De pronto el sol consigue zafarse del acoso del velo sombrío de la nubosidad y de nuevo como un potente faro esclarecedor ilumina el escenario. Aun tiene la fuerza suficiente para conseguir hacer desaparecer la nieve que se desvanece por segundos, la ausencia del manto blanco del invierno nos permite contemplar los últimos latigazos del otoño agonizante del Deosai. La llanura que se dilata a los pies de los gigantes se encuentra ahora cautiva por una vasta capa bronceada de una hierba y flores que durante todo el verano han ido siendo tostadas pacientemente por los rayos del sol.