El auge de la industria minera en los alrededores del pueblo de Caldera permitió amasar grandes fortunas a finales del siglo XIX. Su riqueza quedó reflejada en la construcción de elegantes mansiones coloniales.

Puerto minero, pesquero y centro veraniego, la polifacética Caldera clava en el cielo el estilete de la torre gótica de la Iglesia de San Vicente. Fue construida en 1.862, cuando un grupo de carpinteros ingleses -traídos para la construcción del ferrocarril que uniría la población costera con la ciudad de Copiapó- levantaron el santo edificio en madera y piedra en lo que hoy es la plaza principal del pueblo.

 El busto del almirante Prat en la costanera que envuelve la playa recuerda la memoria de uno de los episodios bélicos más agitados de la historia chilena, la Guerra del Pacífico contra Bolivia y Perú a finales del siglo XIX. En esa guerra Chile arrebató sin contemplaciones y para siempre una gran porción de Bolivia (muy rica en minas) y peor aún ... le quitó la salida al mar dejándola aislada tierra adentro, cortando de raíz cualquier posibilidad de tímido progreso y salida de su pobreza. Bolivia todavía llora esa guerra que la hundió para siempre y maldice al inútil presidente que firmó la autorización que concedió a Chile la posesión legal de todo lo conquistado.