
El
desierto nos tiende la mano en las cercanías de Antofagasta, que sea un apretón
de manos y no una bofetada lo que nos encontremos cuando nos adentremos en serio
en sus entrañas. La mano que intenta escapar de la desangelada devastación es
fruto del artista Mario Irarrázabal que en el año 1.992 dejo esta huella de su
singular obra. En su compañía realizamos un alto para hidratar nuestros
sudorosos cuerpos y corroborar nuestra posición.