
A la mañana siguiente había un monje pendiente de todos los movimientos que hacíamos mientras plegábamos nuestra "habitación" al tiempo que tres novicios de no más de nueve años no paraban de jugar y reírse a nuestro alrededor. Menudo susto les debimos de dar anoche ... aunque nosotros también nos llevamos nuestra ración. Eso no fue óbice para que las demás noches volviésemos al mismo sitio ya que nos conocíamos todos ... y tenían en el patio una ducha cerrada a base de calderos.