El río discurría bajo nuestros pies, impasible a nuestros avatares. El sol estaba a punto de ponerse e íbamos a intentar avanzar el trabajo lo más posible. Antes del ocaso, Vicente había conseguido construir la primera mitad del puente, separando los tablones lo justo para que la rueda no se colase entre los maderos y encajando una piedra entre ellos para que no se desplazasen con el paso del todo terreno. La noche se extendió por el pasillo montañoso en el que nos encontrábamos como una ráfaga imparable y no teníamos más opción que acampar ahí mismo, a la entrada del puente, bloqueando la pista.