Llegamos al temido puente colgante sobre el río Bara Pani. El endeble puente estaba delante, balanceándose con el viento y las aguas a sus pies estaban tremendamente frías, crecidas y con unas rocas infranqueables. Si queríamos ir al otro lado no quedaba más remedio que jugársela, nuestro todo terreno pesa casi el doble que los ligeros jeeps que lo cruzan varias veces al día durante los tres meses del verano.
Cuando las ruedas delanteras contactan con las desgastadas tablas de madera, todo se balancea inestablemente. Cuando toda la envergadura del vehículo entra en el puente ya no hay marcha atrás, o aguanta … o para abajo. Se desliza muy lentamente sobre la vacilante plataforma mientras los chirridos se ahogan con el rumor de la corriente del río. Al llegar al centro veo que el puente se ha hundido varias decenas de centímetros a base de estirarse los oxidados cables. A medida que se acerca al otro extremo los cables se van recuperando. Por fin, después de una eternidad, al menos así lo vivimos nosotros, el Montero consigue alcanzar la otra orilla. (Detalle en link)

 

Todos los maderos sueltos, cables oxidados, unos rotos, otros retorcidos y … sobre todo ello, nuestra pesada montura Ceuta-2.000. En cada crujido de este esperpéntico puente colgante se paraba el corazón para volver al poco a palpitar.