Durante casi 900 kilómetros, el río Mekong mima y araña simultáneamente a dos de sus amantes: Tailandia y Laos, cada uno a un lado. No son celosos el uno del otro, hasta llegan a  estrecharse la mano ... pero tan solo una vez, en Vientiane, en el Puente de la Amistad. No hay ningún otro puente en esa inagotable distancia, como si al Mekong no le bastasen sus seis vigorosos adoradores y quisiese tontear con coquetería con los simples mortales. Como muchas miles de personas al día, somos sencillos transeúntes que no nos queda más remedio que adentrarnos en sus aguas para llegar al otro lado, dejarnos mecer por los sensuales movimientos del vaivén de su estilizado cuerpo.
Una barcaza de metal con dudosa capacidad de flotación nos da la bienvenida tras sellar en 10 minutos la salida de Tailandia. Una rampa metálica une la tierra firme a la plataforma flotante, somos el segundo vehículo que entra en la gabarra, nos seguirán luego cinco camiones, unos modernos, otros salidos de algún museo. Cuando llegamos al final de la balsa de hierro ya notábamos los arrumacos balanceantes de la dama de agua. Nada más entrar el último camión desenganchan la chalupa de Tailandia y empezamos a navegar. Nuestro destino: Laos.