Al lado de la playa, un apacible monasterio budista parece el lugar idóneo donde levantar nuestra tienda sobre el techo del todo terreno. El monje que vela por la noche nos da la bienvenida y nos indica el lugar más tranquilo. La melodía de una canción tai se confunde con el murmullo de la olas. Nos sumimos en un profundo sueño entre las enormes figuras de Buda. A la mañana siguiente nos instalamos sobre la arena a desayunar y disfrutar del panorama.