
Ya al otro lado del Salar de Atacama, la Cordillera de los Andes nos muestra su impresionante hilera de volcanes nevados, algunos todavía activos como el humeante volcán Láscar (en la foto) que con sus 5.154 metros de altitud domina el oasis y poblado de Camar. Las escorias y lavas de los volcanes colmaron las cumbres produciendo una planicie altiplánica y bajando también hacia el salar cubrieron todas las fisuras de los cerros creando un faldeo homogéneo y de pendientes suaves entre el altiplano y el salar. El material volcánico muy permeable permite que el agua de las nieves se filtre apareciendo como vertientes en el pie del monte donde están los poblados que estamos recorriendo: Toconao, Camar, Peine, Socaire y otros.

Los
cultivos en terraza dominan la técnica agrícola de la región atacameña
aprovechando las quebradas que dominan el terreno. Regado con las aguas que
escurren de las nieves de la Cordillera de los Andes les permite a sus
pobladores disponer de verduras y cereales en su dieta.

Sumergido
bajo el estéril horizonte, el paradisíaco y gran oasis de Toconao hace honor a
su nombre: "andar saltando por todas partes". Eso fue lo que hicimos
cuando desde la cantera volcánica de este poblado descendimos hasta el oasis de
la quebrada de Jerez. Los membrillos, las higueras y los frutales le
proporcionan una gratificante sombra al fértil Edén. Cubiertos por el polvo y
el calor de la jornada nos adentramos por el desfiladero para zambullirnos en
sus aguas y darnos una ducha bajo su cascada. Vigoroso y revitalizante fue el
chapuzón nocturno pero Vicente también consiguió comprobar lo incisivas que
son las piedras volcánicas cuando resbaló y se hizo un corte en la rodilla.