"¿Pero qué es esto? No me lo puedo creer, ¡mira el puente!", me dice Vicente. Iba a decir "¿Qué le pasa?", pero cuando lo miré era tan evidente que nada salió de mi boca. No había puente, o mejor dicho estaba el esqueleto del puente pero faltaban más de la mitad de las traviesas. ¡No se podía pasar! Vicente se baja del coche y mira la escena perplejo. Su comentario me dejó de una forma contundentemente clara su determinación: "Yo no vuelvo hacia atrás, hay que pasarlo como sea. Creo que con los tablones que quedan, separándolos entre sí, dan la longitud del coche. Si meto el Montero en el puente y los tablones que dejo atrás los paso hacia delante … avanzando tablón a tablón … podríamos llegar al otro lado".
Y era cierto, tenía razón, era posible … pero tendríamos que construir nosotros mismos el puente tablón a tablón, … llevando los tablones usados de atrás hacia delante, haciendo equilibrios en el estrecho espacio que quedaba entre el todo terreno y el final de las traviesas -colgando sobre las aguas- que quedaban entre el eje delantero y el trasero. Eso sin contar que como los maderos no estaban fijos … si se pisaba demasiado en el extremo … se levantaban por el otro lado y … al agua ceutíes.


El río discurría bajo nuestros pies, impasible a nuestros avatares. El sol estaba a punto de ponerse e íbamos a intentar avanzar el trabajo lo más posible. Antes del ocaso, Vicente había conseguido construir la primera mitad del puente, separando los tablones lo justo para que la rueda no se colase entre los maderos y encajando una piedra entre ellos para que no se desplazasen con el paso del todo terreno. La noche se extendió por el pasillo montañoso en el que nos encontrábamos como una ráfaga imparable y no teníamos más opción que acampar ahí mismo, a la entrada del puente, bloqueando la pista.


Cuando todo estuvo apunto llegó la prueba de fuego, las casi 3 toneladas del Montero iban a colocarse sobre aquellos tablones y lo peor de todo es que deberían permanecer allí durante un largo periodo de tiempo, desplazándose de un tablón a otro. Fueron 45 minutos de duro trabajo para Vicente, venga a desplazar maderos de atrás hacia adelante, venga a encajar piedras, venga a hacer equilibrios entre los troncos desnudos sin travesaños o por el estrecho pasillo entre el Montero y el chapuzón en el pedregoso río.


Y finalmente el remate, el otro extremo del puente, más sólido pero repleto de boquetes entre los troncos que debieron de ser recubiertos con pedazos de traviesas partidas y piedras. La salida del puente también fue apoteósica, el escalón era enorme y tuvimos que amontonar muchas piedras, al rodar sobre ellas algunas se desplazaban y otras hasta salían despedidas con violencia.