Si en Laos fue imposible ver un elefante, en Tailandia nos regocijamos compartiendo camino con una familia al completo cuando nos movemos por las montañas del norte. Los pequeños elefantes no se separan de sus fondonas y orondas madres mientras sus experimentados tutores se dejan balancear por el paso rotundo pero lento de los voluminosos paquidermos sobre los que se desplazan.