Antofagasta ("el que esconde cobre"), a los pies de la cordillera de la costa pacífica, perteneció a Bolivia hasta convertirse en parte del botín de guerra chileno tras la guerra del Pacífico. Hoy en día es la quinta ciudad más importante de Chile y el principal núcleo minero del desierto. Nació en 1.866, cuando en sus playas se alojó el cateador Chango López con su familia. Las guaneras (donde se recogía el guano de las aves) y las minas de cobre eran la principal actividad cuando estas tierras todavía pertenecían a Bolivia. Las salitreras fueron descubiertas y explotadas poco después por el explorador, minero e industrial chileno José Santos Ossa (tras asignarle el gobierno boliviano una concesión exclusiva) contribuyendo a la creación del ferrocarril e intensificando la actividad portuaria.

Antofagasta histórica. El edificio verde fue edificado entre 1.885 y 1.887 por la antigua Compañía de Salitre y Ferrocarriles (ex Melbourne Clark Co.) luego llamada Antofagasta and Bolivia Railway Co. alojando las oficinas de la compañía junto a los andenes.

Antofagasta histórica: la mimada plaza de Armas. La plaza Colón luce la neogótica Catedral edificada entre los años 1.906 y 1.917. Toda la arbolada y refrescante plaza refleja con su estilo la heterogénea población que albergaba la ciudad con comunidades de diferentes nacionalidades. Así la Torre del Reloj, que se yergue en el centro de la plaza y frente a la catedral, fue construida gracias a la colonia inglesa mientras que el Quiosco Orquesta, en una esquina de la misma plaza, lo fue por la colonia eslava.

Antofagasta moderna. Aunque el pequeño recinto histórico ha sido recuperado remarcablemente la realidad es que la gigantesca Antofagasta es un feo monstruo de hormigón y ladrillos amontonados con la horrenda arquitectura "funcional" de espantosas torres, casas-cubos, fachadas insípidas de aluminio y cristal, ... Hay que irse al puerto para que los coloridos barcos den un toque armonioso a la apagada estética urbana y poder también ver la impresionante cordillera que parece querer sepultarla.

Fuera de la ciudad la naturaleza vuelve a ser reina y su obra, como ocurre siempre, refleja paz y armonía. La "Portada" es una gigantesca roca que la obstinada erosión del mar ha conseguido moldear hasta formar un arco que vanidosamente enmarca la obra de su creador. El acantilado donde se ubica es una sucesión de estratos de arenisca alternados con capas de conchas fósiles que hace mucho, mucho tiempo descansaban en el fondo del mar y que ayudadas por las presiones de la inquieta y activa corteza terrestre emergieron finalmente al exterior. Estos nos permite admirar a la luz del día otro de los inquietantes frutos de la poderosa naturaleza y es imposible no rememorar la "Great Ocean Road" australiana (crónica 70).