum es la tentación de Kakadu, nuestra manzana de Eva. Las
aguas verdes, profundas y frías son una incitación a pecar ante los 30ºC
que nos envuelven. La cascada, ahora muy decrecida, cayendo desde la
cumbre de la alta pared rocosa vertical es la viva imagen que se genera en
los ejercicios de relajación. Todo nos atrae como la luz a las polillas
pero ... ¡ahí está ese maldito cartel!: "Esta zona es habitat
de los cocodrilos "freshies" y si bien son pacíficos pueden
atacar si interpretan sus movimientos como una amenaza, no haga
movimientos violentos ni se cruce delante si aparece uno. También puede
darse el caso de la llegada de un cocodrilo "saltie" no censado
por los rangers. Si decide bañarse es bajo su propia responsabilidad".
La verdad es que el cartel impresiona pero menos que otros que habíamos
visto hasta ahora y que ponían ante el croquis de un cocodrilo con las
fauces abiertas: "No arriesgue su vida". U otros carteles
con las mismas mandíbulas repletas de dientes que ponían directamente:
"Habitat de "salties", está prohibido bañarse y es muy
peligroso acercarse a la orilla".
Al final resulta
que el cartel que tenemos delante era el más benigno de todos cuantos
hemos visto y la laguna es una "luz" demasiado fuerte para estas
tres "polillas" españolas. Acabamos los tres en el agua y
Vicente hasta se pega la paliza de cruzar nadando toda la laguna para
llegar a la cascada y sentir el agua cayendo por encima de él. Para mi el
agua está demasiado fría y una vez quitado el calor arrastrado de todo
el día regreso a la orilla a "cuidar la ropa". Además, como
realmente aparezca un "saltie" ... mejor que quede uno para
contarlo, ¿o no? ¿Quien no recuerda la escena de "Cocodrilo Dundee"
cuando un cocodrilo casi arrastra a la "chica" que se acercó a
la orilla a refrescarse y llenar la cantimplora? Pues aparte de haber sido
grabada exactamente donde estamos ... los "salties" atacan así.
De ahí los carteles de "Habitat de "salties", está
prohibido bañarse y es muy peligroso acercarse a la orilla".
Pero en la laguna de Gunlum se supone que no hay "salties", todo
lo más un "freshie" despistado. La verdad es que a toro pasado
algunas veces me planteo si realmente estamos un poco locos.
Otras cascadas
riegan el parque como las Jim Jim Falls o las Twin Falls y muchos barcos
permiten navegar por el río Alligator junto a los temibles saurios que
tanto gustan de sus aguas y que pueden saltar hasta tres metros de altura.
Pero lo
verdaderamente bello del parque son las magníficas pinturas aborígenes
de Ubirr y Nourlangie. En las rocas donde los prehistóricos artistas
dejaron sus huellas se recrean escenas de un colorido y trazado
remarcable. Los grabados o pinturas en la roca son una de nuestras mayores
debilidades pero realmente las pinturas de Kakadu son un tesoro de
incalculable valor en todos los sentidos. Los danzantes de Nourlangie nos
dejan hechizados y el relato gráfico de la historia de los peces robados
en Ubirr nos ofrece la posibilidad de comprobar como aplicaban sus propias
leyes, leyes duras con penas de muerte en la mayoría de los casos. El
robo de peces a un pescador supuso en esa historia la muerte de toda la
familia que se los comió. Los lienzos petrificados son utilizados
generación tras generación. Junto a las pinturas más antiguas figuran
otras más recientes, cuando los ingleses llegaron. Allí han
inmortalizando sus historias, anhelos, miedos...la figura de un hombre
con pipa en las rocas de Ubirr revela el primer contacto de los aborígenes
con el hombre blanco.
Atardece mientras
regresamos a nuestro rincón en el bush excitados por este impresionante
despliegue pictórico. En el cielo se repite otra historia tan antigua
como el sueño de los ancestros. Un intenso disco solar de un carmín
encendido se resiste a esconderse por el oeste mientras una luna oronda y
pálida anhela encontrarse con él y se apresura a salir por el este. Las
dos esferas se ven, conviven durante minutos pero su destino no es
encontrase, es una historia imposible. El sol acaba perdiéndose en el
horizonte del oeste, hacia donde mañana partirá nuestro amigo en una
larga sucesión de saltos a través de cinco aeropuertos de tres
continentes. Nosotros partiremos hacia el este, hacia el rostro melancólico
de la luna llena que nos recordará la noche en la que nuestros caminos
volvieron a separarse, como ocurrió en la India hace tiempo.
El periodo de
tiempo compartido ha sido largo e intenso. La próxima acampada en el
"bush aussie" no contará con su curtida tienda izada junto a
nuestra montura y el humo de su pipa no bailará para nosotros. La dureza
del camino, los obstáculos superados, el agotamiento y el frío de las
primeras semanas quedarán aliñados con la gran cantidad de mágicos
momentos compartidos. El trazo que la ruta ha ido marcando en el camino y
en nuestra memoria será imperecedero. Nosotros también tenemos
"nuestra propia historia" y también deseamos preservarla.
Brindamos con una buena copa de vino australiano por ella, por ellos, por
todos, por su viaje de regreso junto a su gran familia, por nuestro
nuevamente solitario rumbo hacia otras cautivadoras tierras australes.

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Ruta por el oeste de
Australia. Detalle de ruta en link.

La desolación es total
en Coober Pedy y la panorámica
de esta "ciudad" asusta. La existencia en este inusitado
enclave está única y exclusivamente justificada por las minas de ópalo. Deambular por este enclave minero es introducirse en
un gigantesco termitero donde uno se
siente reducido a la escala de una frenética hormiga con
los pies llenos de polvo de tanto subir y bajar por
montículos de tierra abrasados por el sol. En teoría nadie
podría vivir en un lugar así ... pero así es.

El subsuelo se vacía no
solo por las minas, sus
habitantes descubrieron que el único modo de sobrevivir
era enterrándose ellos mismos en vida. El sol del verano
convierte al lugar en una barbacoa gigante a pleno
rendimiento y sus habitantes viven bajo la tierra. Casi
desde el principio crearon las casas-minas, la entrada era
un hogar con cocina, salón y dormitorios y al final de
la misma nacía una galería donde se pasaban el día
excavando con pequeños picos en busca de los ópalos.
Según la profundidad del hogar troglodita se tenía
una temperatura u otra, frente a los 45 ó 50ºC del exterior
se vivía enterrado entre los 20 y 25ºC. En la foto la
cocina subterránea de la casa de Faye (Fayes
Underground House), excavada totalmente a mano.
(Más fotos en link).

¡Cuidado dominguero, a
ver si miras donde te posas, casi
nos aplastas! Estos mercenarios del espacio no tienen ni
pizca de cuidado para estrellar sus naves derribadas en
las guerras galácticas de Coober Pedy.

Los alrededores de
Coober Pedy son el vivo reflejo de
"El día después", su aspecto es el de una tierra
arrasada
para siempre. Su devastación es tal que ha sido
escenario de muchas películas que exigían un aspecto
de "fin del mundo". Entre ellas "Mad Max" y varias
de
ciencia ficción para reflejar planetas indómitos y estériles.

Monumento a los aborígenes
nativos de Australia, un
pueblo que saltó violenta y trágicamentemente del
paleolítico a la edad moderna cuando hicieron su aparición
unos barcos de una lejana isla del otro lado del globo.

Partimos de Coober
Pedy y tras varios días de recorridos
menores y un día de trabajo con los ordenadores en el
oasis de Curtin Springs nos encontramos con el cuerpo
varado de una corpulenta ballena despistada y muy tostada
por el sol. Nos hallamos en tierra aborigen y ante la imagen sempiterna de
Australia, la roca más famosa del mundo:
Ayers Rock, o mejor dicho "Uluru" como la llaman los
aborígenes Anangu que han recuperado su propiedad. La
vamos bordeando en todos los sentidos. (Más fotos en link)

Los 30 kilómetros de
desierto rojo que separan Uluru de
las Olgas merecen la pena ser recorridos. El Monte Olga,
con sus 546 metros de altura, forma parte de Kata Tjuta
("muchas cabezas"), la obviedad del término aborigen
queda claro cuando te sitúas frente a ellas. La visita no
es tan solo una admirable panorámica, va mucho más allá. Penetrando en
las grietas entre las grandes cabezas
nos encontramos con un oasis encajado entre las altas
paredes verticales y se pueden realizar impresionantes
paseos rodeándolas por varios sitios. Si bien Uluru es
monolítica, las Olgas permiten un contacto más íntimo
y personal con esta curiosa y caprichosa naturaleza.

La fuerza roja de la
tierra sigue extendiendo su imperio
escarlata por los escarpados precipicios del Cañón de
los Reyes, Kings Canyon. Ascendemos por las rocas
que nos elevan al lomo del cañón, el sendero que marca
la propia naturaleza discurre entre rocas y árboles
firmemente enraizados que manifiestan su caprichosa
ubicación con cierto orgullo. El lugar no sorprende en
cada nueva vista: primero las vistas generales sobre
el conjunto, luego el gran palmeral, las rocas en
equilibrio y finalmente, entre los dos brazos de cañón,
una escarpada caída de impresionante calado no
apta para personas con vértigo. La garganta que la
recorre está tapizada por abundantes árboles, arbustos
y esconde en su interior lagunas de agua pura, cristalina
y fría, muy fría. Lo llaman el Jardín del Eden y no es
para menos.

Un monumento
construido por el hombre señala a los
viajeros que estamos atravesando una línea imaginaria
del globo terráqueo. Hemos llegado al Trópico de
Capricornio, un momento emocionante para mi. Es el
último de los grandes paralelos que me queda por
cruzar por tierra y además ... todos ellos en diferentes
rutas pero siempre a bordo del mismo tipo de
montura: un Mitsubishi Montero, igual que nos ocurre
hoy con la llegada al Trópico de Capricornio a bordo
del "Ceuta 2.000". El primero fue el Círculo Polar
Ártico con la Ruta de los Vikingos, le siguió el Trópico
de Cáncer durante la ruta Reinos Perdidos de África,
el Ecuador con la Ruta Reina de Saba y hoy ... el
Trópico de Capricornio con la Ruta de los Imperios.
Queda, evidentemente, el quinto: el Círculo Polar
Antártico pero ... mejor prescindir de él. Está en su 90%
sobre el Océano y el resto se halla sobre áreas remotas
de los extremos periféricos de la gran placa de hielo
eterno que cubre este continente ... con una temperatura
media de 50ºC bajo cero y los vientos más fuertes de la
tierra. No es una meta apetecible ... ni realizable para
esta norteafricana a la que ya le entran espasmos a
los 7ºC bajo cero que hemos tenido.

Desde Alice Springs tan
solo dos enclaves nos sacan del
tedio de nuestra éxodo al norte. El primero que nos llama
es el "demonio", pasamos al lado de los "Devils Marbles"
("Mármoles del Demonio"). Según los aborígenes
volvemos a estar en tierra sagrada, se trata de los
huevos depositados por la Serpiente del Arco Iris y por
el tamaño de los mismos más vale que nunca salgan
serpientes de ahí porque habría que correr lo suyo. Se
trata de unas insólitas y desmedidas esferas que se
reparten aleatoriamente por un área muy extensa
amenizando una tierra rala con tan solo rastrojos y
algún que otro solitario eucalipto.

Y llegamos finalmente
al Parque Nacional de Kakadu. Lo
primero que nos impresiona es la gran proliferación
de carteles que advierten del peligro de cocodrilos: "PRECAUCIÓN CON
LOS COCODRILOS. Hay
cocodrilos en la zona, sus ataques causan heridas y
muerte. No se acerque a las orillas. No nade en estas
aguas."

Y lo
de los cocodrilos no es una fantasía o un temor
infundado, es muy fácil verlos debido a la cantidad que
hay pero obviamente ... los peligrosos serán siempre
los que "no vemos". Este inquietante saurio que ha
llegado hasta el siglo XXI puede estar hasta tres horas
sin respirar, esperando sumergido a que algo se
mueva y arrastrarlo al fondo. Hay dos tipos de cocodrilos.
Los de agua salada (que llaman familiarmente "salties"
pero que también viven en el agua dulce), son los
realmente peligrosos y mortales (en la foto). Con sus
hasta 7 metros de envergadura, el ser humano es
una pecata minuta entre sus afilados colmillos, lo
ataca sin contemplaciones arrastrándole hasta sus
subacuáticos dominios. Los llamados de "agua dulce"
("freshies"), por su parte, no suele atacar al hombre
salvo que se le provoque o se sientan amenazados
y con tan "sólo" dos metros no es tan feroz como el
maligno tito Saltie. (Más fotos en link).

El paisaje del Parque
Nacional de Kakadu sigue la
misma tónica que nos encontramos por los anteriores
cientos de kilómetros recorridos hasta llegar a él.
Tan solo las termiteras que se izan altivas dan un
toque de originalidad a la repetitiva campiña. Unas son
como dedos de la mano de la tierra señalando el
firmamento, otras como chimeneas extintas, incluso
algunas figuras parecen haber sido moldeadas por
Botero. Tampoco hay homogeneidad en sus tamaños,
desde dos palmos del suelo hasta los más de cinco
metros que alcanzan las más hermosas. (Más fotos en link)

Pero lo verdaderamente
bello del parque son las
magníficas pinturas aborígenes de Ubirr y Nourlangie.
En las rocas donde los prehistóricos artistas dejaron
sus huellas se recrean escenas de un colorido y trazado remarcable. Es fácil
detectar que los grabados o
pinturas en la roca es una de nuestras mayores
debilidades pero realmente las pinturas de Kakadu
son un tesoro de incalculable valor en todos los
sentidos. Los danzantes de Nourlangie (en la foto)
nos dejaron hechizados. (Más fotos en el link)

Atardece mientras
regresamos a nuestro rincón en el bush de Kakadu excitados por este impresionante
despliegue pictórico. Es la última acampada con José
Enrique, ha llegado el triste momento de la despedida ,
de hacer el equipaje por separado. La próxima
acampada en el "bush aussie" no contará con su curtida tienda izada junto a nuestra montura y el humo
de su pipa no bailará para nosotros. El sol acaba
perdiéndose en el horizonte del oeste, hacia donde
mañana partirá nuestro amigo en una larga sucesión
de saltos a través de cinco aeropuertos de tres
continentes. Esta noche brindamos por la ruta, por el reencuentro, por los cuarenta intensos días compartidos,
por todos, por su viaje de regreso junto a su gran familia, por nuestro nuevamente solitario rumbo hacia otras cautivadoras
tierras australes.
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