Pero antes de llegar al sueño de Angkor tuvimos que pasar duras pruebas, la pista era una pesadilla de polvo aderezada con constantes y horribles boquetes, socavones y un muestrario de puentes medio caídos y parcheados hasta la saciedad. Treinta minutos de espera en un puente, una pick-up acaba de encajar una de sus ruedas entre las traviesas sueltas del puente y no hay forma de liberar el vehículo empujando. No se les nota contrariados y actúan con extrema precisión con el gato, maderas y piedras. Deducimos que debe ser una eventualidad muy frecuente. Ya liberado, los restos de aceite que va dejando por los maderos no presagian nada bueno para su futuro funcionamiento. Se paran al poco y arreglan la fuga frotando una pastilla de jabón, eso bastará hasta que encuentren un taller con soldadura.

 

En otros puentes ya ni quedan traviesas de madera, los lugareños han rellenado dos de los espacios entre-vigas con tierra y piedras para que los vehículos puedan pasar. A veces, el tope inferior se rompe y la tierra y piedras caen al río, dejando al vehículo con una o más ruedas colgando, una situación que tan solo se puede solucionar remolcando con otro vehículo desde fuera. Afortunadamente, no se dio el caso.