De nuevo la magia del Himalaya. En un lugar que no le corresponde pero que lo hace todavía más atractivo, a nada menos que 2.300 metros de altura, siempre espiado por las eternas nieves, aparece un menguado desierto que extiende discretamente sus granos de arena, como no queriendo molestar a los auténticos dueños del lugar. El desierto, que con su poder y arrogancia en otros lugares hace temblar hasta a los más valientes habitantes de las arenas, en este emplazamiento es una delicada e inusitada flor exótica nacida por un encantamiento geográfico. Las suaves ondulaciones de las dunas intentan competir modestamente con las bruscas sinuosidades de la cordillera más alta de la tierra. Arriba la sempiterna corona helada de las cimas, abajo la tibieza de las dunas tostadas tenuemente por el sol.
Más allá de lo imaginable, el Himalaya no deja de sorprender. Ahora con un pedazito de Sahara bajo la arrogancia de los picos nevados.
Bajo las ruedas … sahara, frente a nosotros … Himalaya.