Lejos de la caótica capital nos ponemos de nuevo en ruta. Juan Pablo y Pablo nos acompañaron el primer día de ruta y en la carretera nos despedimos hasta un futuro reencuentro y enormemente agradecidos por su apoyo y ayuda mientras trabajamos intensamente en la gran ciudad. Por la emblemática Panamericana comenzamos a deslizar las ansiosas ruedas de nuestro Montero, que tras el letargo capitalino, está deseoso de circular por nuevos derroteros. El norte de Chile se abre ante nosotros para descubrirnos sus bellos secretos. Lugares que realmente muestran otra de las múltiples facetas de este angosto pero atractivo y heterogéneo país. Poco después de abandonar Santiago es fácil apreciar como el entorno geológico cambia drásticamente y no tiene nada que ver con lo vivido en el sur. El desierto no es necesario encontrarlo a miles de kilómetros de la capital ya comienza a intuirse con evidencia en los primeros tramos que recorremos. Los cactus y la tierra sedienta nos muestra un nuevo rostro. Tan sólo las zonas costeras bañadas por el mar u oasis le regalan al desierto un pedazo de frescura y fertilidad a tanta tierra baldía. Los ríos Limarí, Elqui y Choapa lo convierten en el principal productor agrícola de la IV Región gracias a una compleja y gran infraestructura de riego con grandes embalses artificiales.