Diez minutos después, cuando nos encontrábamos contemplado el lago de Lulusar que reflejaba las montañas colindantes, era tal la paz que se respiraba que nada hacía sospechar el calvario vivido hacía tan solo unos momentos. Bueno, los brazos y la espalda de Vicente estaban lejos de olvidar lo acaecido, se resintió durante varios días.
Los lagos que salpican el valle de Kaghan son depositarios de románticas o arrebatadoras historias que les aportan ese halo de vida tan singular. Cuenta una leyenda que en las aguas de Lulusar se bañó la hija de uno de los emperadores más grandes del Imperio Mogol, Akbar. Su hija era ciega pero las prodigiosas aguas del bello lago consiguieron devolverle la vista. Cierto o no, la visión que en esos momentos contemplábamos de los picos nevados reflejados sobre las apacibles aguas eran portentosas hasta que un violento soplo de aire frío desdibujó las imágenes reflejadas.
En nuestro caso, y con el frío que hace, no creo que si Vicente se bañase se le fuesen los dolores, me imagino más bien recuperándole de las aguas con un palo,... y completamente tieso.